
Albert Hitchcock

El teatro

Hay dos tipos de dramaturgos, unos escriben obras de teatro, otros escriben el teatro. Los primeros se limitan a dejar un legado dramático, un conjunto de piezas que podrán ser representadas en un espacio llamado escena. Los segundos, además de producir esos textos, trascienden el acto literario por la fuerza misma de su escritura y logran pautar la evolución del arte teatral.
No se limitan a meditar la estructura y contenido de una obra, sino que piensan en ella como forma escénica y como fenómeno de representación, lo cual supone el encuentro entre dos espacios concretos: escena y sala. Son conscientes de que la obra dramática accede a su propia existencia en la medida en que es representada ante espectadores, y de que es esta misma representación la que funda el teatro mismo. Trabajan las distintas formas de relación y estructuración entre la escena y la sala. Piensan el teatro y a través de su reflexión, escriben teatro.
El panorama teatral del siglo XX está dominado por tres formas principales de estructurar los lazos entre la escena y la platea: el existencialismo filosófico, el dialectismo político y el realismo psicológico.
Sin embargo, Koltès, dramaturgo francés, con una producción dramática fundamental en la cultura teatral actual, ya que es el dramaturgo francés más traducido y representado en el mundo, considera que el vínculo entre la escena y la sala debe ser pasional; la escena debe proponerse el deleite de la platea, la representación teatral no tiene utilidad y sólo debe procurar al espectador una efímera y gratuita experiencia placentera.
Ante quienes pretenden atribuir al teatro una función didáctica o capaz de alterar el curso del mundo, Koltès sostiene su posición reivindicando la “inutilidad” y la “impotencia” del teatro; considera que el teatro es un juego y por tanto debe estar bien hecho, ya que es un placer.
Con respecto al teatro filosófico del siglo XX, que bajo el existencialismo moderno tuvo gran influencia sobre la dramaturgia contemporánea, manifiesta su desacuerdo al rechazar aquellos calificativos que puedan considerar a su obra de profunda, trascendente o metafísica. Su interés se basaba en contar historias y hacerlo cada vez mejor, no en escribir frases esenciales.Para Koltès era fundamental escapar del hermetismo del teatro intelectual y de la claustrofobia de lo metafísico. A la abstracción del teatro existencialista europeo y sobre todo francés de posguerra, se oponía buscando lo concreto. Consideraba al teatro ya de por sí abstracto por ser una ficción, por eso se hace necesario hablar de cosas muy concretas. Pero no se limita a permanecer en la superficie de la materia, sino que se sumerge en las complejas profundidades de los mundos que crea.
La escena tampoco es para él una tribuna donde exponer ideas políticas, ni mucho menos soluciones, su interés era contar historias sin resolver. No le interesaba el teatro como arma, útil o vehículo de concientización. El sacrificar a sus personajes, obligándolos a ser los portavoces de ideologías, implica para Koltès reducir las conductas humanas y empobrecer la riqueza misma del arte teatral; su interés es poner sobre la escena situaciones concretas de criaturas carnales, con todas sus contradicciones vitales.
Frente a la alternativa de un teatro psicológico fundado en los principios del realismo o el naturalismo, su oposición es aún más terminante.
Consideraba estéril la exposición de estructuras psicológicas en un espacio escénico, el cual, por el contrario, debe alejarse de la realidad. La escena no es la realidad, ni siquiera una copia de ella, es algo mucho más intenso, la representación icónica de la realidad, una carga de signos concretos que apenas se parecen a lo que designan y refieren, una metáfora; para esto se sirve de todos los artificios semánticos y sintácticos del discurso dramático que puedan recordar la mentira teatral.
Victoria Leal
Horrible cartelera

El problema de la cartelera de Santiago no es que cada vez estén más separadas las aguas entre las multisalas y los cine arte. No, porque cadenas como Hoyts han demostrado que a veces se puede tener una o dos salas mostrando películas con un lado más difícil. Y si miramos las salas de cine arte, su calidad de tal no asegura la calidad de las películas. El problema es, que no llegan suficientes películas interesantes. Las grandes distribuidoras nos hacen creer que la industria está convertida en una gran caja de bazofia. No debiera ser así. No necesariamente. La prueba está en que, pese a los síntomas de sequedad creativa de los grandes estudios, en márgenes de su producción ?a la orilla, podríamos decir, porque tampoco se trata de películas marginales, de actores desconocidos o de cintas radicales en su propuesta? se siguen haciendo cintas que, aunque no cambien la historia, si podrían hacer la experiencia de ir al cine algo más enriquecedora.
A modo de ejemplo, ésta es una pequeña lista ?mínima la verdad? de películas que ya debiéramos haber visto en la carteleras de las multisalas, muchas de las cuales con el valor suficiente para comentarse a página entera (si, claro, se estrenaran): ?
The Savages: Dos hermanos, Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, maduros, perdidos y medio perdedores también, deben hacerse cargo de su padre enfermo. Película ruda, triste, emotiva y, gracias a Dios, muy lejos de cualquier kitsch enaltecedor del alma. ?
Into the wild: Jugada, engrupida, la última película de Sean Penn puede ser candorosa, pero tiene un amor por el protagonista que uno termina por hacer propio. ?
We own the nigth: Con Mark Wahlberg y Joaquin Phoenix, cuenta la historia de dos hermanos de Brooklyn. Uno es el rey de una disco y el otro es un policía que quiere usar a su hermano como informante. ?
Cassandra?s dream: La penúltima cinta de Woody Allen sale del mundo rico para meterse en un Londres más clase media, donde dos hermanos (Colin Farrell e Ewan McGregor) deben probar hasta dónde quieren llevar su ambición. ?
Dan in the real life, Strange wilderness: Dos comedias. La primera, más sensata, de enredos, tiene a dos hermanos enamorados de la misma mujer. Sin ser fundacional, ayuda a conservar un género viejo como el hilo negro. La segunda es bastarda, desquiciada, donde un inepto debe hacerse cargo del programa de televisión de su padre. Totalmente idiota, totalmente cómica. ?
Death proof: La última de Tarantino, sexy, violenta, filmada con lujuria cinematográfica. Y hay otras, que este comentarista, no ha visto, pero que tiene la ilusión de ver en pantalla grande: ?
Control: el primer largo de Anton Corbijn, el veterano director de videoclips, que cuenta la vida de Ian Curtis, el vocalista de Joy Division, que se suicidó a los 23 años. ?
Boarding gate: la última película en inglés de Olivier Assayas. Pudimos ver Clean (2004), ¿será mucho pedir ésta? ?
Zwartboek (Black book): el regreso de Paul Verhoeven a filmar a Europa. Nazis, sexo, traición, Holanda. Promete. ?
I?m not there: la cinta en torno a Bob Dylan, con Cate Blanchett como Bob Dylan, por la que fue postulada al Oscar.
La explicación para que estas cintas, y quizás cuantas más, tarden tanto en llegar que lo más probable es que vayan directo al DVD, está en el criterio de importación de los grandes distribuidores, que parece ser éste: películas con buena recaudación en Estados Unidos, o sea, si funcionó en Nebraska debería funcionar aquí. Pero el público chileno no es equivalente al público estadounidense. Como promedio, tenemos gustos más sofisticados, más sensibles, más abiertos a los márgenes, porque justamente pertenecemos a ellos. El mismo hecho de que los estrenos de la semana ocupen sendos espacios en los suplementos culturales es síntoma. O que las buenas películas sean objeto de conversación entre adultos. Si, como público, nos parecemos, deberíamos acercarnos, intuyo, al público de la costa este de Estados Unidos. O de California. El problema de este estado de las cosas es que le está dando al público una razón sustantiva, valórica, más allá del simple precio, para ir al mercado pirata: tener acceso a las películas que no llegan. La industria protesta por la proliferación de esta práctica, pero con una cartelera como la actual, sostenidamente deficiente, no hace más incentivarla.
Ernesto Ayala www.el mercurio.comDeath Proof

No hace mucho alguien me planteaba la necesidad de hacer un cine que brote naturalmente; una especie de vómito que contenga en sí mismo la forma, el fondo, el subtexto, la estética, y todo aquello que forme parte de una película. En otras palabras me sugería un todo indivisible, una manera de crear que lleve en su esencia unidos, como en una sola parte, los distintos elementos que confluyen en el cine. Debo reconocer que me costó un rato captar lo que me estaban planteando, pero cuando este tipo hizo una relación analógica con el rock, con ese rock más visceral que es una especie de masa energética que brota instantáneamente, creo que capté el fondo del asunto. Claro, seguramente Nirvana o The Stooges pasaban horas haciendo arreglos cuando grababan sus discos, pero no me cabe duda que la esencia básica de sus canciones había nacido de un acto impulsivo, de las mimas tripas del autor, de un escupitajo musical, y eso evidentemente se nota en sus discos.
Exactamente lo mismo pasa con Tarantino, al menos esa es mi teoría. Rodríguez le propuso la idea de hacer dos películas bajo el concepto Grindhouse (salas de cine norteamericanas donde se daban rotativos de películas B), entonces se le ocurrió hacer una película de autos tipo cine B, vio todas las películas habidas por haber del subgénero, las citó cómo y cuánto pudo, y apenas estuvo listo dijo “acción”. Obvio que hubo un guión, obvio que la dirección de foto no se hizo en el momento sin previa preparación, obvio que hubo una preproducción, obvio que se editó, obvio que la película se hizo con el rigor que se hacen las películas, y millones de obvios más… pero todo eso no quita en nada que la película haya sido en su esencia un impulso, al más puro estilo del más desgarbado rock and roll. Por eso cuando hablo de Death Proof, hablo de un todo indivisible. La fotografía, el arte, la música, los personajes, etc. forman una película que no se puede concebir por partes, y que es sólo separable en cuanto análisis minucioso, pero nada más. Incluso la misma historia, que en la mitad de la película cambia de personajes y de estética, no es divisible, porque su gracia precisamente redunda en ese tipo de operaciones.
Es sin duda este modo de hacer visceral lo que, no sólo enriquece la película, sino que también le abre opciones, todas bajo un carácter referencial. Así Tarantino se permite audacias tan interesantes como rayar la película, cambiar las texturas, pasar de color a blanco y negro y nuevamente a color, situar a algunos de sus personajes en períodos de tiempo que parecieran ser una cruza entre los 70 y los 2000, y terminarlo todo con uno de los finales más brillantes que he visto en mi puta vida. Y es que estos elementos no son gratuitos, forman parte del tipo de errores o de decisiones estilísticas que las películas que se exhibían en los Grindhouse solían tener.
Death Proof es una película de estilo, llena de citas y referencias a filmes como Faster Pussy Cat Kill Kill (1965) y Vanishing Point (1971). Junto a Planet Terror de Robert Rodríguez forman GrindHouse
Felipe Arriagada www.potq.cl
Los 400 golpes


Primer largo de Truffaut, inspirado en referencias autobiográficas. El guión es de Truffaut y de Marcel Moussy. Se rueda en Paris, entre el 10-XI-1958 y el 5-I-1959. Gana 2 premios de Cannes (director y OCIC) y es nominado a 2 Oscar (film lengua no inglesa y guión). Dedicado a André Bazin, editor de "Cahier de Cinèma" y producido por Truffaut, se estrena el 4-V-1959 (Festival de Cannes).
La acción principal tiene lugar en París en 1957/58. Es la primera entrega de cinco sobre la vida de Antoine Doinel, de 12 años, hijo de una pareja disfuncional, con problemas conyugades de estabilidad y fidelidad. Antoine se encuentra en la difícil etapa de la adolescencia y necesita cariño y apoyo. Le gusta la libertad, la independencia, el cine, las marionetas y la lectura. No le gusta ni el colegio ni la gimnasia.
La película extiende una mirada sensible y tierna sobre la adeolescencia y sus problemas. Adopta los postulados de la "nouvelle vague", como el realismo, la sencillez y sobriedad narrativa, el humor sutil, la renuncia a la artificiosidad y al efectismo, la objetividad del relato y un grato tono artesanal. Truffaut, Godard, Rohmer, Resnais, Chabrol, Rivette y otros miembros del movimiento, aportan al cine francés un fuerte impulso, nuevos bríos e ideas renovadoras. El personaje principal está definido con acierto. Sus relaciones con los padres, maestros, condiscípulos y amigos, complejas y diversas, son objeto de un cuidadoso análisis, más recio y profundo de lo que parece. Hay que prestar atención a las indicaciones que el realizador asocia a pequeños detalles, gestos en apariencia poco trascendentes y reacciones contenidas. Las imágenes de Truffaut son portadoras de una rica y densa información, que reclama la atención del espectador. Apasionado de la cultura, Truffaut rinde homenaje al cine ("Paris nos pertenece", Rivette; "Cero en conducta", Jean Vigo; "Ciudadano Kane", Welles) y a la literatura (Balzac). Analiza instituciones sociales tan importantes como la familia, la escuela, los servicios sociales para menores, etc.
La música, del cantautor Jean Constantin, se presenta en fragmentos breves. Se basa en un motivo central melancólico y en variaciones del mismo. Destacan los temas "Prólogo", "École buissonnière", "Trinité et Finale", "Balzac et gymnastique" y otros. La fotografía, de Henri Decae, se rueda en los lugares de la acción y ofrece un eficaz y acertado trabajo de cámara, con planos picados, reflejos en cristales, giros, imágenes congeladas, "travellings" y filmaciones máquina en mano.
Película de notable valor documental. Trata temas todavía de actualidad y mantiene su capacidad de fascinación. Imprescindible para cinéfilos.
Miquel
http://www.filmaffinity.com/es/reviews/2/258365.html
Truffaut

Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine.Un día de 1942, impaciente como estaba por ver la película de Marcel Carné 'Les Visiteurs du soir', que echaban por fin en mi barrio, en el cine Pigalle, decidí faltar a la escuela. La película me gustó mucho, y esa misma tarde mi tía que estudiaba violín en el Conservatorio, pasó por casa para llevarme al cine. También ella había elegido 'Les Viseteurs du soir', y como por supuesto yo no iba a confesar que la había visto, tuve que volverla a ver disimulando para que no se diera cuenta. Fue exactamente aquel día cuando caí en la cuenta de hasta qué punto puede ser emocionante profundizar más y más íntimamente en una obra que se admira y llegar hasta hacerse la ilusión de que uno revive su creación. Experimentaba una gran necesidad de entrar dentro de las películas y lo conseguía acercándome más y más a la pantalla para así abstraerme del resto de la sala. Desdeñaba las películas históricas, las de guerra y los westerns porque resultaba más difícil identificarse con ellas. Por eliminación no me quedaban más que las policíacas y las de amor (...) Es comprensible pues, que me sedujera desde el principio la obra de Alfred Hitchcock, consagrada por entero al miedo, y después la de Jean Renoir, inclinada hacia la comprensión: "Lo terrible de este mundo es que todos tienen sus razones" ('La regla del juego'). La puerta estaba abierta y yo dispuesto a empaparme de las ideas y las imágenes de Jean Vigo, Jean Cocteau, Sacha Guitry, Orson Welles, Marcel Pagnol, Lubitsch, Charlie Chaplin, de todos aquellos que sin ser inmortales "dudan de la moral de los demás" ('Hiroshima mon amour'). El cine en este período de mi vida actuaba como una droga hasta el extremo de que el cine-club que fundé en 1947 llevaba el pretencioso pero revelador nombre de "Círculo cinémano". No era raro que viese la misma película cinco o seis veces en el mismo mes sin ser capaz luego de contar correctamente el argumento, porque, en un instante preciso, una música que subía de volumen, una persecución en la noche, el llanto de una actriz, me emborrachaban, me arrebataban y me arrastraban más allá de la película."
Boris. sacado de www.truffaut.eternius.com/escritos_truffaut_1.htm
Las Huachas

Por: Federico Zurita Hecht. / Fotos: Carolina Amos.
Bella Ninet (personaje interpretado por Tamara Acosta) es una joven chascona que esconde su rostro detrás de unos lentes con un inmenso marco negro. La muchacha relata, con la naturalidad de quien está acostumbrado a la desgracia, una serie de muertes y viaja de San Rosendo a la ciudad de Valparaíso. Allí está la casa de su madrina Gabriela (Alexandra von Hummel), donde se entera de que ésta es, en realidad, su madre y que su padre es el mismísimo diablo. “Convertío en Tué-Tué se me apareció un brujo. Me enamoró. Monedas de oro me traía y a cambio yo le prestaba el cuerpo. Un día apareció de negro, zapatos bien lustrados y dentadura de oro. No soy brujo, dijo (…) dame un hijo, dame una hija y te hago cosa mía. Me había engañao, le enterré un tenedor, le clavé una estaca, lo maldije y lloré, pero él se reía y volaba. Aparecieron sus duendes, me sacaron la ropa a tirones y me desmayé. Amanecí toa ensangrentá, con moretones y esperma del maligno entre las piernas”, le relata Gabriela a su hija. La vieja quiere echarla, pero Bella Ninet, a diferencia de la primera vez que su madre la echó -cuando era sólo una guagua- se resiste a ir y a seguir siendo una huacha. Este es el comienzo de la obra Las huachas, el nuevo montaje de la compañía Teatro la María, escrita y dirigida, como ha sido usualmente en el trabajo de esta compañía, por Alexis Moreno (Trauma y Abel, como ejemplos de una lista larga).
Pronto aparece la yegua (encarnada por Rodrigo Soto y José Palma, la parte de arriba de la yegua y la de abajo respectivamente), que debe dividirse para poder dialogar e instalar -en la acción dramática- el cuestionamiento a la historia mítica que Gabriela le ha contado a Bella Ninet. “El impacto de la realidad genera verdades folclóricas (…) los huachos son criaturas de origen perverso. Todo tiene dos explicaciones según la creencia popular. Una niña que deja a su hijo botao por despecho, no es interesante, no, pero una niña que deja a su hijo botao y después se arrepiente y se transforma en un ánima que vaga por toda la eternidad es sabroso, como la llorona esa: que dónde está su hijo, que dónde está (…) que los huachos conforman realidad, identidad, patrimonio”, dice la parte de abajo de la yegua. “Existen dos formas de contar una historia, una real y otra mítica (…) la culpa, la resignación, la rebelión, la precariedad es muy grande, la vergüenza es muy grande, la vergüenza es imposible de contener en esta vida que se debe poner otra encima. La vida es rara, puta que es rara la vida”, continúa la parte de arriba, que luego agrega, “que vengan los mitos que los necesitamos, las leyendas que vengan, para seguir adelante, para aceptar, para hacer algo útil con la ignorancia, para que nazca la esperanza de lo espectacular, para que el problema sea sobrenatural, la tragedia, la miseria”. Habría que agregar que de esas dos formas de contar la historia una, en efecto, sería mítica; mientras que la otra, en cambio, sólo generaría la ilusión de realidad pero, finalmente, sería tan ficticia como la historia mítica. Este desacuerdo que planteamos con el parlamento de la parte de arriba de la yegua no es un problema, porque, en efecto, habría intentos míticos de hacer creer que los problemas son sobrenaturales y, por tanto, irremediables; para así eludir la responsabilidad que corresponda (como si las cosas efectivamente tuvieran sentido y hubiera que estarse excusando). Por eso, Bella Ninet, en su orfandad, se convierte de un día para otro en la hija del diablo. El mito que dialoga con al realidad, se vuelve parte constituyente de ésta (para bien o para mal).
La realidad que Gabriela le ofrece a su hija reconforta a ésta y, con un rock gótico de fondo, Bella Ninet puede tener una cena familiar en una mesa que bien podría haber sido sacada de alguna película de Peter Greenaway. Esas tripas que el diablo le pone en el plato a Bella Ninet la manchan, finalmente, con la sangre mítica y real (recordemos nuestra discusión con la parte de arriba de la yegua). Real como la condición huacha de una nación que ostenta un padre de la patria huacho, bajo el cielo de un dios mítico y que, por tanto, deja a toda la humanidad como una gran familia de huachos.
Las huachas
Dirección: Alexis Moreno.
Elenco: Tamara Acosta, Alexandra von Hummel, José Palma y Rodrigo Soto.
Duración: 1 hora 38 minutos.
Compañía Teatro la María.
Teatro de la Universidad Católica. Jorge Washington 26, Plaza Ñuñoa.
Desde el 11 de julio al 13 de septiembre.
Funciones miércoles y jueves 20:30 hrs. viernes y sábado 21:00 hrs.
Precios general $ 6.000, estudiante $ 3.000 y 3ª edad $ 4.000.
Miércoles populares $ 3.000.
Pau. sacado de www.indie.cl
Ser adolescente en el Cine


Hay quienes dicen que el adolescente lo inventó James Dean. Puede ser un poco exagerado, pero antes de los 50 (Rebelde sin causa es del 55), era difícil encontrar adolescentes. Es más, si uno busca como keyword “teen” en imdb, aparece una lista gigante de películas, que puede acotarse, por subgéneros o por décadas.
La primera, es la de los 50.
Holden Caulfield, el adolescente con problemas por excelencia, del cual nuestro Matías Vicuña (de Mala Onda), es hijo...por no decir clon, también se encumbró en esa década.
Antes que él, al menos en el cine, o se era niño, o se estaba en una especie de limbo que abarcaba la etapa comprendida entre los 12-13 años y los tempranos 20, en que, básicamente, se era un adulto, pero más chico. No existía identidad propia en términos de vestuario y obviamente, como no se diferenciaban mayoritariamente de los adultos (o de los niños -el cambio era brusco, no esta transición que existe hoy-), no existían subculturas, tribus urbanas, ni ninguna otra forma de diferenciación que los medios o la publicidad inventan, etiquetan o dan a conocer (según sea el caso).
En cuanto al cine…
Si bien habían luces de lo que podía ser la figura del adolescente, siempre estos tuvieron forma de niños.
Clásico es el ejemplo de Cero en Conducta, de Jean Vigo.
Pero en los años 50 apareció Dean y la cosa cambió. Luego, aunque un poco mayor llegó Brando.
Y si bien, por edad, no cabe en esta categoría, el Antoine Doinel de Los 400 Golpes es un claro ejemplo de ese concepto tan manido, conocido como Teenage Angst (angustia adolescente, infantil en el caso de Doinel), y su plano final frente al mar, parece influencia innegable, en cineastas como Ezequiel Acuña, director trasandino que con dos películas, parece ir bien encaminado en esto de retratar adolescentes (Nadar Solo, y mi favorita: Como un avión estrellado).
En los 60 y 70 aparecieron cintas clásicas, que, evidentemente, influenciaron a los cineastas que vinieron después.
A modo de ejemplo tenemos American Graffiti (73), If…(del 68, que a su vez estaba influida por Cero en Conducta) o Harold & Maude (del 71)que, a decir verdad, no sé si Wes Anderson la ha reconocido como influencia, pero es claramente una película que podría haber dirigido él. También sobra mencionar
Carrie -el 76- hizo lo propio.
Llegando a los 80, no podemos dejar pasar a John Hughes:
Sixteen Candles, Ferris Bueller’s day off o The Breakfast Club, pese a las ingenuidades, a los chistes dignos de un sketch escolar, o a las miradas a cámara innecesarias (sobre todo en Sixteen Candles, en F.B.D.O. se justifican, y en T.B.C. no hay), con el sólo propósito de forzar una sonrisa (a estas alturas no lo logran, sino que dan un poco de vergüenza ajena y rompen el cuarto muro innecesariamente –a diferencia de películas como Annie Hall o High Fidelity que lo consiguen con éxito-), son claros referentes culturales .
Basta recordar el capítulo de The Simpsons en que Bart hace la cimarra y Skinner lo persigue, para darse cuenta del alcance de FBDO, o el episodio de Dawson’s Creek (serie de adolescentes) en que el castigo es tener que pasar una mañana encerrados en la biblioteca –TBC- o en la misma serie, el primer capítulo de la tercera temporada, que es una referencia clara a Risky Bussiness, película que también homenajean en otra serie heredera en parte de la tradición de Dawson’s Creek y Beverly Hills 90210: The OC.
Aparecen también cintas como Heathers, Porky’s, La venganza de los nerds, la saga de Volver al futuro o Say Anything, película que vino a modificar un poco los estereotipos clásicos: Lloyd Dobler era tímido con las mujeres, pero no tanto. Era antisocial, pero popular. Le iba mal en el colegio, pero no era tonto. El concepto de nerd estaba cambiando y parece ser el padre de personajes como Max Fischer (Rushmore) o el abuelo de Pacey Witter y Seth Cohen (Dawson’s Creek y The OC, respectivamente).
Los adolescentes ya se habían establecido y hacer películas sobre ellos era rentable. Había un grupo etario con características particulares y poder adquisitivo que valía la pena explotar.
Los 90’s fueron un período de transición. Surgieron los adolescentes de American Pie, una película heredera del humor ochentero, pero traído a la actualidad. Pero eso ya más cercano al final. En sus comienzos, la época del grunge, el auge de MTV y la generación X nos entregó películas como Reality Bites, y aunque no tan teenagers, conservan la moral adolescente Jesse y Celine de Before Sunrise, dirigida por Richard Linklater, quien un par de años antes nos había deleitado con una de las mejores películas sobre el teen spirit noventero, aunque estuviera ambientada en los 70’s: Dazed and Confused.
Kevin Williamson refrescó el terror adolescente, al hacer un slacker film que a su vez se reía del género del que era heredera (Scream) y además nos entregó un conjunto de adolescentes con hiperelocuentes y llenos de problemas en Dawson’s Creek.
En los 2000 (o al menos lo que llevamos), los adolescentes (como eje central de una película, con la angustia propia de la edad y lo complejo que ello resulta) se han visto envueltos en películas de ciencia ficción (Donnie Darko), film noir (Brick) y otros géneros híbridos (Chumscrubber), además de verse reflejados en películas de realizadores cada vez más jóvenes, que, gracias al uso de tecnologías digitales, o a la cada vez más fuerte educación de las escuelas de cine y sobre todo, gracias a que las grandes productoras han abierto submarcas dispuestas a realizar un cine que, si bien, no es garantía de calidad, al menos sí asegura una suerte de honestidad en sus propuestas (léase: Fox Searchlight, Warner Independent, por ejemplo).
De esta forma han salido, desde las más conocidas como Juno, hasta películas como Thumbsucker, Art School Confidential y Ghost World, Igby Goes Down, Battle of Shaker Heights (película ganadora de Project Greenlight), Charlie Bartlett, The Wristcutters: A love story, Rocket Science, The Squid and the Whale y muchas más…
Y en Chile…
Ha habido algunos intentos. XS: la peor talla, era un buen telefilm (de hecho, así se pensó originalmente) pero el formato cinematográfico le quedó grande.
Se agradece Promedio Rojo el 2003. Con sus defectos, no deja de ser una película honesta en sus intenciones y explícita en sus referentes, a los que creo, sirve como un más que decente homenaje.
Sangre Eterna también hizo un intento por hacer un cine de adolescentes “de género” (término bastante absurdo, a menos que pretendamos que el drama costumbrista, por ejemplo, no es un género).
Se arrienda, era sobre un treinteañero, pero con problemas bastante adolescentes.
Normal con alas es lo último que ha salido en nuestras pantallas que tiene algo que ver con el grupo etario al que hemos estado haciendo alusión. Entretiene, sin embargo, al hacer uso del formato del falso documental, lo que gana en “chistes” –gracias al uso de recursos humorísticos propios de este formato- lo pierde en cercanía e identificación que uno como espectador puede sentir con los personajes.
Lo que creo que, en este tipo de películas, al final, es lo más importante porque aunque todos hablan del niño que tenemos dentro, a la hora de los problemas, las angustias y las complicaciones propias de la vida, es el adolescente en nuestro interior el que se está manifestando.
Batman Begin

Cine Terror Julio
El chileno-norteamericano se viste de negro para estudiar el cine gótico
Miércoles Julio de 2008
El Mercurio Online
La muestra comienza con la cinta "La caída de la Casa Usher" (1960), un clásico de uno de los directores más relevantes del cine de terror, Roger Corman, que hasta hoy continúa trabajando como productor en cintas del género.
La programación incluye además largometrajes de Alex Proyas, Robert Wise y Paul Morrissey, este último el largometraje "Blood for Dracula" (1974) que fue producido por Andy Warhol.
Para el martes 29 de julio, a las 19:00 horas, está programado el coloquio titulado "Cine, literatura y terror", en el que intervendrán la poeta Eugenia Brito, el periodista y escritor, Thomas Harris, además de los cineastas José Miguel Vidaurre y Jorge Olguín. La sesión será moderada por el escritor Jaime Valdivieso.
Programa
Miércoles 2 de julio, 19:00 horas
"La caída de la Casa Usher" ("House of Usher", 1960)
de Roger Corman / Estados Unidos / 79 min.
Miércoles 9 de julio, 19:00 horas
"Dark City" (1998)
de Alex Proyas / Australia-Estados Unidos / 100 min.
Miércoles 23 de julio, 19:00 horas
"The Haunting" (1963)
de Robert Wise / Estados Unidos / 112 min.
Miércoles 30 de julio, 19:00 horas
"Blood for Dracula" ("Dracula cerca sangue di vergine... e morì di sete!!!", 1974)
de Paul Morrissey / Italia-Francia / 103 min.
Lempicka

Pues bien, me gustaría compartir con todos vosotros mi gran pasión por esta genial y a pesar de todo aún “desconocida” artista, ya que aunque parezca increíble, a día de hoy, su bibliografía es casi inexistente, y su biografía, confusa…, por lo que en un enorme ejercicio de audacia, he decidido resumiros un poco todos los datos que he ido recopilando y de los que dispongo en estos momentos sobre su vida y su obra para conocer mejor a esta hedonista, sibarita, excéntrica, inteligente, atractiva y ambiciosa mujer y artista, rodeada a lo largo de toda su vida de un cierto halo misterioso y ambiguo que conservó hasta su vejez, ya como una respetable gran dama, y que siempre se mantuvo unida a una élite intelectual, artística y económica.
Son los felices Años Veinte…, los increíbles Années Folles, Coco Chanel propone una “Garçonne” que conduce, fuma y bebe con absoluta despreocupación. ¡Hay que ser snob! Moverse y amar la fugacidad, todo rápido y sin pensar, lo importante es no parar…, es la erótica de la velocidad. El “tout le monde” se reune en el casino, el club de moda o el cabaret, y se busca sin descanso la felicidad.
Al inicio de esos años locos llegó a París una pintora que afirma ser de origen polaco, y cuya aureola mundana se impuso a los propios cuadros. En una Europa de entreguerras, también marcada por la depresión, el arte, recupera con ella la dulzura de los sentidos, la sensualidad y el erotismo.
Una artista de la que casi todos conocemos su autorretrato, ¿quién no ha visto alguna vez su insinuante rostro tras el volante de un Bugatti verde?, y que algunos confundieron e identificaron en su momento como Isadora Duncan, tal vez por la relevancia de un coche en sus vidas, pero son pocos los que recuerdan su nombre y menos aún los que han podido disfrutar del conjunto de su obra; una obra dispersa y fragmentada, que pertenece en un alto porcentaje a colecciones privadas y solo ocasionalmente ha podido ser reunida para exposiciones antológicas, como ocurrió en 1972 en París, la primera gran antológica sobre su obra, pero que se limitó solo a su época parisina, - que la hizo de nuevo famosa y la rescató del olvido siendo ya una venerable anciana después de más de 30 años de su marcha a EEUU-, muy similar a la que en este pasado verano del 2004, le organizó la Royal Academy of Arts de Londres, y que ahora se encuentra en Viena.
También pudieron verse retrospectivas de su obra, en 1981 en Tokio, en 1994 en Villa Medici, Roma, y en 1997 en el Museum of Fine Arts of Hiroshima.
Estoy hablando de Tamara de Lempicka…, una mujer que atraviesa con rapidez la bohemia de Montparnasse, y el anonimato, para entrar en un mundo de élite. Elegante y sensual, enamora a la alta sociedad parisina y permanece ajena al febril ritmo del charlestón y a las masificadas calles desbordantes de luces y risas. Permanecerá unida a círculos minoritarios, refinados y cultos que apuestan por lo nuevo mediante una simbiosis de la sofisticación del “bon gout” y el funcionalismo del “spirit nouveau”.
Rodeada de lujo, se convierte en la retratista de moda de una aristocracia y burguesía que los refleja con un extraño realismo, serenidad y voluptuosidad, impecables y perfectamente vestidos, muestra evidente del elitismo y el reflejo de su propia vida, y aún siendo muy joven obtiene un reconocido y merecido éxito, y las exposiciones, tanto individuales como colectivas, y los premios, fueron acumulándose en su currículum de artista con ritmo incansable, como el primer premio en la Exposición Internacional de Bellas Artes de Burdeos en 1927, por ejemplo. Varios salones de la III República acogieron sus obras y algunos museos nacionales se apresuraron a conservarlas, como el museo de Nantes, y su entonces muy rigurosa sección de arte contemporáneo.
Según la biógrafa, Laura Claridge, que recientemente publicó su biografía, nació en Moscú, y no en Varsovia como afirmaba la propia Tamara, en 1895, y no en 1898, como citan la mayoría de las fuentes, o incluso 1902. Su madre era polaca y su padre un acomodado judío ruso que desapareció de su vida de forma extraña. Estudia en la academia Imperial de Bellas Artes de San Petersburgo, y huye de la Rusia bolchevique acompañada de su marido Lempicki, llegando a París en 1923. El matrimonio tiene una hija – Kizette-.
Separados en 1928, la artista seguirá conservando el nombre de su marido. En Suiza, se casó con el húngaro Barón Raoul Kuffner – de ahí el título de baronesa- , adinerado y muy conocido en la aristocracia cosmopolita de ambos lados del Atlántico. Con él vivió en un palacete de tres plantas en la rue Méchain, al lado del Observatoire, en un edificio diseñado junto con el mobiliario, por el arquitecto cubista Mallet- Stevens, de concepción tan sorprendente y avanzada que dieron mucho que hablar por aquel entonces.
Sus fiestas fueron punto de reunión de aristócratas, embajadores, financieros, artistas y personalidades que visitaban la ciudad.
La belleza y la sofisticada elegancia con la que siempre vistió, así como su enorme poder de seducción, y su fama de artista, eran el eje de un vasto y móvil cenáculo, y provocó grandes pasiones en personajes de renombre, como en el escritor futurista y activista político del partido fascista italiano, Filippo Marinetti.
Pero sin duda alguna su episodio más conocido, fue su huida de La Vittoriale en 1927, el palacio y ciudadela monumental en Lago Gardone, - antigua propiedad de la familia Wagner-, donde el poeta, dramaturgo y militar, Gabriele d’Annunzio, intentó seducirla con sus más experimentadas técnicas, hospedándola en la habitación de Leda, la alcoba de la que ninguna mujer había salido incólume hasta entonces.
Esta sala estaba repleta de porcelanas chinas, filigranas de oro, pieles de animales salvajes y alfombras orientales, impregnada por un perfume intenso que desprendían unos pebeteros, destacaba en el centro, el gran lecho, lleno de almohadones. El escritor la había invitado con la idea de que le hiciera un retrato, pero contrario a posar, d’Annunzio se dedicó inmediatamente a cortejarla. Intentó provocar en ella el reflejo de su vanidad, echando a sus pies vestidos y adornos más o menos lujosos, incluso hizo que el acorazado Puglia disparase salvas en honor de la Lempicka.
No sirvió de nada, Tamara no cedía, y tras varios días de acecho, y con varios escritos que no recibieron respuesta, una noche irrumpió desesperado en la exótica y recargada habitación de Leda, mientras su invitada dormía. Ella no tuvo tiempo de reaccionar y según cuenta Foschini, que entrevistó a la Lempicka en Capri, “Gabriele se convirtió en un huracán de palabras”, y sus caricias y súplicas no lograron resultado alguno. Tamara huyó del Vittoriale dejando a un d’Annunzio trastornado por los sentidos, lamentándose de su vejez y hundido en el fracaso, concluyendo así el encuentro, o mejor, enfrentamiento entre la artista y el poeta.
Cuando a partir de 1939 deciden afincarse en los EEUU, la pareja no dejará de llamar la atención. Y además de dedicarse a viajar entre Nueva York y Chicago, Santa Fé y las Montañas Rocosas, donde al igual que en Beberly Hills, tenían un “refugio”, que había pertenecido al cineasta, King Vidor, sus “soirées” en este último lugar adquirieron un gran prestigio, y en el estudio de la artista, o como invitados a sus colosales fiestas, era frecuente la presencia de nombres como Annabella y Tyrone Power, Dolores del Río, Gloria Swanson, Mary Pickford, Charles Boyer, Vicky Braum y Juan Romero, Luigi Filiasi y Theda Bara, Conchita Pignatelli y Lorna Hearst, el barón de Rothschild, e incluso la Garbo o la Dietrich.
Lempicka sigue pintando, exponiendo, y cometiendo excentricidades…, pero cualquier rastro queda difuminado, y a pesar de estar muy cercana a la American Scene, cada vez es más conocida y aplaudida como Baronesa Kuffner que como Tamara de Lempicka. Era una mujer muy bella, de eso no hay duda, d’Annunzio la llamó “la mujer de oro”, los periodistas se extasiaban al verla, y les asombraban sobre todo sus manos, de “lenta gesticulación”, y que según Vittorio Foschini, daban la impresión de que “acariciaban siempre”, pero también su pelo y su lujoso guardarropa.
Todos se maravillaban con su alta figura, suave y armoniosa en sus movimientos, con su rostro iluminado por dos grandes ojos de mirada perdida y algo artificiales, con la boca dispuesta a la sonrisa y unos labios pintados con los más raros “rouges” de París. Pero todo esto no debe ocultar una personalidad ágil, inteligente e inquieta, que le indujo a tomar contacto con lo “nuevo” que entonces nacía en París.
Desde su llegada a Francia se preocupó por perfeccionar su técnica pictórica. De su primer maestro, el metódico e intransigente Maurice Denis, angelical y diabólico al mismo tiempo, predicador del Neotradicionalismo parisino, y con quien estuvo poco tiempo, la Lempicka aprendió a simplificar las formas y a utilizar el color.
Pero mucho más decisiva fue la influencia de su segundo profesor, André Lhote, pionero del cubismo sintético, concibe el cuadro como una rigurosa combinación de planos y colores, y al igual que todos los Neo-cubistas, la geometrización pierde virulencia y el fin perseguido tiene un claro valor decorativo. A estas ideas que transmitió a Tamara, Lhote añadió otra: le enseñó a apreciar el clasicismo de Ingres destacando el alto valor de sus desnudos.
En su obra, escasa y bastante desconocida, la síntesis de cubismo, clasicismo y realismo no pierde el carácter decorativo propio de la época, pero supera el estereotipo de Art Decó con el que habitualmente se la identifica. La pintura de Tamara, cuya obra en esencia la componen retratos y desnudos, tiene un encanto sumamente personal. Las formas y los fondos se convierten en perfectos análisis geométricos y verdaderos estudios cubistas del color, y emana un atractivo perfume a vicio y alta sociedad.
Retrato de Madame Boucard, 1928
Aunque también pintó algunas obras de carácter seudo-religioso, en una especie de ejercicio de hedonismo ateo de élite. Aseguraba Oscar Wilde, que las cosas sagradas son las únicas que merece la pena profanar. Respecto a sus retratos, nos hallamos ante una especie de galería de la alta burguesía, y en ciertos casos, de la aristocracia del periodo de entreguerras, en absoluto indiferente a las sugerencias de la publicidad y de las exquisiteces y vanidades de la época, que a simple vista pueden parecer demasiado racionales y fríos.
Pero si los observamos atentamente, cada rostro habla con fuerza propia y define una personalidad: junto a una hábil técnica y un acabado impecable coexiste una profunda valoración de la psicología del modelo que en ocasiones nos recuerdan a la Nueva Objetividad Alemana de George Grosz, Otto Dix, y sobre todo, Christian Schad, claro está, perdiendo toda agresividad social.
Claros ejemplos son, entre otros, “El Retrato del Gran Duque Gabriel”, de uniforme rojo, que con una mirada espectral, refleja la muerte de la nobleza rusa. “El Retrato de la duquesa de La Salle”, una atrevida y dominadora lesbiana vestida con traje negro de amazona andrógina, (no en vano, en esos años, en los círculos distinguidos y sin prejuicios, llamaban amazonas a las lesbianas), mira fijamente y ostenta humores indudablemente malignos, sabiendo que es la reina de las noches de sexo y cocaína.
O el “Retrato de un hombre con gabán”, primer marido de Tamara, Tadeusz Lempicki, hombre dolorido que mira con seriedad, con un abrigo negro, sombreo de copa en la mano y un foulard blanco al cuello, y que protestaba durante los primeros años de vida común en París, sabiéndose traicionado por las continuas infidelidades de su mujer, que lo ponía en evidencia pintando a sus amantes. El retrato está inacabado.
En los desnudos, que hay en gran número, de nuevo aparece la sorpresa, y tras una aparente rigidez, con posturas que en ocasiones semejan estatuas, sorprende la cerebral e inmediata corporeidad de los personajes representados, así surgen cuerpos que rozan lo tangible, absolutamente carnales, y la voluptuosidad adquiere tal clímax, que lo sensual se torna sexual, provocativo y casi escandaloso.
Gigantescas mujeres con marcado valor sexual. Ejemplos notables de esta reducción a la carnalidad son sin duda, “La Belle Rafaela”, “Femmes au bain”, “La Dormeuse”, o quizás, la más perturbadora de todas, “4 desnudos”, donde 4 mujeres gimen y se retuercen llevadas por la voluptuosidad, y donde podemos reconocer a Nana de Herrera. También se podría afirmar, si las modelos no holgazanearan, y se diría que vigiladas por ojos impúdicos, que sufren algún tipo de abuso, como la sometida “Andrómeda”, o la joven de “L’ Heure Bleue”.
La ignorancia de los acontecimientos de la vida de la artista, y la carencia de análisis profundos sobre su obra, son una prueba más de la bárbara iconoclasta, a la que se vieron sometidos durante casi medio siglo, todos aquellos artistas que no quisieron formar parte de las vanguardias de la Escuela de París, y que se vieron por ello privados de su legitimidad y con el paso de los años, olvidados y desterrados de la historia de la pintura internacional, al igual que no se sabe cuantos impertérritos figurativos, entre los que también estaban, Balthus, Alexander Deineka, Anton Räderscheidt, Edward Hopper, Paul Delvaux, Raphael Soyer o Alberto Martini, junto con todas aquellas cosas, hechos y personas acusados de apostasía.
extractado de www.amebasaladeriva.com
23-Julio.2008
Santiago Rojo Sangre

www.santiagorojosangre.cl