Adivina quién viene a cenar



FICHA TÉCNICA:

Título Original: Guess Who's Coming to Dinner
Año: 1967
Nacionalidad: EE. UU.
Dirección: Stanley Kramer
Intérpretes: Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Sidney Poitier, Katharine Houghton, Cecil Kellaway, Beah Richards
Guión: William Rose
Música: Frank DeVol
Fotografía: Sam Leavitt
Productora: Columbia Pictures
Duración: 108 minutos
Premios: 2 Oscar, a la mejor actriz: Katharine Hepburn y al mejor guión.
Además tuvo nominaciones para mejor director, mejor película, mejor actor (Spencer Tracy), mejor actor de reparto (Cecil Kellaway), mejor actriz de reparto (Beah Richards), mejor montaje, mejor música y mejor dirección artística.


SINOPSIS:

La joven y guapa Joey Drayton (Katharine Houghton) regresa a casa inesperadamente, después de disfrutar de unas vacaciones de diez días en Hawai porque ha conocido al hombre de su vida, el doctor John Prentice (Sidney Poitier) y quiere presentarlo a sus padres porque está decidida a casarse inmediatamente con él.


ANÉCDOTAS Y/O CURIOSIDADES:

1) También conocida como “Adivina quién viene esta noche”, ésta es la novena y última película en que aparecieron juntos Tracy y Hepburn, ya que el primero murió 17 días después de finalizar su rodaje, de un ataque al corazón.

2) El monólogo que hace al final de la película Spencer Tracy es la última escena rodada de este actor. Hepburn nunca vió la película porque decía que le traía recuerdos muy tristes.

3) Recompensada con su segundo Oscar, Katharine Hepburn, que nunca vio la película, lo recibió emocionada y se lo dedicó póstumamente a su "alter ego", Spencer Tracy, diciendo que sentía como si le hubiera robado el Oscar a él.

4) Katharine Houghton, la actriz que hace de hija de Tracy y Hepburn, era en la vida real sobrina de Katharine Hepburn y sólo rodó esta película como un favor a su tía.

5) La película se convirtió en un gran éxito a pesar de que en un primer momento recibió críticas muy duras que protestaban por el hecho de tratar un problema social de manera tan ligera.


COMENTARIO PROPIO:

Joey, la niña bien de papá y mamá regresa precipitadamente a casa, en San Francisco, de sus vacaciones en Hawaii llevando a su flamante prometido, el doctor John Prentice, para comunicarles a sus padres su intención de contraer matrimonio inmediatamente. A pesar de las ideas liberales de sus padres, Matt (Spencer Tracy) y Christina (Katharine Hepburn), ambos quedan sorprendidos y anonadados por la repentina noticia, ya que la pareja sólo se conoce desde hace 10 días y además, mientras que la chica tiene 23 años, su prometido ya tiene 37 y es viudo. Y, por último, está el “pequeño detalle” de que el prometido de su hija es negro.

La joven, que es la única que no ve ningún problema en la relación, invita a los padres de él a ir a su casa a cenar y así conocerse todos. Pero es que John tampoco les ha dicho aún a sus padres que su prometida es una chica blanca. Y además, a la cena se suma el Monseñor Ryan, un amigo íntimo de Matt, al que éste ha dejado colgado para su partido de golf, al recibir la inesperada noticia.

Tal como se inicia la película parece que vamos a ver una agradable y simpática comedia de situación y enredos, pero no es cierto, no es una comedía, aunque tampoco es un dramón. Lo que se nos presenta es una agradable reunión de personas amables y educadas que van a debatir bajo sus personales puntos de vista una cuestión muy importante en sus vidas, los prejuicios raciales.

Un matrimonio de clase media-alta (él dirige un periódico y ella una galería de arte) se ven en la encrucijada de tener que llevar a la práctica las ideas liberales que siempre han defendido y tratado de inculcar a su hija. Curiosamente, sus perjuicios son los mismos que los de los padres de él, no tan liberales y de clase media-baja (él es un cartero jubilado y ella ama de casa).

Los más reacios son los hombres, claro, los padres. A las madres, en cambio, tras la reacción inicial, les basta con ver a sus vástagos enamorados y felices. Y, curiosamente, la más retrógrada, de lejos, es la criada negra, que es la primera en mostrar rechazo hacia la relación de los jóvenes. Ella tiene muy claro que un negro no puede llegar a ser médico y le parece casi un sacrilegio que se atreva a tocar a una chica blanca. Por contra, el más moderno es un obispo católico. Vale, vale, ya sé que os he dicho que no era una comedia, pero... bueno, sólo es un simpático personaje secundario.

Es la última actuación de Tracy y Hepburn, juntos, en pantalla debido a la muerte del primero. Una oportunidad de oro para ver su compenetración y su buen hacer porque, por desgracia, ya no nos quedan parejas así. En el momento en el que, ya casi al final, Tracy la mira y dice: "si ellos se quieren la mitad de lo que nosotros nos quisimos será suficiente" y Hepburn le mira con lágrimas en los ojos, arrebatadoramente... ¿Estaban interpretando?

No hay acción, no hay exteriores. Sólo encontraréis un grupo de grandes profesionales en un elegante y cuidado escenario representando una obra de forma tan natural que no te das cuenta de que, en realidad, sólo es una ficción. Nada más y nada menos. Y es que Stanley Kramer hace eso que parece tan fácil pero que es tremendamente difícil fenomenalmente bien. No es que intente transmitir un mensaje liberal, optimista (el triunfo del amor sobre los prejuicios) y aún hoy en día tan actual como el de los prejuicios raciales, si no cómo lo difunde lo que roza la perfección. Yo mismo he incluido ya en este foro otros dos de sus trabajos que os recomendé en su día y que, aprovecho la ocasión, para recomendarlos de nuevo. Me refiero a Vencedores o vencidos y La Herencia del viento. A los que aún no las habéis visto, sinceramente, no entiendo a qué estáis esperando, y a los que sí las habéis visto ya y os gustaron, entonces no dejéis de ver tampoco ésta que os presento ahora.

La película está llena de grandes momentos que sus protagonistas supieron aprovechar, y ¡de qué modo!, pero me gustaría resaltar uno es concreto para cada uno de los tres principales. Para Katharine Hepburn, en realidad todos los que disfruta junto a Tracy y en especial aquél en el que despide a su ayudante en la galería de arte, que ya está sentada ante el volante de su coche y que concluye con su frase “¡No repliques, Hilary! Sigue tú camino”. De Sidney Poitier resaltaría la escena en que su padre le echa en cara lo mucho que ha hecho por él y el esfuerzo que siempre hizo para que él llegara a ser alguien, y Poitier se enfrenta a él y le responde de forma apasionada para acabar con la frase: “Tú te consideras un hombre de color. Y yo me considero un hombre”. Está francamente genial, perfecto. Como diría Boris Izaguirre, ¡qué momentazo! Y de Spencer Tracy, pues evidentemente el monólogo final. Es evidente que todos eran conscientes, incluso él mismo, de que aquélla podía ser su última aparición en pantalla y se le reservó el brillante broche final para que se luciera. Y, claro, él se lució. Una de sus frases: “Sois dos seres maravillosos, que os habéis enamorado y que, en definitiva, sólo tenéis un simple problema de pigmentación”.

Comentar que, por poner algún pero, tenemos que escuchar expresiones tan “fuertes” como “córcholis” o “porras”, que hacen que a veces el diálogo parezca un poco ñoño y desfasado. Escuchar esas cosas hoy en día que tenemos los tímpanos taladrados de abundantes y, muchas veces gratuitas, expresiones soeces, la verdad es que choca un poco y resulta cursi. Pero afortunadamente sólo ocurre en un par de ocasiones. En fin, cosas del doblaje de la época.

Otro pero por mi parte es que se suaviza mucho la situación porque se nos presenta al pretendiente ideal, culto, preparadísimo académicamente, educado, formal, un médico importante con un cargo en las Naciones Unidas, el hombre que cualquier madre quisiera para su hija. Tal vez se hubiera puesto un poco más la carne en el asador colocando un novio menos perfecto.

Comentar también que la hija (sobrina real de Hepburn) para no ser una actriz profesional, creo que ésta es su única actuación, pues está bastante bien. Y también que a su tía, por desgracia, ya se le aprecian en algunas escenas los síntomas de la enfermedad de Parkinson que padeció durante muchos años y que, a la postre, la llevó a la tumba.

Sólo por contemplar la última actuación de Tracy antes de pasar a la historia del cine como lo que fue, un gran actor, ya merece la pena ver esta película. Pero es que, por suerte para nosotros, Tracy sólo es un ingrediente más de este cocktail tan bueno.


A los que os animéis a ver esta película, que la disfrutéis. Guiñar

Marcela 11-12 2008

Lawrence de arabia



Lawrence de Arabia

Desinteresado campeón de la independencia de un pueblo primitivo, obstinado oponente de las grandes potencias que despojaron a sus seguidores de la victoria: tal es la imagen del T.E. Lawrence célebre personaje literario y cinematográfico. ¿Es ésta la verdad?

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Una multitud aclamante abarrotó las calles de Damasco el 1° de octubre de 1918 cuando el ejército rebelde marchó por la ciudad liberada. El día anterior, cuando las tropas otomanas se replegaron, la antigua ciudad siria pasó del control turco al árabe. Los vítores no sólo eran para las tribus victoriosas, sino también para un joven inglés que cabalgaba entre ellos, vestido con ondeante indumentaria árabe. La rebelión y su británico mentor se habían hecho inseparables.

Buscando apoyo británico

En junio de 1916, el sharif (príncipe) de La Meca, Hussein Ibn Ali, inició la rebelión contra los cuatro siglos de dominio otomano en la península arábiga. Como gobernador de Hejaz, provincia desértica junto al mar Rojo, controlaba La Meca, el lugar más santo del Islam, lo que le hacía líder espiritual de los pueblos árabes. Pero la rebelión de Hussein se estancó en Medina, donde las tropas turcas podían abastecerse gracias al ferrocarril del norte. Antes de proclamar la rebelión, Hussein buscó el apoyo de Inglaterra y más tarde afirmó que le prometieron armas, balas y asistencia técnica para cortar la vía férrea. Desde un principio, los ingleses quisieron controlar la rebelión, por lo que le retuvieron el abastecimiento para hacerla "más modesta y conveniente". Cuando todo indicó que Hussein se retiraba a La Meca, obligado a rendirse, los ingleses se dieron cuenta de que era tiempo de recabar un informe fidedigno. Enviaron desde El Cairo a un oficial de inteligencia de 28 años, que hablaba árabe y tenía años de experiencia en el Oriente Medio: Thomas Edward Lawrence.

Educación de un guerrero

El hogar donde nació T.E. Lawrence el 16 de agosto de 1888 no era precisamente un estereotipo de la Inglaterra victoriana. Cuatro años antes, Thomas Chapman abandonó en Dublín a su esposa y cuatro hijas para vivir con Sarah Maden, institutriz de las niñas. Mudándose de Irlanda a Inglaterra, Gales, Escocia y Francia, Thomas y Sarah tuvieron cinco hijos en los siguientes 12 años. Asentándose en Oxford con el apellido Lawrence, la pareja consiguió tener una apariencia de respetabilidad, pero su sensible segundo-génito, Thomas Edward, sufrió durante toda su vida la vergüenza de ser híjo ilegítimo. A los 12 o 13 anos, el joven Lawrence se rompió una pierna. Debido a que la fractura se curó lentamente o a que enfermó de paperas en la adolescencia, el muchacho dejó de crecer en cuanto midió 1.66 m. Con una cabeza demasiado grande, parecía aún más corto de estatura. Ingresó al Jesus College de la Universidad de Oxford y, tal vez para compensar su corta estatura, Lawrence desarrolló varias afectaciones, entre ellas una risita estridente y nerviosa que sus condiscípulos consideraban molesta. En un mundo de hombres, parecía asexuado e incluso afeminado. En Oxford, Lawrence fue influido por David George Hogarth, un arqueólogo y especialista en el Oriente Medio. Hogarth lo estimuló para que escribiera una tesis acerca de la arquitectura militar en las Cruzadas y le dio instrucciones detalladas cuando el estudiante viajó al Oriente Medio en junio de 1909 para hacer su práctica de campo. Viajó por Siria solo y a pie, "viviendo como árabe entre árabes", y se enamoró de la región y sus pueblos. Al regresar a Oxford se recibió con honores como historiador y egresó de la universidad en 1910. Recomendado por Hogarth, Lawrence recibió una beca de posgrado para unirse a una excavación arqueológica en Carchemish, en la ribera occidental del río Éufrates. Exceptuando los meses de verano, en que el calor obligaba a suspender los trabajos, Lawrence pasó en Siria casi por complete los siguientes cuatro años, los que luego consideró los más felices de su vida. Vistiendo sólo pantalón corto, el Sol lo bronceó y aprendió a comandar a 200 hombres, bromeando con ellos en árabe. Pero Arabia no solamente era un campo de estudio y al pasar el tiempo la arqueología no satisfizo todos sus intereses en la región. Poco antes de enero de 1914, se hizo espía.

Espionaje en el desierto

Desde mediados del siglo XIX, el ímperio otomano era conocido como "el hombre enfermo de Europa". Alemania, Francia y Rusia ansiaban reemplazar al decadente imperio como factor de poder en el Oriente Medio e Inglaterra quiso asegurar sus propios intereses. Al tomar Egipto en 1882, los británicos controlaron el canal de Suez, vital para su imperio en la India. Pero necesitaban vigilar la actividad política al este del golfo de Suez y en el mar Rojo. Bajo el respetable patrocinio del Fondo de Exploración de Palestina, Lawrence se unió a principios de 1914 al arqueólogo Leonard Woolley y al capitán británico Stewart Newcombe para una prospección de la península de Sinaí. Dijeron buscar evidencias de los 40 anos de éxodo de los israelitas al salir de Egipto. En realidad, rastreaban las actividades militares de los turcos en la región limítrofe. La Primera Guerra Mundial estalló en agosto de 1914 y todo parecía indicar que el imperio otomano sería neutral. Pero cuando atacó a Rusia, aliada de Inglaterra, Lawrence se enroló en el ejército en Egipto. En diciembre ya estaba en El Cairo, organizando una red de inteligencia en la región que conocía al dedillo.

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Las hazañas del coronel británico T.E. Lawrence durante la rebelión árabe entre 1916 y 1918 fueron la base de la peIícula Lawrence de Arabia, rodada en 1962 por David Lean. Arriba, una foto fija de la película recrea fielmente a las fribus beduinas cabalgando para combatir en Hejaz, la provincia árabe en la costa del mar Rojo.

Rebelión en Arabia

Lawrence nunca sería un soldado convencional. El comandante de Lawrence en El Cairo recordaría posteriormente su intenso deseo de decirle a su joven oficial que se cortara el pelo. Pero sus colegas militares se impresionaron con su mente ágil, su contagioso entusiasmo por el trabajo y su "extraordinaria capacidad para salirse con la suya calladamente". Sin embargo, pronto lo aburrió la rutina de cartografiar mapas, hacer informes geográficos y entrevistar a agentes de espionaje potenciales. En 1915, dos de sus hermanos murieron combatiendo en Francia, mientras que Lawrence escribía en 1926: "No hacemos nada, fuera de urdir políticas provocadoras en la región." Pero al mes siguiente fue enviado a una muy secreta misión a Mesopotamia (actual Irak), donde los turcos asediaban al ejército inglés: su misión era sobornar con un millón de libras al comandante turco para que levantara el sitio y, de paso, sondear la disposición de las tribus árabes para rebelarse contra los turcos. Fracasó en ambas misiones y regresó a Egipto "para encerrarse en esa oficina en El Cairo" Cuando Ilegó a El Cairo la noticia de la rebelión de Hussein en 1916, Lawrence escribió a su casa lo bueno que era "ayudar a forjar una nueva nación". En octubre se reunió con los rebeldes árabes. El digno Hussein, aunque capaz de ser líder moral, era muy viejo para ser comandante militar. Lawrence opinó que su primero, segundo y cuarto hijos eran "demasiado limpios", "listos" o "fríos". Pero de Faisal, el tercer hijo de Hussein, Lawrence dijo que era "el hombre que vine a buscar en Arabia, el líder que dará gloria a la rebelión árabe". El inglés bajo y rubio sería en adelante camarada de armas del árabe alto y moreno, y juntos cabalgarían a la gloria en los siguientes dos afios.

"Orens": hasta la última consecuencia

Para ganar la confianza de los árabes, Lawrence usó ropa nativa y aprendió a montar en camello. "Si vistes como árabe", escribió, "hazlo hasta la última consecuencia. Olvídate de amigos y costumbres ingleses y adopta enteramente los hábitos árabes". Al adoptar las castumbres árabes, poco a poco se gano la confianza de las suspicaces tribus nativas, que al Ilegar a los campamentos lo saludaban: " i Orens ! i Orens ! ", que era la forma en que podían pronunciar su nombre, tan extraño a su idioma.

Acompañado por Lawrence y su comitiva de 25 criados y guardaespaldas, Faisal lanzó la ofensiva que terminó en Damasco. Con la asesoría de Lawrence, desarrolló una estrategia que era adecuada para el terreno y la capacidad de lucha de sus hombres. Subiendo por la península arábiga, los rebeldes libraron una guerra de guerrillas que aterrorizó a sus enemigos y ganó reclutas de otras tribus. Esquivaron los fuertes turcos y dinamitaron el ferrocarril de Hejaz, descarrilando trenes e inutilizando las locomotoras. "El espectáculo es espléndido", escribió Lawrence. "Es imposible imaginar mayor diversión para nosotros y mayor vejación y furia para los turcos." En enero de 1917 tomaron el puerto Wejh, en el mar Rojo, y con la rendición de Akaba en julio, la campaña de Heiaz terminó en una aplastante victoria para los árabes. El comandante británico en El Cairo notó que los rebeldes árabes dominaban más tropas turcas que los ingleses y, como observó Lawrence con cierta malicia, "comenzaron a recordar que siempre habían favorecido la rebelión árabe". Desde entonces, las huestes de Faisal se convirtieron en el poderoso flanco derecho de las fuerzas aliadas del general Allenby que atacaban diestramente desde el norte a través de Palestina.

En 1917, Lawrence hizo dos peligrosas incursiones tras las líneas enemigas para enardecer a los árabes sirios. En la aldea Deraa, en noviembre, fue detenido brevemente por los turcos, que tal vez no supieron quién era él. Aún está a discusión lo que ocurrió ahí. Según sus memorias de la posguerra, tituladas Siete pilares de sabiduría, Lawrence fue horriblemente torturado y vejado sexualmente por sus captores. Esta sórdida versión fue considerada como "muy improbable" por un prominente historiador de EUA, pero un colega de Lawrence lo describió como muy perturbado a su regreso de Deraa y estaba convencido de que sufrió una "horrenda pesadilla". Sin embargo, tres semanas después de volver de Deraa, Lawrence ya estaba lo bastante repuesto como para marchar a Jerusalén con Allenby el 9 de diciembre de 1917. Los aliados siguieron avanzando hacia el norte durante 1918, con Lawrence y los árabes en su flanco derecho. Cuando Allenby programó el asalto a Damasco para septiembre, tenía 250.000 hombres bajo su mando. Aunque los turcos tenían nominalmente igualdad de fuerzas, los 3.000 árabes de Lawrence inmovilizaban a 50.000 enemigos al este del Kordán, mientras otros 150.000 turcos se desplegaban en Mesopotamia, en un vano intento por sofocar otras rebeliones árabes. Con una superioridad de cinco a uno, Allenby mãrchó a la victoria el 1° de octubre.

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Luego de su victoria en Hejaz, los árabes tuvieron un papel militar convencional, como flanco derecho del ejército aliado que avanzó al norte por Palestina. Arriba, una trinchera en el desierto.

AIta política

En mayo de 1916, Inglaterra y Francia firmaron un tratado secreto, conocido como Sykes-Picot por sus dos negociodores, que dividía al territorio turco del Oriente Medio en dos esferas de influencia: la inglesa y la francesa. Todo Estado árabe en la región estaría sujeto al control administrativo británico o francés. Dos días después de la entrada triunfal a Damasco, Faisal supo de la amarga realidad y sus limitaciones sobre la independencia árabe. Insistiendo en que nada sabía del tratado secreto, Lawrence pidió que Allenby lo relevara de su cargo y le permitiera regresar a Inglaterra. "Como yo no era un perfecto estúpido", escribió amargamente en Siete pilares de sabiduría, "pude ver que las promesas a.los árabes eran huecas". Lamentó que sus hombres arriesgaran su vida por una recompensa tan insignificante; "en lugar de enorgullecerme por lo que hicimos, me sentí avergonzado". A partir de entonces, Lawrence supo, escandalizado, que sus batallas se librarían en los corredores del poder y no en las arenas del desierto . De vuelta en Inglaterra, incómodamente vestido con uniforme, Lawrence compareció el 29 de octubre ante un comité del gabinete de Guerra. Su propuesta era anular el tratado Sykes-Picot para mantener a Francia fuera del Oriente Medio y dividir Mesopotamia y Siria en tres reinos dirigidos por tres de los hijos de Hussein, con Faisal presidiendo Damasco. Mientras esperaba la decisión del gobierno, Lawrence cablegrafió a Hussein, sugiriendo que enviara a Faisal como representante a una conferencia de paz que se iniciaría en París en 1919. Pero, nuevamente, Lawrence tuvo malas noticias para Faisal: al recibirlo el 26 de noviembre en Marsella, le informó a su camarada de armas que Francia había vetado su participación en la conferencia. Faisal estuvo en diciembre y enero en Inglaterra, donde Lawrence lo presentó con Chaim Weizmann, el líder sionista a quien los británicos prometieron un hogar nacional en Palestina. Lawrence, quien veía a los semitas judíos y árabes como "un todo indivisible", tenía la esperanza de que cooperaran para desarrollar al Oriente Medio. A cambio de entrar libremente a Palestina, los judíos prestarían dinero a Faisal para establecer su reino en Siria. La guerra en el Oriente Medio siempre fue secundaria ante la lucha con Alemania en el frente oeste. La campaña de Lawrence con los árabes fue Ilamada "lo secundario de lo secundario". Pero según un delegado de EUA, el coronel Lawrence fue "un atrayente personaje" en la conferencia de paz del 18 de enero de 1919. Como a Faisal se le negó la admisión, le correspondió a Lawrence asegurar que su camarada árabe siguiera siendo leal a Gran Bretaña. Para Lawrence, los enemigos eran ahora los franceses. Su esperanza era que "los árabes fueran nuestro primer dominio y no nuestra última colonia". Pocos compartían su opinión, tanto árabes como ingleses. Inglaterra tenía un nuevo interés en el Oriente Medio: petróleo. Además, no querían enojar a Francia, su aliada en la guerra. Reticente, Faisal aceptó los términos del tratado Sykes-Picot, que pospusieron la verdadera independencia árabe.

La lucha termina, la leyenda crece

Derrotado en la conferencia de paz, Lawrence intentó ganarse a la opinión pública con una serie de artículos y cartas. Luego fue el asesor de Winston Churchill en asuntos árabes. Pero todo lo que realizó fue en vano. Faisal, proclamado rey de Siria en marzo de 1920, fue depuesto por los franceses en julio e Inglaterra no hizo nada. En 1921 los británicos hicieron a Faisal rey de Irak, bajo el dominio inglés durante la siguiente década. Su hermano Abdullah fue nombrado emir de Transjordania, otro protectorado inglés. Hussein fue forzado a abdicar como rey de Hejaz en 1924, sustituido por el jefe de otra tribu, Ibn Saud. Asqueado de la política, Lawrence se retiró a Oxford para redactar sus reveladoras memorias. ¿Por qué había hecho todo esto? El epílogo de Siete pilares de sabiduría da cuatro motivos. El primero y más poderoso era personal, "omitido en el libro, pero creo que nunca ausente de mi alma durante todos estos años, dormido o en vela, ni siquiera por una hora". Los detectives académicos revelaron que éste era el amor de Lawrence por un muchacho árabe Ilamado Dahoum, a quien conoció en Carchemish en 1913; en otra parte escribió que la libertad para el pueblo del muchacho sería "un regalo aceptable". Poco antes de que Damasco fuera tomada, supo que el muchacho había muerto de tifus y anotó con dolor: "mi regalo fue en vano". El segundo motivo de Lawrence fue su patriotismo: quería ayudar a Inglaterra a ganar la guerra. El tercero fue la curiosidad intelectual: "el deseo de sentirme el inspirador de un movimiento nacional". El cuarto fue la ambición personal: "sumar a mi vida esa nueva Asia que nos traía el tiempo inexorable" ¿Fue Lawrence un héroe? ¿O fue un oportunista descarado? ¿Estuvo verdaderamente dedicado al nacionalismo árabe con toda la convicción de conseguir la libertad? ¿Solamente utilizó a crédulas tribus árabes para perpetuar el imperialismo británico? ¿Es que su historia no fue la de dedicarse a la causa de un pueblo sino la de su obsesión por un amor imposible?

Escape de la fama

La carrera de Lawrence en la posguerra es tan extrañia e intrigante como sus andanzas en la rebelión árabe. En agosto de 1922 el excoronel se enroló en la fuerza aérea inglesa con el seudónimo de John Ross. Se sometió humildemente a la tiranía de los oficiales que lo entrenaron. Cuando la prensa publicó esta autohumillación de Lawrence, fue dado de baja. No pudo hallar empleo porque, como lo confesó casi con alegría, "nadie me ofrece un trabajo lo suficientemente pobre como para que lo pueda aceptar". Se dedicó a recorrer la campiña en motocicleta. Por intervención de amigos, fue readmitido al ejército en marzo de 1923, como soldado raso en la unidad de tanques y bajo otro seudónimo, T.E. Shaw. Dos años después, consiguió ser transferido a la fuerza aérea, donde sirvió como piloto durante los restantes diez años de su vida. El 13 de mayo de 1935, Lawrence aparentemente perdió el control de su motocicleta mientras corría por una curva estrecha al sur de Inglaterra y salió despedido por encima del manubrio. Murió seis días después, por heridas en la cabeza. Antes del accidente, un coche negro pasó en dirección opuesta a la de Lawrence, entonces aparecieron dos niños en bicicleta en una loma frente a él y trató de esquivarlos.

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Lawrence de Arabia

Erudito, arqueólogo, soldado, diplomático y coronador de reyes. T.E. Lawrence fue un hombre de aptitudes múltiples. Sus fabulosas aventuras en los desiertos de Arabia hicieron su nombre legendario y contribuyeron a moldear el destino del Oriente Medio. Treinta libros, una obra de teatro intitulada Ross y la película Lawrence de Arabia se inspiraron en la vida extraordinaria de este hombre. Para Lowell Thomas, que lo conoció en el desierto y que mostró al mundo sus andanzas por primera vez, fue un compañero seductor y genial. He aquí el vívido relato que nos pinta Thomas del gran aventurero; a la izquierda, comienzo de un capítulo de la obra de Thomas.

EL VERDADERO LAWRENCE DE ARABIA

Por Lowell Thomas

Lo vi por primera vez en una populosa calle de Jerusalén durante la Primera Guerra Mundial. Por la polvorienta avenida transitaban mercaderes árabes con sus chilabas y sus vistosos turbante, sacerdotes griegos con sus altísimos gorros negros, turcos barbados con sus pantalones bombachos como globos. Entre el gentío había un hombre de talla menos que mediana que contrastaba violentamente con los demás. Vestía el flotante albornoz de los jeques beduinos y llevaba al cinto el alfanje de los príncipes de la Meca. No obstante, su tez era clara, limpia su barba y azules sus ojos.

Me intrigó tanto su extraña apariencia que quise saber quién era. Nadie parecía conocerlo. Más tarde pregunté por él a Sir Ronald Storrs, gobernador británico de Jerusalén. El gobernador abrió la puerta de un despacho contiguo y ... allí estaba sentado el misterioso extranjero, absorto en un libro de arqueología.

Tengo el gusto de presentarle al coronel T. E. Lawrence, rey sin corona de Arabia- me dijo entre burla y veras, pues supe que eran amigos desde su época de estudiantes en la Universidad de Oxford. El legendario Lawrence de Arabia me estrecho la mano ensimismada.

Hacía ya varias semanas que oía hablar de este misterioso personaje; desde que crucé en avión el desierto del Sinaí para informar acerca de la campaña británica contra los turcos en Palestina. Corría el año de 1917 y los turcos se habían aliado con los alemanes para robustecer su vasto imperio, que entonces abarcaba todos los territorios que hoy constituyen a Siria, Líbano, Iraq, Yemen, Jordania, Israel y Arabia Saudita. Pero los árabes, heridos en carne viva por la dominación turca, habíanse rebelado, y corrían rumores de que un joven oficial inglés (a quien los árabes llamaban El Aurens ) era quién los dirigía contra sus opresores en los desolados desiertos de Arabia.

Parecía extraño que este hombre tímido, casi endeble, pudiera ser el misterioso jefe de los guerrilleros. Solamente después, cuando lo vi galopando audazmente sobre su camello, rodeado de su fiera e impetuosa escolta, pude creer al fin.

EN BUSCA DE UN LIDER ARABE

A poco de nuestra entrevista, me uní a él en el desierto para ver algo de la revolución árabe. Allá, y después en Londres, llegué a conocer a este extraño joven. Aunque era hijo ilegítimo de un barón irlandés, en su campamento del desierto parecía tan árabe como cualquier jeque: vestía como loa árabes, hablaba árabe y montaba y tiraba las armas como un beduino.

Había llegado al Oriente Medio cuando era todavía estudiante de Oxford, y vagó a pie por el desierto investigando la arquitectura de la época de las cruzadas. Después de graduarse formó parte de una expedición que excavó las ruinas hititas en el Eufrates.

Cuando estalló la Primera Guerra, Lawrence quiso alistarse en él ejercito inglés, pero lo rechazaron por su escasa estatura. Más tarde, cuando entró Turquía en la guerra al lado de Alemania, ingresó en el servicio secreto británico con el grado de subteniente. Lawrence había hecho un estudio de la península del Sinaí antes de la guerra, y además entendía los problemas del pueblo árabe y sentía simpatía por él; por lo tanto lo enviaron al cuartel general en El Cairo. Allí irritó a muchos de sus superiores con su actitud de indiferencia hacia la disciplina militar. Saludaba al desaire y mostraba poco respeto por la autoridad. También contrariaba la opinión de ciertos oficiales arguyendo que era posible formar con los árabes indisciplinados una fuerte combativa útil, si se les inflamaba con la idea de la independencia.

En el verano de 1916 los árabes, capitaneados por el jerife Hussein, se levantaron contra sus opresores turcos. Se apoderaron de la cuidad santa de la Meca, pero muy pronto se estancó su embestida. En este punto el cuartel general de El Cairo permitió a su irreverente subalterno que se les uniera. Lawrence encontró a los árabes desmoralizados tras una serie de derrotas. Al cabo de varios días penosos por el desierto llegó a la tienda del Emir Feisal, uno de los hijos de Hussein.

-¿Le gusta nuestro puesto, aquí en Wadi Safra?- le preguntó el moreno y barbado Emir.

-Sí- le respondió Lawrence- pero esta muy lejos de Damasco.

Al oír nombrar a Damasco, la ciudad que una vez fuera centro del poderío árabe, el Emir miró de reojo a sus mal equipadas huestes.

-Me temo que las puertas de Damasco están más lejos que las puertas del Paraíso.

A pesar del aspecto melancólico de Feisal, Lawrence comprendió que era un caudillo astuto en torno al cual se podía reunir mucha gente, y con su asentimiento anduvo de aduar en aduar exhortando a los nómadas a que se unieran en la lucha. A la luz indecisa de las fogatas, el joven subteniente de 28 años les habló de la independencia árabe, y recordó a sus anfitriones beduinos el gloriosos pasado árabe y los incitó a atacar a los turcos mientras peleaban contra Inglaterra y sus aliados.

Poco a poco, las tribus fueron dejando sus viejas rencillas hasta que se unieron bajo las banderas de Feisal. Un renombrado adalid del desierto se llamaba Auda abu Tayi, bravo guerrero de perfil aguileño, casado con 28 mujeres; trece veces había sido herido en otros tantos combates en los que dio muerte a 75 árabes. Los turcos que había matado no se cuidaba de contarlos. Entre todos los moros que conocí por intermedio de Lawrence, este fue mi favorito. Parecía un personaje de Las mil y una noches.

VICTORIA EN EL PUERTO DEL REY SALOMON

Después de varios meses de adiestramiento, Lawrence estaba listo para dar un golpe de consideración con su abigarrado ejército de beduinos. En junio de 1917 los árabes encontraron un destacamento de más de 500 turcos en un valle cercano al puerto de Akaba (la antigua Ezion Gueber, gran base de la armada del rey Salomón ). Con una furiosa carga de camellos arrollaron a los turcos y Lawrence entró en Akaba al frente de sus tropas victoriosas.

El puerto que acababan de tomar estaba en ruinas. No había alimento para los Árabes ni para sus cautivos, a no ser camellos muertos. Lawrence mismo estaba exhausto. En cuatro meses había recorrido cerca de dos mil kilómetros sin comer otra cosa que no fueran dátiles y carne de camello. Pesaba 44 kilos. No obstante, emprendió la marcha a través de la árida península del Sinaí con varios compañeros, y por ella anduvieron 250 kilómetros en 49 horas hasta llegar al canal de Suez.

En El Cairo, se presento Lawrence al general Allenby, que acababa de encargarse del puesto de comandante en jefe británico en Egipto. Allenby decidió al instante apoyar la sublevación árabe con todo empeño y ordenó a Lawrence que regresara con la promesa de enviarle armas, dinero y víveres.

Las imágenes de la metamorfosis: izquierda, el "árabe" Lawrence; a la derecha, el mismo Lawrence, ya concluidas sus aventuras, con moto y una vestimenta militar que manifiestan su verdadera identidad cultural.

UN HOMBRE DE LETRAS DIRIGIENDO ASESINOS

Varios meses después logré darle alcance en campaña y llegué a admirarlo inmensamente. Aunque se decía que era hombre huraño, yo encontré en él un compañero genial y encantador cuando franqueé las puertas de su reserva. Hablaba media docena de idiomas modernos, tan bien como el latín y el griego, y conversaba con asombrosa propiedad sobre cualquier tema...menos uno: siempre que se le preguntaba algo sobre su persona cambiaba de conversación y hablaba de arqueología, religiones, literatura griega, política de Oriente Medio, o de los hombres que lo acompañaban. Siempre atribuía los triunfos alcanzados a los jefes árabes, o a otros oficiales británicos.

Gustaba de la soledad y con frecuencia, mientras el campamento bullía con el ajetreo de los preparativos para alguna acción, lo encontré en su tienda leyendo o escribiendo. Siempre llevaba tres libros consigo: "La antología oxoniense de la poesía ingles", "Morte d’Arthur", de Malory, y un tomo de comedias de Artistófanes, que leía en el original griego.

Aunque erudito y visionario, Lawrence era también un hombre de acción. Recorría descalzo la tierra cubierta de guijarros y las arenas ardientes a fin de endurecerse para las incursiones por el desierto. Sentía el apremio de hacer su endeble organismo más resistente que el de cualquier beduino, y lo logró.

Cierta vez, en una penosa jornada por un desolado trecho del desierto, noto que uno de los camellos andaba sin jinete. Pasó una breve revista y comprobó que un beduino llamado Gasim había caído sin que lo advirtieran sus compañeros. Lawrence les informó que iba a volver a buscarlo. Los árabes protestaron, pero Lawrence fue inflexible; al cabo de poco tiempo encontró al hombre perdido, enloquecido de sed. Lo subió en su camello y lo volvió a reunir con los demás. Aquel acto de heroísmo los dejo muy impresionados.

No obstante, sabía ser duro como un pedernal. Vivía atento siempre para cortar a tiempo los brotes de celos entre las tribus, antes de que corriera la sangre. Una tarde alcanzó a oír un disparo de fusil. Un árabe había matado a otro de una tribu rival. Ante la amenaza de sangrientas represalias, Lawrence se vio en el caso de obrar con rapidez. Condujo al asesino hasta el fondo de una cañada y allí lo ejecutó con su propio revólver.

Lawrence se guiaba siempre por su sutil comprensión de la psicología árabe. Invariablemente actuaba en nombre de Feisal.

Verlo salir de correría era todo un espectáculo. Al frente cabalgaba nuestro joven inglés, figura pintoresca con su tez blanca y sus arreos morrudos; tras él desfilaba su guardia de honor: unos 80 jinetes, la flor y nata del bandidaje de las distintas tribus, pero decididamente fieles a su caudillo inglés.

GOLPES MAESTROS DE ESTRATEGIA

Lawrence pronto comprendió que, en una lucha a pie firme contra los turcos, mejor disciplinados, los árabes llevaban las de perder; pero confiaba en que, si sus hombres se limitaban a lanzar cargas por sorpresa con sus ligeros camellos, podrían no solo igualar, sino aventajar al enemigo.

Su método favorito de ataque era volar trenes de ferrocarril. El mismo solía colocar las minas y luego, agazapado con sus beduinos detrás de las dunas, aguardaba a que apareciera el tren turco. Cuando empujaba el pistón disparador, retumbaba la explosión como bramido en el silencio del desierto, el tren descarrilaba y los beduinos se precipitaban sobre los despojos humeantes, ávidos de matanza y botín. Durante los 18 meses de campaña dinamitaron 79, entre trenes y puentes.

En una ocasión cerca del Mar muerto, no lejos del sitio donde estaban las ciudades de Sodoma y Gomorra; encontraron unos barcos turcos, sus hombres se lanzaron sobre ellos como piratas y tomaron 60 prisioneros. Probablemente la única vez en la historia que se gana una batalla naval con caballería.

La antigua ciudad de Petra, que en otros tiempos se resistió a Alejandro fue usada por Lawrence, como escenario de una cruenta batalla. Sus conocimientos de arqueología hicieron que dominara el terreno palmo a palmo. Desde sus gargantas de lava, emboscaron a 7000 turcos. Desde los templos y mausoleos dirigieron su mortífero fuego sobre los turcos acorralados en el desfiladero.

TORTURA Y VENGANZA

Tras una serie de triunfos, el joven subteniente fue llamado al el Cairo y ascendido a teniente coronel. Le ofrecieron honores y trato de eludirlos. Una vez en El Cairo, al saber que iban a condecorarle, apresuradamente tomó un avión y se volvió al desierto. El capitán Pisani, comandante de una unidad francesa que lo asistía, quería otorgarle la Croix de Guerra, pero Lawrence se le escurría. Por fin Pisani hizo rodear la tienda donde Lawrence estaba desayunándose una mañana y, por la fuerza, le impuso la condecoración en el pecho.

Una vez, andando solo por Deraa, una plaza otomana, fue detenido. Los turcos ni sospechaban que aquel hombre pequeño era el líder de la revolución. Y fue salvajemente torturado, y arrojado a las calles. Los sufrimientos y humillaciones le produjeron un notable cambio en su espíritu. Se tornó taciturno y áspero, y de una temeridad casi suicida en el combate. Pero ya tomaría terrible venganza de sus verdugos en Derra. A fines de 1918, mientras Allenby arremetía desde Palestina, Lawrence, con un millar de árabes y 200 soldados ingleses y franceses, lanzaba una serie de ataques contra Deraa. Ya tenía armas suficientes, carros blindados y hasta aviones británicos a su disposición. Los turcos abandonaron finalmente la ciudad sitiada y Lawrence avanzó con los suyos persiguiendo la guarnición que se batía en retirada hacia Damasco, al norte.

Exhausto por las heridas y el cansancio, Lawrence perecía el genio de la venganza, casi no durmió hasta que destrozo a las columnas turcas que huían.

ENTRADA TRIUNFAL EN DAMASCO

En un claro amanecer del desierto entró Lawrence en Damasco. La antigua ciudad se hallaba repleta de Árabes ebrios de entusiasmo. La población delirante arrojaba sobre Lawrence y sus jefes pañuelos de seda y flores. Fue aquel un momento embriagador para el joven inglés que acababa de cumplir 30 años. Había acabado con la enemistad entre las tribus nómadas para unirlas en lucha contra los opresores turcos... cosa que no habían logrado califas y sultanes en un esfuerzo de muchos siglos.

Pero su regocijo fue fugaz. Como delegado de Feisal emprendió la formación del gobierno de la ciudad, mas los árabes volvieron a dividirse en belicosas facciones; Damasco se convirtió en un hervidero de intrigas; tramaban botines y asesinaban a mansalva a civiles turcos.

Lawrence no pudo hacer nada. Había llegado al borde de su ruina física y espiritual. Estaba agotado por dos años de increíbles padecimientos, hastiado del desierto, asqueado de ver tanta sangre. Al fin estalló la crisis.

Allenby, se hizo cargo de la situación y Lawrence salió para Londres. "Esta vieja guerra se está acabando, ya no me necesitan"

EN BUSCA DE UN RINCONCITO APARTADO

Pero sus servicios la causa árabe no habían terminado. El armisticio se declaró apenas llegó él a Londres y la Conferencia de Paz se inauguró en París en enero de 1919. En la guerra del desierto Lawrence había prometido a los árabes completa independencia; mas los británicos y los franceses deseaban establecer zonas de influencia en las tierras recién liberadas. Cuando el Emir Feisal llegó a París, Lawrence se unió a él como su consejero e interprete.

Cierta vez le pidieron a Feisal en un banquete que respondiera un brindis muy florido y, no sabiendo que responder, se volvió a Lawrence y le susurró al oido: "No se me ocurre nada, así que voy a recitar un pasaje del Corán. Como nadie sabe árabe aquí. Puede decirles cualquier cosa".

El auditorio quedó muy impresionado con el aire convincente de Feisal, y con la traducción de Lawrence, que fue una erudita disquisición sobre la unidad de los árabes y sus aspiraciones de libertad.

Con todo, los diplomáticos británicos y franceses no abandonaron sus pretensiones, y Lawrence salió para Inglaterra preocupado por lo que él consideraba una traición a los árabes. Cuando el rey Jorge V lo quiso nombrar caballero, declinó el honor. Volvió a su casa de Oxford. Después de años de lucha e inquietudes sólo quería paz y sosiego, un rincón apartado. Desde donde perderse silenciosamente.

LA IRRITANTE PUBLICIDAD

Sin quererlo, fui yo la causa de que volviera de su retiro. Después de la guerra volví a los Estados Unidos e inicié una serie de conferencias sobre Lawrence, ilustradas con películas que había tomado de sus campañas en el desierto. Después me invitaron a presentarlas en Londres. Con gran sorpresa descubrí que Lawrence era casi desconocido en su propia tierra. El público inglés sabía poco de lo sucedido en la guerra de Palestina, y mucho menos de las campañas del desierto y del papel que representó en ellas el erudito y joven coronel. Cuando los ingleses oyeron la historia, Lawrence adquirió renombre nacional de la noche a la mañana.

Una de las primeras cosas que hice al llegara Inglaterra fue buscar a Lawrence. Nadie tenia idea donde estaba. Hasta que él mismo se contactó conmigo.

Pocos días después vino a visitarme. Vivía solo en Oxford, en una modesta habitación de alquiler, pues había conseguido una pensión de la Universidad. Pero me di cuenta que ni siquiera la relativa tranquilidad de Oxford la iba a poder conservar.

Hacia el año 1921 los resultados de la conferencia de Paz de París de dejaron trágicamente. Furiosos los árabes por la presencia inglesa en su tierra, amenazaron a todo Oriente con tumultos y levantamientos. Winston Churchill, entonces ministro de Colonias, llamó a Lawrence y lo persuadió a que asistiera a una conferencia en El Cairo enla cual se esperaba llegar a un arreglo.

En Egipto, Lawrence y Churchill devolvieron la Paz al mundo árabe. Las tropas británicas regresaron a París; y el Feisal fue coronado rey de Iraq, y su hermano empuño las riendas de Transjordania.

LOS SIETE PILARES DE LA SABIDURIA

De vuelta a Inglaterra, Lawrence inició la última parte de su obra sobre la revolución árabe. En casa de un amigo suyo, se encerró en un desván helado a trabajar sin descanso.

Corría el invierno y el cuarto no tenía calefacción. Se ponía el traje de aviador forrado de piel y así solía trabajar hasta las primeras horas de la madrugada, cuando salía a comer. Los únicos restoranes abiertos a esa hora eran los de la estación del ferrocarril.

El libro Los siete pilares de la sabiduría le costó inauditas angustias y zozobras. Le dedicó todos sus días y noches, "hasta quedar casi loco y ciego", dijo. Quedó al borde de la desesperación y el agotamiento, mas de una vez pensó en quitarse la vida. Al mismo tiempo me ayudaba a componer el libro que yo escribía "Con Lawrence en Arabia", respondiendo a mis preguntas con muchos detalles... pero rara vez decía una palabra sobre sí mismo.

En agosto de 1922 trató de eclipsarse alistándose en la Real Fuerza Aérea bajo el nombre de Ross. Como aviador pensó encontrar la paz. Poco después termino su obra. Se imprimieron solo ocho ejemplares reservadamente. Envió uno a George Shaw quien alabo su magna obra.

Un día un periódico de Londres reveló su identidad y el aviador Ross de nuevo comenzó el ciclo de notoriedad. Esto obligó a la Fuerza Aérea a licenciarlo. Se alisto ahora en la R.A.F. como simple soldado y compró una motocicleta para dar solitarios viajes alrededor de la campiña. Finalmente editó su libro con 212 ejemplares. Después de siete años de constante escribir y corregir. Su libro fue aclamado por los críticos como una obra maestra. H. G. Wells lo llamó "un gran documento humano".

SU NOMBRE VIVIRA EN LA LEYENDA

Mientras estuvo de servicio en la India, Lawrence encontró al parecer, la tranquilidad que buscaba. Lo destinaron a una humilde guarnición cerca de Afganistán. Allí se ocupaba haciendo trabajos de oficina y emprendió una traducción de la Odisea de Homero.

Sin embargo, pronto todo cambió. Estallo una rebelión en Afganistán y los soviéticos acusaron a Lawrence de haberla fomentado. La R.A.F., lo hizo volver a Inglaterra y dado de baja. Se retiro a Clouds Hill, su cabaña. A dos meses escasos, yendo a gran velocidad por la campiña en una motocicleta, tuvo que virar rápidamente para evitar atropellar a dos niños que iban en bicicleta. Al frenar de repente, la motocicleta patinó, Lawrence salió disparado y murió instantáneamente.

Un día gris y brumoso de mayo lo enterraron en un pequeño cementerio de los alrededores de Dorset. Iban al lado del féretro famosas figuras que habían hecho con él la campaña al desierto, y los soldados rasos que lo conocieron personalmente.

Rindiéndole homenaje los grandes y desconocidos. Una niña de lilas con una tarjeta que decía": A T.E.L., que debería reposar entre los reyes". Churchill dijo: "Con el coronel Lawrence hemos perdido uno de los seres más grandes de nuestro tiempo. Su nombre vivirá en las letras de Inglaterra; vivirá en los anales de la guerra; vivirá en las leyendas de Arabia". (*)

(*) Fuente: Artículo publicado en la Revista Selecciones del Reader’s Digest, en Octubre de 1964.


La cuestión humana

La pesadilla eterna
Investigaciones

El desarrollo de una determinada investigación, el proceso que lleva a un personaje a la resolución de un misterio, es, sin duda, uno de los armazones más recurrentes en la historia de las artes narrativas, incluida en la del cine, por supuesto, en donde resulta fundamental en géneros como el cine negro, evidentemente, pero también de otros como diversas variantes del cine fantástico, el cine de espías o en otros muchos subgéneros. La fertilidad de semejante estructura proviene en muy buena medida de los paralelismos entre la actividad del espectador y la de ese interlocutor privilegiado de este último en que se constituye el susodicho investigador —cuya más adecuada figura, pero no la única, es la del detective privado—. El trayecto que recorre éste en el interior del relato a la búsqueda de la aclaración del misterio no es muy diferente, pues, del que efectúa el espectador desde fuera del relato, a la busca también de la solución del misterio que cualquier relato, de una forma u otra, contiene.


Una de las múltiples rupturas que inicia la película germinal por antonomasia, Ciudadano Kane (Citizen Kane. 1941), es la que afecta a estos procesos paralelos, el del relato y el de nuestro representante en su interior. En Ciudadano Kane un periodista inicia una exhaustiva indagación cuyo objetivo es saber quién era realmente Charles Foster Kane, pesquisa para la que parte de una clave que, se presupone, encierra el secreto de su existencia. Esta investigación resultará finalmente estéril, aunque esa otra que efectúa, en paralelo, el propio relato sí nos proporcionará el sentido de la misteriosa palabra que pronuncia, antes de morir, el magnate.

La cuestión humana también está guiada por una investigación, la que emprende Simon Kessel, psicólogo de Recursos Humanos en una gran empresa con sucursal en París, para esclarecer los motivos del extraño comportamiento que en los últimos tiempos está manifestando uno de sus más antiguos directivos, Mathias Jüst, y aquélla acaba conduciendo, como en la obra de Welles, a la infancia: Jüst, ya en su vejez, es martirizado hasta la locura por los recuerdos de infancia, relacionados con la participación de su padre en los campos de concentración. Si en Ciudadano Kane la infancia simboliza, en último término, el Paraíso Perdido, en La cuestión humana representa todo lo contrario, el infierno reencontrado, el pavoroso hallazgo con la Bestia que creíamos muerta. Como la película de Welles, la de Nicolas Klotz se acoge a la arquitectura narrativa del cine negro, pero en esta ocasión para acabar en una película de terror: el relato se desliza progresivamente hacia un ominoso paisaje de pesadilla, hacia un tono imparablemente alucinado, el filme va oscureciéndose y enturbiándose progresivamente, y visualmente se acoge en muchos momentos a la recreación de cierta atmósfera gótica —un momento muy revelador, en este sentido, es aquél en que Simon lee a la luz de su mechero una de las cartas que le conducen irremediablemente al encuentro con el mayor de los horrores—. La cuestión humana, pues, efectúa un fructífero maridaje entre el cine negro y uno de los rasgos más frecuentes del mejor cine fantástico, aquél que desvela los horrores que se esconden bajo la más apacible cotidianeidad —el carácter de zombis, de muertos en vida, que asumen todos los personajes de La cuestión humana, no es ajeno a este furtivo tono fantástico que, con discreción, se apropia de la película—. Así, una de las diferencias más significativas entre La cuestión humana y el ilustre precedente —que es sólo uno de los muchos que se podrían señalar— que constituye la película de Orson Welles, afecta a la muy distinta naturaleza de este esquema narrativo: si en Ciudadano Kane es una simple excusa con que organizar un relato poliédrico, no interesando realmente a Welles el encargado de dicha investigación, uno de los aspectos más productivos de La cuestión humana se deriva —en connivencia con obras como El corazón de las tinieblas, o su adaptación al cine por parte de Francis Ford Coppola— de uno de los elementos más fascinantes del mejor cine negro —o previamente de la literatura policíaca—, la de cómo la inmersión en los substratos más oscuros de la realidad modificará irreversiblemente al propio investigador, la final identificación entre perseguidor y perseguido. Tanto en este aspecto como en el descenso a los infiernos que conlleva el relato, en el progresivo tono onírico del mismo, La cuestión humana me ha hecho recordar, insospechadamente, El corazón del ángel (Alan Parker. 1987). Lo que separa a ambos films, sin embargo, y no es poco, es lo que distancia a una película honesta, incluso en sus errores, de un artefacto esencialmente tramposo, incluso en sus aciertos.

Auschwitz era una fábrica

La proposición más evidente de la película, pero también probablemente la menos interesante, es la que hermana los mecanismos de funcionamiento interno de una gran empresa y los propios del nazismo, y en concreto de lo que se llamó obscenamente “la Solución Final”, la que sugiere que entre el Holocausto y la selección de personal en una gran empresa las diferencias son sólo de grado —el procedimiento es el inverso, para llegar a un mismo fin, que el de, por ejemplo, una película como Garaje Olimpo (Marco Bechis. 1999), que ya mostraba los más terribles actos de tortura y muerte durante la dictadura militar argentina como las rutinas propias de cualquier empresa, como una burocracia más—: La cuestión humana certifica que, remitiéndonos al título de este epígrafe, Una fábrica es Auschwitz—. Que los grandes Fascismos del siglo pasado se sustentan en una multitud de pequeños fascismos cotidianos —lo que en una conocida expresión Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal”—, que estos permanecen en la actualidad igual de vigentes que entonces, constituyen los fundamentos ideológicos de la película, escasamente originales y que casi nadie discute ya. En la penúltima secuencia de la película, cuando Simon por fin habla con Arie Newman, el personaje que le ha estado mandando una serie de cartas anónimas, se verbaliza más explícitamente este mensaje, en la que es probablemente la escena más cuestionable del filme, por excesivamente discursiva. Lo cierto es que La cuestión humana no es, a pesar de su gran interés, un film perfecto, pero pocas veces esta imperfección ha resultado más coherente, pues precisamente la película se constituye en una contundente diatriba de la inhumana búsqueda de la perfección. En un momento de la película un personaje afirma que “el perfeccionismo esconde un terrible miedo al vacío” y Klotz parece asumir las implicaciones de este aserto en un filme que se ubica en el quicio mismo del vacío.


No es extraño, pues, que La cuestión humana concluya con una pantalla en negro, ante la constatación de que lo que es innombrable es también irrepresentable, que una experiencia como ésta, irreducible a las palabras, también lo es a las imágenes. Es el resultado lógico de la denuncia de los usos falsarios del lenguaje que ha realizado la película, de la identificación que ha puesto de manifiesto entre el lenguaje de las SS usado para describir sus macabras actividades de exterminio y las de la política interna de una multinacional. Pero la reflexión podemos llevarla más allá. Un episodio tan abrumador como el del Exterminio en realidad nos plantea un asunto epistemológico de mayor calado: en qué medida el lenguaje, cualquier lenguaje, es una traición de la terrible experiencia de la Shoah. ¿Cómo expresar con la racionalidad del lenguaje la apoteosis de la irracionalidad? Pues de ninguna manera, parecen decir Klotz y Elisabeth Perceval, su habitual guionista. Para ellos, la única opción es la de despojar al lenguaje de sus componentes discursivos para reducirlo a su función meramente nominativa: sobre la pantalla en negro final escuchamos, sencillamente, los nombres de algunas de las víctimas de aquel horrible momento de la Historia.

El lenguaje es en La cuestión humana, pues, tan sólo la culminación de un enmascaramiento generalizado, que afecta a todos y a todo. El recorrido que va a realizar Simon en su investigación es el de un progresivo y múltiple desenmascaramiento. El psicólogo inicia el viaje en un mundo dominado por una sistemática mascarada, como ya vaticinan las numerosas máscaras que decoran el despacho de Karl Rose, el hombre que le encomienda a Simon la misión que acabará transformándolo irreversiblemente. Y progresivamente este viaje al averno le va a llevar a escarbar en las superficies para desvelar todos los horrores que esconden, a sacar a la luz todo lo sórdido que habita bajo la impoluta fachada de su empresa y de sus superiores —otra imagen parece anunciarlo: en los primeros minutos de la cinta, Klotz muestra a varios de los trabajadores de la empresa, incluido el propio Simon, elegantemente vestidos, orinando en los urinarios—. Si en diversas ocasiones el tormento irreprimible de Jüst es descrito como el de una Odisea, el trayecto de Simon adquiere unas indudables resonancias órficas: el encargo que recibe lo va a encaminar al mismo infierno —no falta, incluso, mediado su viaje, una alusión a la barca de Caronte, surcando la noche—, para descubrir finalmente, espantado, que ya vivía en él.

La música juega un papel trascendental en la película

Más allá de que ésta cumpla la obvia función de definir a cada uno de los personajes a través de la música que escucha, más profundamente su rol es esencial para expresar una idea más subterránea que recorre todo el film: la honda soledad que hay detrás de las relaciones humanas, la imposibilidad del contacto real con el otro. Si la excusa de la investigación de Simon es un cuarteto musical disuelto, incapaz de encontrar la armonía entre sus heterogéneos miembros, una unidad musical, el tiempo libre lo ocupa Simon en unas raves que parecen un oscuro ritual organizado por un grupo de sonámbulos con el fin de celebrar la apoteosis del autismo, y en las que por fin es posible, amparados en este autismo generalizado, despojarse por unos momentos de las máscaras; incluso una de las cartas que lee Simon en que se describen los métodos nazis está escrita sobre una partitura musical, como si las palabras de la barbarie hubieran apagado las de la música.


“No es fácil narrarlo cronológicamente”, dice al principio de la cinta la voz en off de un Simon que apenas ha comenzado a zambullirse en la siniestra tarea que se le ha confiado. Y es comprensible esta dificultad: La cuestión humana, de forma sutil pero insidiosa, lleva a cierta disolución de un concepto tan difuso como el del tiempo, funcionando con frecuencia la película como si todos los tiempos estuvieran simultáneamente en uno, como si el pasado y el presente fueran la misma cosa, al modo de la corteza de los árboles que contienen el registro de todas las fases de su existencia. O al menos a relativizarlo, a impugnar una teleología ingenua, en la medida en que algunos acontecimientos permanecen indelebles a lo largo de la historia, sus huellas jamás son borradas, sobreviven aunque sea mudando de rostro. La evolución histórica, en todo caso, lo único que lleva a cabo son enmascaramientos diferentes de la absoluta abyección que la atraviesa desde siempre. Como hace Claude Lanzmann en la imprescindible Shoah (1985), La cuestión humana reniega de una posible reconstrucción de la Historia, de la falacia de pretender representar el Pasado.Ya constató Jorge Luis Borges que “el tiempo, si podemos intuir francamente esa iden­tidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo”. No otro es el propósito que subyace en las turbadoras imágenes de La cuestión humana, una película cuya huella, a buen seguro, tampoco se borrará fácilmente.

[1] Ver Vicente Sánchez-Biosca, “HIER IST KEIN WARUM. A propósito de la memoria y la imagen de los campos de la muerte”, en La memoria de los campos, Arturo Lozano Aguilar (Coord), Ediciones de la Mirada, Valencia, 1999; pág. 18, n. 9.

[2] Lo que no resulta nada extraño: Nicolas Klotz dirigió en los inicios de su carrera una serie de documentales sobre varios músicos.

Marcelo 08 dic.2008 sacado de miradas.net

Viajar


Viajar es imprescindible y la sed de viaje, un síntoma neto de inteligencia. (Enrique Jardiel Poncela)

Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo. (Paul Morand)

Los viajes son en la juventud una parte de la educación y, en la vejez, una parte de la experiencia. (Francis Bacon)

Lo mejor de los viajes es lo de antes y lo de después. (Maurice Maeterlink)

La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren. (Francis Croisset)

La vida no es más que un viaje hacia la muerte. (Séneca)

Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía. (José de Vasconcelos)

Ahora voy a emprender mi último viaje, un gran salto en las tinieblas. (Thomas Hobbes)

Los viajes sirven para despojarse del prejuicio de que sólo en la propia patria se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado. (René Descartes)

No se viaja para buscar el destino, sino para huir de donde se parte. (Miguel de Unamuno)

Comer bien, dormir bien, ir donde se desea, permanecer donde interese, no quejarse nunca y, sobre todo, huir como de la peste de los principales monumentos de la ciudad: eso es viajar. (Jules Renard)

Cuando los hombres buscan la diversidad, viajan. (Wenceslao Fernández Flórez)

Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar. (Antonio Machado)

Los verdaderos viajeros son aquellos que parten por partir. (Charles Baudelaire)

Viajar es descubrir que todo el mundo se equivoca. (Aldous Huxley)

Llega una edad en la que no se puede seguir confiando en los productos locales: ahora, cada vez que viajo llevo a mi mujer y mi whisky. (Fernando Sabino)

Un hombre necesita viajar a lugares que no conoce para quebrar esa arrogancia que le hace ver el mundo como lo imagina y no simplemente como es o como puede ser. (Amyr Klink)

No se viaja para ir a alguna parte, sino para ir. (Robert Louis Stevenson)

Chana 05 Dic. 2008

Huidobro 3


Altazor

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
»Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
»Un poema es una cosa que será.
»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
»Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
»Digo siempre adiós, y me quedo.
»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.

pancho 04 dic.2008

Sofía Loren

Vibrante, rotunda, carnal, enorme, genialmente italiana...así es Sofia Villani Scicolone, más conocida como Sofía Loren, uno de los más grandes mitos que ha regalado el cine al mundo.sofia loren De origen humilde, siempre decía de sí misma “Las dos grandes ventajas que tuve al nacer son haber nacido sabia y haber nacido pobre”, tuvo el coraje de salir adelante en la Italia de la posguerra y llegar a lo más alto, encarnando (nunca mejor dicho) el sueño (y los sueños de los) americanos, convirtiéndose en una de las más glamourosas y elegantes estrellas del cine mundial de los 50 y 60. Alabada aún por su belleza, lo es también por su indiscutible talento para la interpretación.

Ganadora de 2 Oscars continúa trabajando y se encuentra, literalmente
entusiasmada" ante la idea de volver a llevar al cine al director italiano Federico Fellini con el musical "Nine", basado en el clásico "8 1/2", que dirigirá Rob Marshall. "Estoy feliz ante un proyecto como este” Tras la trágica desaparición de su amado esposo, su valedor, mecenas y descubridor, el productor Carlo Ponti, Loren se ha volcado en una importante actividad como embajadora de la ONU en misiones humanitarias. Un mito viviente del cine europeo y mundial que aun ocupa los puestos en los rankings de “los más deseados” y que recientemente ha recibido un nuevo reconocimiento, más emotivo si cabe por serle otorgado “en casa”, el premio a toda una carrera concedido en la segunda edición del Festival de Cine de Roma, que contó con una sección homenaje dedicada a su figura.



sofia lorenSofía Loren vino al mundo el 20 de septiembre de 1934 en el hospital Regina Magerita de capital italiana; hija de la profesora de piano Romilda Villani y del ingeniero Ricardo Scicolone, muy ponto, tras el abandono de éste, se trasladaría junto a su madre y su hermana a Pozzcoli (Nápoles) donde pasaría su infancia. Con la segunda Guerra Mundial como marco histórico, la familia de Sofía adoleció de graves problemas económicos (agudizados por el absoluto desinterés de la figura paterna, que si bien cedió en dar sus apellidos a Sofía, no haría lo propio con su hermana, María) La pequeña Sofía, influenciada quizá por su madre, comenzó a estudiar magisterio, compaginándolo con sus participaciones en varios concursos de belleza en los que, a tenor de sus cualidades, arrasaba sin dificultad. Entre otros resultó elegida Miss Principessa del Mare en 1949, con 15 años, y Miss Eleganzza y Finalista de Miss Italia los años siguientes. Era evidente para todos que el increíble físico mediterráneo de Sofía le abriría muchas puertas.sofia loren

Quizá en venganza al abandono paterno, quizá sólo por motivos profesionales, el hecho es que Sofía se cambió el apellido por el de Lazzaro, y como tal figuraría en los créditos de varias fotonovelas de la época con las que obtendría cierto éxito, llegando incluso a figurar como extra en la exitosa Quo Vadis; pero no sería hasta que se cruzara en su camino el productor Carlo Ponti (más adelante único marido de la actriz y gran amor de su vida) que le llegara el tan ansiado reconocimiento. Eran los años 50. Terminada la Guerra, Italia intentaba levantarse de nuevo; de esta manera Sofía creyó encontrar en ese nuevo mundo que Ponti abría y descubría ante ella una manera de escapar del hambre y la pobreza y de sacar a su familia adelante en la dura posguerra.

Ponti había conocido a la actriz a raíz de su intervención en Aida (1953) y decidió contratarla y hacerse cargo de su formación; demostrando una enorme intuición, el productor se arriesgó con aquella semidesconocida adivinando en ella el talento que más adelante no sólo le enamoraría a él mismo, sino al mundo entero. El nuevo mecenas se encargó de que su pupila aprendiera idiomas, la pulió como actriz y se dispuso a presentarla internacionalmente.

Su carrera como Sofía Loren (volvió a cambiar su nombre artístico por consejo de Ponti) comenzaría oficialmente en 1954 tras conocer a Vittorio De Sica y Marcello Mastroianni. La italiana participó en numerosas comedias y musicales formando una divertida e inolvidable pareja junto al gran Mastroianni, sin embargo, a partir de su matrimonio con Carlo Ponti su estilo cambiaría (nuevamente guiada por su marido, sabio conocedor de la industria) y comenzó a interesarse por proyectos más complejos: películas de aventuras, bélicas y melodramas pasionales. Sofía se casó con Ponti el 17 de septiembre de 1957; juntos tendrían dos hijos, Carlo Ponti Jr. y Edoardo Ponti. El matrimonio fue anulado temporalmente para evitar una demanda legal contra el productor tras acusarle de bigamia para casarse nuevamente en 1966. A pesar de esto Sofía no fue ajena a los rumores que circulaban y que la relacionaban casi siempre con compañeros de reparto, como por ej Cary Grant.sofia loren

Para la segunda mitad de la década de 1950, Loren era ya muy popular en Hollywood, protagonizando películas junto a Frank Sinatra y el mencionado Grant. La actriz firmó un contrato por cinco películas con los estudios Paramount con las que produjo entre otras Deseo bajo los olmos (Desire under the elms, con Anthony Perkins), Houseboat (con Cary Grant) y Heller in Pink Tights, bajo la dirección de George Cukor, en 1960.sofia loren

Tras una irregular carrera Sofía se había ganado el cariño de los italianos que la animaban y alababan, sobre todo cuando participaba en producciones patrias, en las que se sentía infinitamente más libre. En 1960 llegaría por fin la oportunidad de demostrar al mundo su talento y su consagración definitiva; su impresionante trabajo en la película de 1960, Dos mujeres, dirigida por Vittorio de Sica, le valió varios premios, entre ellos el de mejor actriz en los festivales de Cannes, Berlín y Venecia; terminando, como colofón, por alzarse con la preciada estatuilla dorada como mejor actriz en la ceremonia de los Oscar de ese año, siendo la primera en ganarlo con una actuación en lengua no inglesa. No sería la primera vez que optaría a la estatuilla ya que en 1964 sería de nuevo nominada por su papel en “Matrimonio a la italiana”. Más adelante, en 1991, recibiría el Oscar honorífico por su contribución al mundo del cine, y fue declarada uno de los tesoros mundiales del cine.sofia loren

Durante los años sesenta fue considerada el símbolo vivo más importante de su país, una signo de la identidad toscana, pues encarnaba a la perfección la imagen de la italiana de “rompe y rasga”. A pesar de esto, Sofía era considerada no sólo una mujer hermosa, sino también muy aguda; eran frecuentes sus irónicos comentarios haciendo gala de un sutil y fino sentido del humor como los referentes a su dieta "todo lo que ven, se lo debo al spaghetti” o la conocida sentencia “la fantasía del hombre es la mejor arma de la mujer”

En 1980, Sofía Loren tuvo el raro privilegio de actuar como ella misma y como su madre, en una producción para televisión; la película estaba basada en su libro autobiográfico titulado Sophia: su propia historia. Dos años después saldrían a la luz sus problemas con el fisco italiano llegando a ser condenada a 18 días de cárcel por evasión de impuestos (por suerte para ella, este “episodio”, al ocurrir dos años más tarde, no llegó a formar parte del guión de la película de su vida) También mantuvo un pleito con el Estado italiano al intentar evadir su colección de arte tasada en 3.600.000 euros.sofia loren

Ya en sus sesentas, Loren se volvió mucho más selectiva con sus papeles, expandiéndose además, profesionalmente, como buena empresaria hacia otro tipo de negocios: publicando libros de cocina, anunciando anteojos, joyería y perfumes, y siendo incluso la primer actriz en lanzar una fragancia propia. En esta época actuó también en la exitosa Prêt-à-Porter, de Robert Altman, y en la comedia Grumpier Old Men (Dos viejos más gruñones), junto a otra gran pareja, inolvidable, del cine: Walter Matthau y Jack Lemmon.sofia loren

Tras la trágica muerte de su esposo, Carlo Ponti, Loren se retiró parcialmente del mundo del espectáculo dedicándose a sus labores humanitarias como embajadora de la ONU y continúa recibiendo premios y homenajes, como el recientemente concedido por el festival de cine de Roma en reconocimiento a toda su carrera. En este último año ha vuelto a estudiar distintos proyectos con los que volver, en breve, y para alegría de sus seguidores, al cine (está confirmada su aparición en “Nine” el musical de Rob Marshall revisando el clásico de Fellini “Ocho y medio”)

Este mismo mes la italiana ha visitado la ciudad de Burgos con motivo de una exposición sobre El Cid, casi medio siglo después del estreno de la película sobre el legendario caballero castellano que protagonizó junto a Charlton Heston en 1961. "Es volver a un momento mágico de mi vida", confesó la estrella italiana de 73 años, según distintos medios, refiriéndose al papel que interpretó en la película de Anthony Mann como doña Jimena, esposa del guerrero interpretado por Heston.

marcela 28 nov 2008