Cantinflas


Actor cómico mexicano. Se hizo mundialmente célebre con el nombre de su personaje Cantinflas, al que dio vida en la mayoría de los filmes que rodó.

De orígenes humildes, se enroló en una compañía de cómicos ambulantes y recorrió todo México. En el circo desarrolló todo tipo de trabajos, entre ellos interpretar pequeños papeles.

A finales de los años veinte comenzó a actuar en los locales de Ciudad de México y creó la imagen prototípica con la que se haría famoso. En 1930 era ya el cómico más famoso del país. En 1934 conoció a la actriz de origen ruso Valentina Subarev, con quien contrajo matrimonio y tuvo a su único hijo, Mario Arturo.

En 1936, con el amplio bagaje acumulado durante su estancia en el circo de Jalapa, representando papelitos en pequeños montajes teatrales -excepcionalmente musicados al estilo del género chico- debutó en la película No te engañes corazón, a la que siguieron Así es mi tierra y Águila o sol (1937), El signo de la muerte (1939) y toda una serie de cortometrajes.

No obstante, no se consagró definitivamente como ídolo indiscutible hasta 1940, en el filme Ahí está el detalle -dirigido por Juan Bustillo Oro-, en cuya última escena y mediante su delirante discurso, Cantinflas se salta las convenciones sociales, logrando cambiar el veredicto del juez. Esta película le brindó la ocasión de fundar la compañía Posa Films, productora de Siempre listo en las tinieblas (Always Read in the Darkness) y Jengibre contra dinamita (Ginger versus Dynamite), fallidos intentos de penetrar en el mercado hollywoodiense. Pese a ello, a partir de su debut como protagonista en la película Ahí está el detalle (1940), el actor, con sus casi cincuenta filmes, batió récords de recaudación en las salas de exhibición hispanoamericanas durante tres décadas seguidas.

La popularidad de este monstruo sagrado del cine mexicano y, en general, del cine en español debe mucho a su trabajo en las películas Ni sangre ni arena (titulada en Estados Unidos Neither Blood and Sand) y El gendarme desconocido (1941), en las que descubrió a su director ideal, Miguel M. Delgado, ayudante del realizador Alejandro Galindo. La primera era una parodia de la obra de Vicente Blasco Ibáñez, cuya versión cinematográfica había sido recientemente estrenada en Estados Unidos, protagonizada por los actores Tyrone Power, Rita Hayworth y Linda Darnell. Con ambas obras, Mario Moreno esperaba amortizar el esfuerzo económico invertido en Posa Films, de la que llegó a ser único productor. No en vano Ni sangre ni arena recaudó 54.000 pesos en cuatro días durante su estreno en el Teatro Alameda.

Este éxito desbordante continuó con El gendarme desconocido (The Unknown Policeman), con Mapy Cortés y Gloria Marín, considerado como uno de los mejores filmes del actor mexicano. En él, la ridiculización de la policía, generalmente detestada por el público, se establece desde el mismo momento en que Cantinflas aparece con su habitual uniforme desastrado.

En 1944 entró a formar parte del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC), fundado en 1919 con el nombre de Unión de Empleados Confederados del Cinematógrafo. Su aportación fue decisiva en la mejora de las condiciones de contratación del personal de los estudios, pues encabezó una proyectada huelga, secundada por Jorge Negrete y Arturo de Córdova (con quien mantuvo una fuerte polémica por la dirección de la Asociación Nacional de Actores [ANDA]).

En los años cincuenta, sus cintas muestran un cambio: del personaje de la picaresca urbana y popular sólo quedaría un humor basado en el uso reiterativo del "cantinflismo", la habilidad para hablar mucho y no decir nada. En todas ellas, Mario Moreno se convirtió en un portador de juicios y críticas contra la sociedad "pueblerina", en particular, y contra la humanidad, en general. De este modo, arremetió con singular hincapié contra la "aristocracia desnaturalizada", haciendo que triunfara lo auténtico sobre lo falso. Se constituyó en el hombre que siempre decía la verdad, aunque en forma sarcástica, y sufrió las consecuencias de esa fidelidad a sí mismo.

Excepcionalmente, participó en la superproducción estadounidense La vuelta al mundo en ochenta días (1957). La película obtuvo una buena acogida, que propició que el actor rodara luego Pepe, dirigida por George Sidney en 1960. El fracaso del filme decidió a Mario Moreno a no volver a probar fortuna fuera de las fronteras de su propio país, con la única salvedad del largometraje español Don Quijote cabalga de nuevo, dirigido por Manuel Delgado, con quien había trabajado en filmes como El bolero de Raquel (1956) y El padrecito (1965), el primer largometraje que el actor rodó en color.

Si en sus interpretaciones denunciaba las desigualdades sociales y la insolidaridad, en la vida real realizaba obras caritativas y llegó a montar una oficina para los necesitados. La última etapa de su vida, después de enviudar en 1966, estuvo marcada por su participación en actos sociales y políticos (incluso llegó a pronunciar un discurso en la Asamblea de las Naciones Unidas).

Un genio cómico

Pero lo cierto es que Cantinflas será recordado por hacer triunfar a un pícaro de buen corazón que presenta cierto paralelismo con el personaje de Charlot de Charles Chaplin, si bien la clave del mexicano estuvo siempre vinculada a su disparatada e inagotable verborrea, que lo convirtió en el genio cómico más popular que México ha dado. Su personaje basó su comicidad en unas reacciones ingenuas, en su asombrosa naturalidad y en sus personalísimos y desvariados monólogos, continuos, embarullados, inagotables, auténtico flujo del más delirante verbalismo que empezaba con inusitada fluidez y terminaban en balbuceos y galimatías ininteligibles, en interminable verborrea, mientras movía incansablemente su mano izquierda para acompañar la insólita proliferación de sus muecas.

Su actuación era, ante todo, fruto de la soltura y la agilidad; las situaciones más disparatadas y extraordinarias brotaban con maravillosa sencillez. De Mario Moreno no pasarán a la historia del arte cinematográfico unas películas que no tienen, a decir verdad, nada de extraordinario, pero, en cambio, su personaje, su figura, su personalísimo estilo interpretativo y su singular sentido del humor ocupan ya, por méritos propios, un lugar relevante en el firmamento del séptimo arte.

Sus caídos pantalones, su aspecto descuidado y chabacano se convirtieron en el estandarte hispano de una clase de humor, teñido de absurdo, que tiene, tal vez, sus mejores representantes en los míticos hermanos Marx y que le permitió alcanzar una enorme popularidad en los países de habla española, aunque ponía trabas, simultáneamente, a sus posibilidades de atravesar las fronteras idiomáticas, pues, como ya se ha indicado, su personaje cinematográfico, debía buena parte del éxito que obtuvo a su libérrima utilización del idioma, una característica que, como es lógico, hacía muy difícil la penetración de su humor en ámbitos distintos al de la lengua española.

Su exagerada caricatura del "pelao" mexicano -miembro de la clase baja, equivalente al golfo madrileño o al "roto" chileno-, se apoyaba en unos calzones siempre a punto de caer, sujetos las más de las veces con un imperdible, que parecían exigir a gritos un cinturón o unos tirantes, en unos zapatos hechos trizas, una camisa arrugada (cuando la llevaba) saliéndose por todas partes, un raído sombrero de paja y un trapo que le colgaba del hombro, a modo de gabardina.

Esta indumentaria se convirtió en el signo distintivo de su humor y de su obra, hasta el punto que, desencarnada ya, abandonando los límites del actor Mario Moreno, pasó a configurar el personaje televisivo de una larga serie de dibujos animados, cuyo rostro sin afeitar y desgraciada estampa corresponden indistintamente a la de un vagabundo o a la de un pordiosero dueño, como su creador, de un lenguaje fluido, incontenible e incoherente, confuso y disparatado, incomprensible pero indispensable para poder salirse con la suya en las situaciones más dispares.

Considerado por muchos el sucesor de Charles Chaplin, Cantinflas heredó de aquél el corazón. Sólo que el pelao mexicano, tan pobre como Charlot, a diferencia de éste, no vivía obsesionado por su pobreza y se permitía el lujo de compadecer a los ricachones.


Boris 05 sept.2008

George Benson



Nacido en Pittsburgh, Benson se enamoró de la música cuando era chico y tenía sólo ocho años de edad cuando cantó por primera vez en un club nocturno local. Como guitarrista, las principales influencias de Benson fueron Charlie Christian y Wes Montgomery; pero para cuando el organista Jack McDuff contrató a Benson, de 19 años, como miembro de su orquesta en 1962, era evidente que ya era reconocido por sus habilidades. El primer álbum de Benson fue The New Boss Guitar of George Benson en Prestige, de 1964, al estilo bop-soul-jazz, y fue seguido por los aclamados álbumes producidos por John Hammond en 1965 y 1966. En 1976 Benson se aventuró y se convirtió en una superestrella del pop y el R&B gracias a Breezin', que llegó al puesto número uno en los rankings pop con el hit "This Masquerade", con el que ganó un Grammy. Por primera vez, Benson disfrutaba del éxito mundial.

A fines de los '70 y en los '80, Benson tuvo un éxito tras otro en R&B y pop, como "The Greatest Love of All", "On Broadway", "Give me the Night", "Turn your Love Around" e "Inside Love", entre otros. Pero Benson se negó a tocar solamente en un estilo musical -volvió a los estándares clásicos y al jazz acústico con Tenderly, de 1989, y le rindió honores a Count Basie en 1990 con Big Boss Band.

La década de los '90 encontró a Benson con LiPuma, que había producido las grabaciones de Benson para Warner Bros. a través de los '70 y los '80. Juntos ofrecieron una visión moderna del jazz contemporáneo en That's Right, de 1996. También colaboraron en Standing Together, de 1998, que mostraba al Benson característico junto a elementos del hip-hop y los ritmos caribeños. A través de su carrera, George Benson ha abarcado todo desde el jazz clásico al jazz contemporáneo y el R&B/pop. Y siempre demostró que la creatividad y el éxito comercial no se excluyen mutuamente. Absolute Benson sigue con esta demostración.
"Breezin".

La de George Benson fue una de las primeras voces que pudo escucharse en estéreo a través de una televisión reproducida por un aparato de vídeo. Fue en la primera película que contenía su banda sonora en este sistema: All that jazz, de Bob Fosse, en la que el músico interpretaba On Broadway, uno de los temas por los que se convirtió en una figura reconocible para el grandísimo público.

Prácticamente todas las biografías consultadas del músico comienzan de la misma manera: George Benson (Pittsburg 22 de marzo de 1943) es un guitarrista estadounidense de jazz. Casi todas, pero la de la página web del Heineken Jazzaldia 2010 hace una distinción. "De guitarrista del hard bop a estrella del pop y del R&B, George Benson ha abordado un amplio rango de estilos a lo largo de los años". Y es cierto. La música de este artista ha supuesto, para muchos melómanos, una puerta accesible por la que entrar un estilo que, en principio, parece acotado para unos pocos: el jazz.

Los amantes del rhythm & blues lo conocen como el guitarrista, cantante e intérprete y, a veces autor de éxitos como On Broadway, Give Me The Night y Turn Your Love Around, "mientras que el mundo del jazz continúa atesorando sus álbumes clásicos instrumentales de los 60 y principios de los 70. Su disco Breezin' (1976) logró unas ventas millonarias. Y es precisamente la imprevisibilidad y el eclecticismo de Benson lo que hace imposible saber lo que hará en un futuro", continúa la biografía del festival de jazz de San Sebastián, en el que el músico ofrecerá un concierto el próximo sábado.

Si ha tenido la paciencia de explorar los vídeos que le proponemos desde Tentaciones, probablemente haya caído rendido ante un músico de los grandes a caballo entre muchos estilos. Al otro lado del teléfono, el artista ocho veces ganador del Grammy nos, entre concierto y concierto de una larga gira, respondió nuestras preguntas para darse a conocer un poco más allá de las seis cuerdas de su guitarra y las dos de su garganta.

George Benson: ¿Qué tal estás esta mañana? Estoy.... Déjame ver... Estoy en Francia, pero no recuerdo el nombre del lugar, déjame que vea mi agenda... Cielos, esta es una gira enorme... Eso es, nos estamos preparando para tocar en Juan Les Pins.

Tentaciones: Cuéntenos cómo se metió usted en esto de la música.

G. B. En mis principios solo era un oyente y mi guía era la radio, todo lo que ese mundo fantástico me proporcionaba. Por otro lado estaba mi padre que solía poner muchísimos discos de jazz y tenía la casa llena de esos tesoros por todos lados. Además, él tocaba la guitarra, así que le pedí que me enseñara y él puso los cimientos, fue el que me descubrió las bases y los fundamentos para convertirme en guitarrista. Pero después de eso él no me enseñó, así que tuve que crecer yo solito.

T: ¿Así que es autodidacto?

G. B. Lo mejor que pude hacer fue buscarme otros profesores. Escuché a muchos tipos. Unos tocaban jazz, otros R&B, otros blues... Así que mientras era un chiquillo todos estos estilos fueron creciendo en mi mente y en mis dedos al tiempo que yo también crecía.

T. Entonces ¿Usted quería convertirse desde pequeño en una estrella del rock?

G. B. El rock no era tan popular cuando yo comencé a tocar la guitarra. La escena era el R&B y el pop; el rock apareció más tarde con tipos como chuck Berry y todos los que después le siguieron. En aquella época me tocaron tangencialmente. Ahora son legión las bandas de rock y pueden con todo. Algunas tienen bases de blues y soul y hacen cosas realmente alucinantes con los estilos musicales que les han influenciado y de los que yo también aprendí. Pero finalmente no creo que pueda decirse que hayan generado nada muy personal. Por eso elegí, ante la encrucijada de caminos, una música que me permitiera realizar más fácilmente un proyecto personal como el jazz.

T. Pero eso parece cosa de almas atormentadas, de canciones tristes.

G. B. En los viejos tiempos ni siquiera lo pensaba, simplemente tocaba canciones porque me gustaba la melodía, el ritmo o cosas así. Luego llegó el señor Quincy Jones. Y fue el mismísimo Quincy quien me dijo: 'no me gustaban las canciones tristes de ninguna manera'. Le parecían una influencia muy negativa. Él prefiere las canciones con un mensaje positivo. Así que comencé a prestar atención a ese consejo. Ahora prefiero contar historias que puedan afectar al mayor número de personas y que se puedan sentir identificadas. Ya que la mayoría tiene muchas historias tristes en su vida, supongo que preferirán ser felices e identificarse con historias felices.

T. ¿Qué relación tiene con su guitarra?

G. B. Toco todos y cada uno de los días del año y lo he hecho desde hace muchos muchos. En parte porque estoy enamorado del sonido del instrumento y por otra parte porque es un reto. La guitarra se ha convertido en una extensión física de mi cuerpo. Cuando la cojo el mundo se convierte en confortable. Pero, ojo, no toco para probarme algo a mí mismo. Trato de contar historias con ella, la hago hablar. El reto real es lograr que el público comprenda ese lenguaje de sentimientos y transmitirles esas emociones directamente. La guitarra es un instrumento perfecto para conseguirlo. Posee un número infinito de posibilidades y un dinamismo que permite, junto con mi voz, llegar a la audiencia.

T. ¿Y ella toca alguna vez sola?

G. B. Me gusta mucho improvisar porque en esos momentos mi personalidad aparece de una forma mucho más visible. España es un país perfecto para la guitarra puesto que es un instrumento muy popular y los españoles conocen a la guitarra muy bien. Así que los conciertos serán un poco diferentes al resto de la gira y el público se dará cuenta desde el principio.

T. Su último disco se titula Songs and Stories (Canciones e historias). ¿Cuál es la historia que le gustaría contarle al público español.

G. B. En la música vivo al día. Me gusta contar historias día a día. Hay cosas en el aire que me gusta capturar al vuelo y traspasarlas a mi música. También la actualidad y esos asuntos de las que la gente habla, pueden definir mis acordes en determinado momento. Le digo a mi guitarra que yo también estoy al tanto de esas historias que contar (risas) y ella me hace caso.

T. ¿También le hace caso a Internet y todo lo que eso conlleva respecto a la música?

G. B. El progreso es imparable, pero desafortunadamente la piratería existe, sé que tiene solución, no sé dónde está, pero llegará. Es algo que nos afecta a todos los músicos, pero soy optimista, veo que los responsables de todo esto están buscando soluciones que sean buenas para todas las partes y estoy seguro de que llegará. No creo que veamos el momento en que dejemos de hacer música, antes se encontrará una solución.

T. ¿Por qué parece que el jazz es un estilo para unos pocos elegidos?

G. B. La exposición es la clave. El problema en España creo que es el mismo que existe en los Estados Unidos. La gente no puede escuchar jazz en la radio, así que es difícil para ellos aficionarse al no tener acceso. Es como el flamenco que no es tan popular en determinadas partes del país como en otras por una cuestión de exposición.




M. 04 sept.2008

Kubrick 4


Juegos de la edad impúber

«Las elementales reglas literarias para las historias de amor exigen un final con muerte o separación de los amantes, no pudiendo darse jamás que éstos consigan reunirse para siempre. Es también esencial que la relación deba escandalizar a la sociedad o a sus familiares. Los amantes deben ser condenados al ostracismo. Sería muy difícil construir una historia moderna que pudiera adherirse, con visos de realidad, a estas normas. En este aspecto creo que sería correcto afirmar que “Lolita” es una de las pocas historias modernas de amor.» Stanley Kubrick1

Antes de la calma creativa que le convirtió en realizador de cada vez menor número de películas por década, y de llegar a ser, no sin razón, uno de los creadores que más seguidores tiene dentro del arte cinematográfico, Stanley Kubrick dirigía films de presupuesto menor, aunque no menos ambiciosos, y, sobre todo, de rodaje mucho más rápido que sus últimos trabajos, como esta Lolita, adaptada de la novela homónima de Vladimir Nabokov, un film magnífico y, para mi gusto, uno de los mejores de su director, aunque esto es difícil de dilucidar dada la gran calidad de casi todos los trabajos suyos que he podido ver.

La idea de adaptar a Nabokov la toman Kubrick y James B. Harris durante la producción de Espartaco (Spartacus, 1960), y se materializará como la siguiente película de la filmografía kubrickiana. El escritor de origen ruso será el encargado de convertir su propia novela en guión, aunque algunas modificaciones introducidas por Kubrick (que recurrió a la improvisación mucho más de lo que, por lo visto posteriormente, suele ser habitual en él. La pregunta es: ¿Habría hecho lo mismo de tratarse de un guión firmado por él?), motivaron que Nabokov optase por publicar su versión del libreto en 1968. El film, el primero que Kubrick decide rodar fuera de los Estados Unidos (en Inglaterra), para evitar, en lo posible, la presión del Código de Producción y la Legión Católica de Decencia, fue, no obstante, bien recibido por el autor del original literario, que lo consideraba una película de primera línea, aunque se lamentaba de que no se hubiese hecho énfasis en algunos detalles como, por ejemplo, los distintos moteles donde se alojaban Humbert y Lolita. El director de la película, por su parte, aseguraba que no había enfatizado suficientemente el erotismo de la relación entre ambos personajes, algo en lo que, según comentaba, habría insistido si hubiese podido hacer la película de nuevo.

Pese a estas reticencias de los responsables del film, no cabe duda de que la versión fílmica de Lolita conserva intacta toda la emoción que contiene la novela de Nabokov. De hecho, ofrece una novedad importante respecto al texto, y es que se evita mencionar un caso anterior, acaecido en la juventud de Humbert, en el que el protagonista tiene una extraña relación con una chica, la cual le provocará una especie de trauma obsesivo hacia (algunas) niñas impúberes, llamadas nínfulas, por él. El hecho de que no se mencione esta experiencia previa evita que estemos ante un “caso clínico” (la novela era la descripción de una patología, descripción por lo demás exquisita y fascinante), y refuerza la historia de Humbert y Lolita como un arrebato que surge espontáneamente en cuanto el hombre la conoce, en el jardín de la casa de su madre, Charlotte Haze. Por otra parte, Kubrick y Nabokov coincidían en que el interés narrativo podría decaer una vez que Humbert se hubiese acostado con Lolita, lo que motivó que el film arrancase con la muerte de Quilty, pues, según opinaban, el público se preguntaría a lo largo del film qué era lo que pasaba con dicho personaje.

Uno de los aspectos mejores del film de Kubrick es, a mi entender, el poder de sugerencia de los diálogos y de la puesta en escena. A diferencia de Adrian Lyne y su repelente versión reciente (más fiel al original literario en cuanto al argumento, pero rematadamente burda en su realización, que machaca hasta la extenuación los aspectos más “turbios” de la historia con el estilo publicitario tan propio del director de Nueve semanas y media2), la Lolita de Kubrick resulta enormemente más eficaz, por su frecuentación de la perversión subyacente y el erotismo refinado (ahí está la presentación de Lolita tomando el sol; compárese con el torpe spot que rueda Lyne en su versión), y su extracción de la sensualidad incluso de las situaciones más sencillas (cf. Humbert pintándole las uñas a su nínfula), aumentando el misterio de la cinta al permanecer ocultos muchos de los elementos de la historia (cf. Los movimientos de Quilty, en la sombra, para arrebatar a Lolita de manos de Humbert).

Asombra la capacidad del director de Barry Lyndon (id, 1974) para conseguir que los escenarios y las acciones se nos graben en la mente de modo imborrable. Por ejemplo, todas las secuencias que tienen lugar en la casa de la señora Haze resultan de una claridad expositiva envidiable, pues nos dan la geografía del edificio como pocas veces (da gusto cómo mueve la cámara Kubrick de estancia en estancia). Luego está la resolución de secuencias como las de la fiesta, la función teatral, o la partida de “ping-pong romano” entre Humbert y Quilty, y toda la conversación que precede al fallecimiento del segundo. Hay un hallazgo de planificación que siempre he admirado especialmente, y es el instante en el cual Humbert, que ya se ha casado con la señora Haze, reposa en la cama junto a ella, y la abraza. Podemos ver cómo, en la mesita situada a su izquierda, está la foto de Lolita, a la cual mira Humbert mientras se frota contra su esposa. En ese momento, Charlotte le anuncia que ha decidido enviar directamente a Lolita a un internado, lo que provoca el enfado del hombre, que deja de abrazarla y se da la vuelta, mirando hacia el otro lado. Ahí, Kubrick encuadra el rostro de Humbert apretado contra el colchón, y, en primer término del plano, vemos un revólver que descansa sobre la mesilla. Manteniendo el plano fijo, Charlotte pregunta «¿Formo parte de tu pensamiento?”, a lo que Humbert responde: «Sí.», mientras mira el arma que tiene delante.

No falta tampoco el humor en Lolita. Recuérdese la secuencia en el auto-cine, en la que se produce un juego de manos tan gracioso como tenso, el momento (puro cine mudo) en el que Humbert y el empleado del Motel se pelean para montar la cama plegable (un instante que divertía especialmente a David Lynch, declarado fan de esta película), o, claro, la conclusión en la que vemos a Lolita casada, preñada, y llevando una triste vida como ama de casa junto a un tipo de lo más vulgar, secuencia afrontada por Kubrick con ironía y humor negro a costa del atormentado y patético Humbert, que aún desea llevarse a Lolita con él. Esta es una imagen más de las que ofrece un film en el que, igual que dijo Nabokov (uno de los más brillantes escritores del siglo XX, tanto en lengua rusa como en lengua inglesa) de su magistral novela, lo más importante acaban siendo las imágenes que uno, posteriormente, puede evocar. En el caso de la película, la plasmación de los jugueteos es sublime, como aquel instante en el que Lolita le lleva el desayuno a Humbert y le da el alimento como se ceba a un perrito; aquel otro en el que, tras llegar de casa de una amiga, se descalza puerilmente; la confesión de las actividades del campamento que Lolita susurra al oído de Humbert; o ese cuadro que la muestra en el coche, bebiendo Coca-Cola y comiendo patatas fritas de una bolsa directamente con la boca. Todo ello punteado por un uso extremadamente estilizado de los fundidos en negro (no se había visto nada igual desde Lubistch).

Dichas sugerencias serían impensables sin la dirección de actores adecuada, y, por descontado, sin el concurso de intérpretes como los del deslumbrante cuarteto principal. James Mason, soberbio como Humbert, más cerca de sus trabajos para Max Ophüls que de su imagen de villano elegante inglés. Shelley Winters, impagable como mujer americana “tonta y romántica”, como se llega a autodefinir. Peter Sellers, indispensable para encarnar al antipático Quilty. Y, finalmente, Sue Lyon, una actriz escogida por Kubrick tras verla en el programa televisivo The Loretta Young Show, y que compone una Lolita francamente inmejorable, aunque a Kubrick le hubiese gustado una chica más joven para el papel (de haberla rodado años después, seguro que Kubrick habría filmado el envejecimiento real de Lolita, o al menos lo habría intentado).

Es notable que Kubrick procuró, desde esta película, tratar de partir de obras literarias menos famosas, pues ver su nombre desplazado a un segundo término por el de gigantes como Nabokov chocaba con su intención de forjarse una carrera artística absolutamente personal, en la que nadie fuese capaz de hacerle sombra más allá de lo que él desease, como corresponde al que, quizás, ha sido el cineasta más individualista (y más escéptico respecto a la condición humana) que ha existido. El temor a ser copiado o imitado por alguien, es decir, a no poder distinguirse bien de todos los demás, fue aumentando durante toda su vida3 y causó, en parte, que renunciase a su sueño de llevar a la pantalla grande la vida de Napoleón, o que desistiese de realizar un film sobre el Holocausto, idea que también barajó en algún momento.


Vleal 04 Sept. 2008

Fotos de Carolyn Cole



















Orson Welles 4


El bueno de Orson siempre hacía todo a lo grande. Era la encarnación misma del exceso. La manifestación del derroche. El creador de efectos. El talento y la voz.

El bueno de Orson era un auténtico manipulador. Un tipo dotado para la fábula y el verbo, un hombre de extraordinaria inteligencia, capaz de extraer de recursos básicos y limitados, resultados inolvidables.

Sin embargo, Orson y yo sabemos que su alegría es fraude, que su verdadera creencia del mundo se aproxima al desencanto, que siempre tuvo una herida que no dejó de sangrar...

Orson es un hedonista de vuelo oscuro y agotada esperanza, que trata de desprenderse del pasado e ignorar el futuro, para exprimir un presente sin otras normas que las de la pasión y el ego.

Orson es un genio, sí. Pero más que admirarle, lo quiero. Porque más que su impulso y su inteligencia, más que su creatividad o su capacidad de riesgo, más que sus cualidades de actor, más que su talento cinematográfico, lo que me conmueven son sus convicciones; porque son oscuras como la noche más negra, porque cree profundamente que la derrota es un signo inaprensible que está grabado en el alma, que no puede borrarse, que siempre estará ahí. Siempre enseñó, porque la vio siempre, la caída del hombre. No bastan la riqueza y el talento, el poder y la suerte, la voluntad y el fuego del amor, para ser ajeno a la derrota. Por la fuerza de las circunstancias o la fragilidad de sí mismo, el hombre siempre cae... y a veces vuelve a levantarse. Y esto último sólo lo sugiere, porque Orson está convencido de que siempre volverá a caer. Caerá por ambición o por celos, por corrupto o torpe, por los pasos en falso o el avance del tiempo, pero caerá. Es un hecho.

El bueno de Orson es un verdadero maestro en el montaje de historias, dotado de un talento inigualable para la construcción de tramas, un afinado arquitecto para desarrollar el croquis de sus proyectos, con una capacidad creativa que late más deprisa que su propio ser, con el estallido propio de un adolescente desbocado que imprime una personalidad que se manifiesta descontrolada y débil y que sin embargo se afianza con la rotundidad del trueno... Y sin embargo, el trueno pasa, como muchas veces Orson, sin dejar otra huella que la admiración o la expresión de los perplejos. Tocando levemente el corazón. Pero Orson se adueñó del mío, y creo profundamente que su falta final de comunicación con algunos, nace de la ocultación de su verdadera voz en pos de un resultado artístico dictado desde el intelecto y la sangre, donde el exceso de ingenio natural se convierte en la más pesada de las losas. Porque Orson jamás fue un lírico, ni un comediante, ni un fantasioso; a pesar de que, estoy convencido, tuvo el dolor de los poetas, la incomprensión de los fracasados, el gozo de los sensuales, la ácida ironía de los inteligentes y la imaginación de los alocados. Contaba historias y hacía papeles. Y ya está. Vivía. Pasaba página, porque en la vida sólo se puede pasar página y no cabe la depresión ni el desconsuelo, sino el puñetazo en la mesa, la confianza en el propio don, y la aceptación de la naturaleza de las cosas: que el hombre siempre es fiel a su derrota y que sin embargo debe seguir. Cuando esa es tu última creencia sólo puedes pasar página, como te detengas te mueres. Por eso jamás Orson juega a moralista edulcorado, no es un hacedor de juicios ejemplarizantes, nada es ejemplar, cuenta lo que ve y se explaya en la grandeza de los despreciables, considerando solamente el curso de la historia y la muestra del potencial perdido.

Lo confieso, durante muchos años fui un fan de Orson, y Sed de mal mi película favorita. Recuerdo que zanjaba muchas veces mis discusiones cinematográficas enarcando milimétricamente la ceja, para que mi comentario fuera cargado de un ligerísimo desprecio al escupir: «Tú no has visto Sed de mal». En un gesto concreto y calculado, que más que muchas horas de espejo, lo que tenía eran muchas horas de cine. Para terminar bendiciendo a Orson con un categórico: «nunca estuvo más gordo, nunca estuvo mejor».

Ahora que ya no tengo ídolos, que sólo permito concesiones al presente, que soy más sabio -¿o debería decir desencantado?- no puedo evitar emocionarme al recordar cómo, viendo Sed de mal, encajonado en el sillón orejudo, en la más absoluta oscuridad donde mi padre me enseñó a ver el cine, Orson me arranca el corazón compadecido ante el espectáculo triste de su derrota.

Déjenme que les diga: verdaderamente fue un hombre excepcional.

Sed de Mal


Marcelo 04 sept.2008 sacado de www.miradas.net

Mussorgsky


Módest Petrovich Mussorgsky, fue un compositor ruso que nació el 21 de marzo de 1839 y murió el 28 de marzo de 1881. Es más conocido por su ópera Boris Godunov. Desde pequeño escuchaba canciones de folclore y fue esto lo que lo impulso a improvisar en el piano, incluso antes de que su madre le enseñara.

Durante su aprendizaje en San Petersburgo estudió piano con Anton Herke, desarrollando considerablemente su habilidad como actor e improvisador.

Petrovich entró en la Escuela Imperial de Cadetes en 1852 y al Regimiento de Guardias Preobrazhensky en 1856. Durante el invierno de 1856 a 1857 acudió a los musicales de Aleksander Dargomyzhky donde conoció a Cesar Cui y a Mily Balakirev. A los 19 años, un ardiente idealista, resignó a su comisión por una vida “de esfuerzo”; luego de esto Mussorgsky trabajó por un tiempo en administración pública. A principios de 1860, el grupo de compositores era conocido como “Los Cinco” formado por Balakirev, Cui, Mussorgsky, Aleksander Borodin, y Nikolai Rimsky-Korsakov los cuales se comprometieron con la música nacionalista rusa. El compromiso de Modest se relacionaba principalmente con la ópera.

El interés por el realismo y la sensibilidad de la música, y la preocupación frente a las cuestiones sociales y morales aparecieron en sus canciones de 1860 “El seminarista”, “La salida” y “La niña huérfana”. Pero estos elementos dentro de sus obras hicieron que sus óperas tengan más éxito. Entre 1863 y 1866 el se empezó a adaptar al Salammbo de Gustave Flaubert, después vino "El casamiento de Nikolai Mogol", pero ninguno de ellos fue terminado. Petrovich empezó a escribir su obra Boris Godunov en 1868. La primera versión se terminó en 1869, pero fue rechazada por los Teatros Imperiales.

El autor remodeló la ópera entre 1871 y 1872. La partitura de esta versión definitiva de la ópera fue publicada justo antes estreno en 1874. Para ese tiempo ya estaba escribiendo “Khovanshchina”, otra de sus óperas históricas, y después de eso empezó con la alegre “Caída en Sorochinsk”. (Rimsky Korsakov completó Khovanshchina, solo revisando otros trabajos incluyendo Boris Godunov, Cui y la terminada "Caída").

A comienzo de 1870 también produjo el ciclo de canciones “Sombre y canciones y danzas de la muerte”, el poema "Una noche en la montaña" y el ciclo de piano "Cuadros de una exposición". El alcoholismo arruinó su salud por lo que falleció en San Petersburgo en 1881.

La música de Mussorgsky es distintivamente rusa. En cambio los elementos característicos para la música folclórica son abstractos para sintetizar un estilo original de la melodía basada en formular figuras, la armonía derivada de la hetereofonía, y el ritmo fundado sobre los diseños irregulares de ciertos géneros folclóricos. Su preocupación por la comunicación precisa de la personalidad y la emoción lo llevó a un nuevo estilo, que tuvo éxito en reproducir la esencia del estilo ruso en su modo de ópera.

Cuadros de una exposición.



M., sacado de www.piano red.com 03 sept 2008

Huidobro 2


Vicente Huidobro nació en Santiago de Chile el 10 de enero de 1893. Desde muy joven mostró una gran inquietud por la literatura y su origen acomodado le permitió, por un lado, estar en contacto con las novedades que se iban gestando en Europa, y, por otro, cultivar su afición a la literatura desde muy pronto. Inició sus estudios en el colegio que los jesuitas regentaban en su ciudad natal, pero pronto habría de abandonar voluntariamente el colegio de San Ignacio para no volver más y volcar todos sus esfuerzos en las tareas literarias: fundó revistas de poesía, organizó tertulias literarias y empezó a escribir y publicar sus primeros poemarios. Por entonces, casi un adolescente, Huidobro no había encontrado una voz poética propia, pero sus ecos lo eran de las grandes figuras poéticas de finales del siglo XIX y principios del XX: Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Apollinaire... De este modo, cuando en 1916 abandona por primera vez su tierra natal y emprende un peregrinaje artístico que durará años, Huidobro ya había publicado seis libros, la mayoría de ellos de poesía: Ecos del alma (1911), La gruta del silencio (1912), Canciones en la noche (1913), Las pagodas ocultas y Pasando y pasando, ambos de 1914, y, por último, Adán (1916).

El primer hito dentro de la peregrinación artística de Vicente Huidobro será Buenos Aires, ciudad donde, por vez primera, se formula el Creacionismo, que es, cronológicamente, el primer movimiento de vanguardia nacido en Latinoamérica. Sin embargo, el origen del Creacionismo lo encontramos ya en la temprana fecha de 1914, en el manifiesto «Non serviam», donde Huidobro había delimitado algunos aspectos fundamentales de su particular vanguardia, empezando por el del artista creador -y no imitador de la Naturaleza-: «Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo. Te servirás de mí; está bien. No quiero y no puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti. Yo tendré mis árboles que no serán como los tuyos, tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas». Además, también el poemario Adán contenía una clara alusión a ese afán genesíaco del vate chileno y en él Huidobro optaba claramente por el versolibrismo, según lo que él mismo enunciaba en el «Prefacio» a dicho volumen, uno de sus textos programáticos más importantes, ya que en él reconoce su deuda con Emerson en lo referente a la percepción de la belleza. En Buenos Aires, por otro lado, verá también la luz su siguiente poemario, El espejo de agua -en realidad, una plaquette con nueve poemas-, cuya primera composición, titulada precisamente «Arte poética», es, en realidad, un verdadero manifiesto estético del Creacionismo:

Que el verso sea como una llave

Que abra mil puertas.

Una hoja cae; algo pasa volando;

Cuanto miren los ojos creado sea,

Y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;

El adjetivo, cuando no da vida, mata,

Estamos en el ciclo de los nervios,

El músculo cuelga,

Como recuerdo, en los museos;

Mas no por eso tenemos menos fuerza:

El vigor verdadero

Reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa ¡oh, Poetas!

Hacedla florecer en el poema;

Sólo para vosotros

Viven todas las cosas bajo el Sol

El poeta es un pequeño Dios.

En este breve poema ya podemos ver claramente formulados algunos de los principios teórico-poéticos fundamentales enunciados por Huidobro. Así, por ejemplo, su concepción del poeta como un pequeño Dios, que ha dado la vuelta al mundo. Curiosamente, en un ensayo de estética, «La creación pura», publicado 1921, el poeta chileno revelaría el verdadero origen de esa concepción, que entroncaría, más que con la tradición poética occidental, con la tradición precolombina: «Esta idea de artista como creador absoluto, del Artista-Dios, me la sugirió un viejo poeta indígena de Sudamérica (aimará) que dijo: 'El poeta es un dios; no cantes a la lluvia, poeta, haz llover'».

De acuerdo con lo que se ha venido diciendo, cuando a finales de 1916 llega a París, Vicente Huidobro no es, ni mucho menos, un principiante que se arroja al mundo de las letras, sino un poeta consolidado que trae bajo el brazo el primer movimiento de vanguardia aparecido en América Latina. Su primera estancia en París habría de prolongarse por espacio de dos años, tiempo que le sirvió para entrar en contacto con los miembros más destacados de las diferentes vanguardias -tanto pictóricas como literarias-: Max Jacob, Picasso, Juan Gris, Pierre Reverdy... Desde entonces, Huidobro se ha ganado un lugar de preeminencia dentro de las vanguardias, aunque lo cierto es que su obra maestra no aparecería hasta 1931, año en que se dieron a las prensas el poema-libro Altazor y el conjunto de prosas que conformaron Temblor de cielo, uno de los títulos favoritos de su autor. Una de las grandes formulaciones teóricas del Creacionismo será la traducibilidad de la poesía, de ahí que el poeta chileno empezara a ensayar un tipo de poesía escrita en una lengua que no fuera la materna, en este caso la francesa, ya que eso le permitiría liberar a la poesía de unas concepciones heredadas con la lengua que se adquiere de manera natural. Por eso no debe extrañar que sea precisamente durante su primera estancia en París cuando empiece a publicar poemarios como Horizon carré (1917) y Tour Eiffel (1918), escritos y concebidos en una lengua que Huidobro alternaría con el español hasta el final de sus días, el francés.

En 1918, Vicente Huidobro dejó su residencia en París y se trasladó a Madrid, portando con él muchas de las novedades vanguardistas que se habían gestado en la capital francesa. En este sentido, no sería vano apuntar que el poeta chileno fue uno de los introductores de las vanguardias en España, pues llevaba con él informaciones de primera mano, referentes, por supuesto, al Creacionismo, pero también al Cubismo literario y a las demás vanguardias parisienses. Durante su primer año de permanencia en Madrid publicó Poemas árticos y Ecuatorial -un largo poema cuyo tema es precisamente la guerra europea-. A partir de entonces, y durante toda la década de los años veinte, París y Madrid serían los dos lugares donde Huidobro editaría fundamentalmente sus obras, exceptuando Vientos contrarios (1926), publicada en Santiago de Chile, donde verían la luz todos los libros de Huidobro a partir de La próxima (1934).

En 1923 Vicente Huidobro publicaba un ensayo titulado Finis Britannia, escrito originalmente en francés, que daba cuenta de una inquietud política por parte del vate chileno. Así, ese ensayo no era sino una exacerbada crítica a la política imperialista llevada a cabo por la corona inglesa. Este texto le causó algunos problemas, pero es importante porque despierta en él un interés por la actuación política que lo conduciría hasta ser propuesto, en su país natal, como candidato para la presidencia de la República, aunque, bien es cierto, sin mayores consecuencias. A partir de 1925, Huidobro alterna sus estancias en París con sus estancias en Santiago, e incluso permanece en Estados Unidos durante algún tiempo. Por otra parte, en esa etapa se separa definitivamente de la que había sido su esposa, Manuela Portales, e inicia una relación con Jimena Amunátegui, con quien después se trasladaría a Francia, donde vuelve a instalarse. Durante los años treinta, Huidobro alterna sus estancias en Santiago de Chile con sus estancias en Europa, sobre todo en Madrid y París. Cuando estalló la Guerra Civil en España, el poeta chileno participaría activamente, junto a muchos otros intelectuales europeos y americanos, en el Congreso de Escritores Antifascistas celebrado en Valencia en 1937. Del mismo modo, habría de ser corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial en el ejército francés. Al acabar la contienda mundial, Huidobro regresó a Chile, instalándose de nuevo en Santiago hasta el final de sus días. La muerte le sorprendería el 2 de enero de 1948, en una finca próxima a Santiago, donde solía invitar a sus amigos y colegas; con él moría una de las figuras más destacadas de la poesía chilena del siglo XX, fundador y teórico de una de las vanguardias literarias más genuinas, el Creacionismo.

Balada de lo que no vuelve.


Boris 03 sept. 2008

sacado de www.cervantesvirtual.com

Fotos de Valparaiso