Antonioni 4


Una búsqueda en lo profundo
Entrevista con Michelangelo Antonioni
Alberto Ongaro

En sus películas, busca sobre todo una nueva forma de relación con la realidad. ¿Qué hay en el fondo de esta búsqueda?

Me pide usted que haga un discurso crítico sobre mí mismo, algo que siempre me ha parecido muy difícil. No es asunto mío el explicarme con palabras. Yo hago películas que están ahí , con sus posibles contenidos, a disposición de quien quiera verlas. De todas formas, voy a intentarlo. En el fondo está, quizás, la sospecha de que nosotros, es decir, los hombres, estamos dando a las cosas, a los hechos que suceden y de los que somos protagonistas o testigos, a las relaciones sociales o incluso a las sensaciones, una interpretación distinta de la que dábamos en el pasado. Me dirá usted que es lógico, que es natural que esto ocurra, puesto que vivimos en una época distinta y hemos acumulado, con respecto al pasado, experiencias e ideas que antes no teníamos. Pero no es sólo eso lo que quiero decir. Creo que se ha producido una gran transformación antropológica que acabará por cambiar nuestra naturaleza.

Ya se aprecian los signos, algunos banales, otros inquietantes, angustiosos. No reaccionamos como reaccionábamos antaño ni al sonido de una campana, ni a un disparo, ni a un homicidio, por poner algunos ejemplos. Incluso algunos ambientes que, tiempo ha, podrían parecer distendidos, convenciones, lugares comunes de un determinado tipo de relación con la realidad, ahora podemos mirarlos de forma trágica. El sol, por ejemplo. Lo miramos de forma distinta que en el pasado. Sabemos demasiado sobre él. Sabemos qué es el sol, qué ocurre en el sol, las ideas científicas que te-nemos han terminado por modificar nuestra relación con él. Yo, por ejemplo, a veces tengo la sensación de que el sol nos odia, y el hecho de atribuir un sentimiento a una cosa que es siempre igual a sí misma significa que ya no es posible un determinado tipo de relación tradicional, que para mí ya no es posible. Y digo el sol como podría decir la luna o las estrellas, o el universo entero. Hace unos meses, en Nueva York, compré un telescopio pequeño pero extraordinario, el Questar, un aparato de sólo medio metro, pero que nos acerca las estrellas de una forma increíble. Puedo ver de cerca los cráteres de la luna, los anillos de Saturno y mil cosas más. Pues bien, el telescopio me proporciona una percepción física del universo tan angustiosa que mi relación con el universo ya no puede ser la misma que antes. Con esto no quiero decir que ya no sea posible disfrutar de un día soleado o de un paseo bajo la luz de la luna. Sólo quiero decir que estas ideas de carácter científico han iniciado un proceso de transformación que terminará por cambiarnos a nosotros mismos, que nos llevará a actuar de una determinada manera y no de otra e, incluso, que cambiará nuestra psicología, los mecanismos que regulan nuestra vida. Ya no serán las estructuras económicas y políticas las que cambiarán al hombre, como sostiene el marxismo, sino que el hombre podrá modificarse a sí mismo y a esas estructuras como resultado de un proceso de transformación que lo implica en primera persona. Puedo equivocarme, naturalmente, en un plano general, pero no creo equivocarme en lo que se refiere a mi experiencia personal. Ahora, por volver a lo que usted llama mi búsqueda, a mi oficio, a mi terreno personal, está claro que, si esto es verdad, yo debo mirar el mundo con ojos distintos, tengo que intentar penetrar en él por caminos desacostumbrados, puesto que todo cambia: cambia la materia narrativa que tengo entre las manos, cambian las historias, los finales de las historias, y yo quiero anticiparlo, tratar de expresar lo que creo que está ocurriendo. Realmente, estoy haciendo un gran esfuerzo por buscar determinados núcleos narrativos que no sean ya los del pasado, aunque no sé si lo conseguiré, porque siempre hay cosas que escapan a nuestra voluntad y al propio acto creativo.
En esta película [Professione: Reporter] yo diría que lo ha logrado: aunque hay momentos en los que el esquema nos resulta conocido, produce un tipo de turbación completamente novedoso.

No lo sé. No sé si usted estará de acuerdo, si los demás espectadores podrán estar de acuerdo, pero en esta película he buscado instintivamente soluciones narrativas distintas a las que son habituales en mí. Es cierto, el esquema de fondo puede ser familiar, pero, mientras rodaba, cada vez que sentía que me movía en un terreno ya conocido, procuraba cambiar de camino, desviarme, resolver de otro modo algunos momentos de la historia. Incluso la forma en la que me daba cuenta resulta curiosa. Notaba una especie de súbito desinterés por lo que estaba haciendo y ésa era la señal de que tenía que cambiar de dirección. Hablamos de un terreno sembrado de dudas, de angustias, de iluminaciones imprevistas. Sin duda, se trataba también de mi necesidad de reducir al mínimo el suspense, un suspense que, aún así, debía permanecer, pero como un elemento indirecto, mediado. Hubiera sido muy fácil hacer una película de suspense. Teníamos perseguidores y perseguidos, no me faltaba ningún ingrediente, pero habría caído en la banalidad, no era eso lo que me interesaba. Ahora bien, no sé si he logrado crear realmente un relato cinematográfico que transmita la emoción que he sentido. Pero siempre que se acaba una película, de lo que menos seguro se está es de esa misma película.


Yo diría que ha conseguido establecer una relación nueva con los espectadores desde el primer momento. A mí, por ejemplo, lo primero que me ha sorprendido de su película es algo que no tiene.

¿Ah, sí? ¿El qué?


Durante los primeros minutos me di cuenta de que faltaba algo y no conseguía distinguir qué era. Después he comprendido que era la música y a continuación me he dado cuenta de que no podía ser un hecho casual, sino que la ausencia de música tenía para usted una función musical, como una no música que introdujera al espectador en una especie de vacío y que dejara también una zona vacía en sus sentimientos.

Esa «zona vacía», como usted la llama, era intencionada. En realidad, yo no comulgo con los gustos de quienes emplean música para subrayar de forma dramática, alegre o romántica determinados momentos de la película. Creo, en cambio, que las imágenes de una película no necesitan el apoyo de la música, sino que por sí solas pueden crear una cierta sugestión. El hecho de que usted se haya percatado de la ausencia de música significa para mí dos cosas: primero, que las imágenes eran lo bastante potentes como para sugestionarlo, para producirle ese leve, ambiguo sentido de vacío y de angustia, sin necesidad de ayuda. Segundo, que su oído, acostumbrado a la música en otras películas, lejos de quedar desconcertado, ha captado ese silencio de forma que el desarrollo del sentido de vacío que procedía de las imágenes quedara favorecido en cierto modo. Pero lo cierto es que yo no me propuse claramente añadir ese efecto. Más bien es una consecuencia de mi idea del cine. Yo uso poquísima música. Me gusta que la música tenga un origen en la propia película: una radio, alguien que canta, lo que los americanos llaman source music. Ésa es la música que hay en la película. Por otra parte, el protagonista es un periodista, es decir, un personaje bastante astuto, aventurero, acostumbrado a las emociones hasta el punto de que incluso puede controlarlas, alguien que no se impresiona fácilmente. Un personaje así no tiene ninguna necesidad de un comentario musical.
En cierto sentido, su película es una película de aventuras, una elección novedosa e impredecible por su parte. ¿Cuáles son las razones culturales de esta elección?

El elemento aventurero no me es del todo extraño. Ya estaba presente en Zabriskie Point y estaba, sobre todo, en una película cuya historia he escrito, de la que he desarrollado el guión y he preparado hasta el último detalle, pero que no he podido rodar. Una película que se hubiera titulado Tecnicamente dolce. Ahora bien, desde Zabriskie Point hasta Professione: Reporter, pasando por Tecnicamente dolce, me he percatado de una especie de oscura indiferencia, de la necesidad de salir, a través de los protagonistas de estas películas, del contexto histórico en el que vivo y en el que vivían los personajes, es decir, un contexto urbano, civil, civilizado, y entrar en un contexto distinto, como el desierto o la jungla, donde al menos se puede imaginar una vida más libre y más personal, y donde esta libertad puede verificarse. El carácter aventurero, el personaje del periodista que cambia de identidad para librarse de sí mimo, nace de esta necesidad.


¿Se puede decir que esa necesidad es la necesidad de liberarse de la vida moderna e incluso de la historia…

De un cierto tipo de historia…


… y que, en sustancia, el tema de la película o, por lo menos, uno de los temas es esa imposibilidad de liberarse de la historia porque la historia siempre acaba por capturar al que trata de huir?

Es posible que la película también se pueda interpretar de esa forma. Pero ése es otro problema. Fijémonos un poco en el personaje. Es un periodista, es decir, un hombre que vive entre palabras e imágenes y frente a las cosas, un hombre obligado por su profesión a ser siempre y únicamente el testigo de los hechos que ocurren ante sus ojos, testigo y no protagonista. Los hechos ocurren lejos de él, independientemente de él y todo lo que puede hacer es racionalizarlos una vez ocurridos para relatarlos. O, si resulta que él está presente, mostrarlos. Después está la obligación artificial de la objetividad propia del oficio. Yo creo que esto puede ser un aspecto inquietante, frustrante, de la profesión de periodista y si, junto con esa frustración de fondo, un periodista carga, como el personaje de la película, con un fracaso matrimonial, una relación errada con un hijo adoptivo y otros problemas personales, se puede entender su deseo de tomar la identidad de otro cuando se le presenta la oportunidad. El personaje se libera de sí mismo, de su propia historia, no de la historia en una acepción más global. De hecho, cuando descubre que el hombre cuya identidad ha asumido es un hombre de acción que actúa e interviene en cuanto sucede, y no un simple testigo, intenta asumir no sólo su identidad sino también su papel, su papel político. Pero la historia del otro, tan concreta, tan construida sobre la acción, se revela un peso demasiado grande para él. La acción se vuelve problemática.
Generalmente, en sus películas la dimensión política está totalmente implícita. En este caso, por el contrario...

A mí me parece que en este caso está más implícita que explícita. De todas formas, la política es un asunto que me interesa mucho y que sigo muy de cerca. Hoy, en particular, tratar de saber cómo somos gobernados y cómo deberíamos ser gobernados, controlar lo que hacen las personas que dirigen nuestra existencia, es un deber moral de todos, porque no hay alternativa, no tenemos más que esta existencia y tenemos que intentar vivirla del modo mejor y más justo para nosotros y para los demás. Naturalmente, yo me ocupo de política a mi manera, no como un político de profesión, sino como un hombre que hace películas. Trato de hacer mi pequeña revolución personal con las películas, intentando sacar a la luz ciertos problemas, ciertas contradicciones, de suscitar en el público determinadas emociones, de hacer experimentar al público unas cosas y no otras. A veces ocurre que una película se interpreta de una forma distinta a las intenciones del director, pero puede que eso no tenga demasiada importancia, puede que no importe que las películas se entiendan y se racionalicen, basta con que se vean como una experiencia directa y personal.


Dice que no hace falta entender las películas, y que basta con sentirlas. ¿Este discurso vale sólo para los productos artísticos o puede extenderse a la realidad en general?

Puede que me equivoque, pero tengo la impresión de que la gente ha dejado de preguntarse el porqué de las cosas, quizá porque sabe que no hay respuesta. La gente intuye que no hay puntos de referencia seguros, que no hay valores, que ya no hay nadie a quien apelar. Tampoco puede apoyarse ya en la ciencia, porque los resultados de la ciencia no son definitivos, sino provisionales, temporales. Es un hecho que los ordenadores no se pueden vender sino alquilar porque, entre que uno se encarga y se recoge, ha aparecido otro más perfeccionado que deja obsoleto el modelo anterior. Este continuo progreso de la máquina, que vuelve inútil la posesión de aparatos porque siempre habrá otros mejores, empuja a la gente a no preguntarse ni siquiera qué es la máquina, qué es un ordenador, cómo funciona. Se conforman con los resultados de la máquina. Y quizá todo es igual, quizá este esquema se repite en cada aspecto de nuestra vida sin que nos demos cuenta. Esto puede parecer contradictorio con lo que he dicho antes, pero no lo es, porque si el conocimiento de la cosa se modifica, se modifica también la imposibilidad de entenderla. Hay en todo esto una cierta desconfianza en la razón. Pero quizá la gente se ha dado cuenta de que no es cierto que la razón sea el elemento fundamental que gobierna la vida de los individuos y de la sociedad y tiende, pues, a apoyarse en el instinto y en otros centros de la percepción. No me explico de otro modo el desencadenamiento del instinto violento, sobre todo en las generaciones jóvenes.
A propósito de la posibilidad de perfeccionar siempre los medios técnicos: en Professione: Reporter ha obtenido usted resultados extraordinarios en el aspecto técnico y expresivo. ¿Está totalmente satisfecho con el medio que emplea?

En absoluto. El medio está muy lejos de ser perfecto. Yo me siento algo constreñido dentro de los límites técnicos del cine tal como lo conocemos hoy. Siento la necesidad de medios más elásticos y avanzados que permitan, por ejemplo, un control más inmediato del color. Lo que puede obtenerse hoy en un laboratorio trabajando con la película ya no basta si se necesita usar el color de una forma más funcional, más expresiva, más directa, más inventiva. En este sentido, las cámaras de vídeo son seguramente mucho más ricas que las cámaras cinematográficas. Con las cámaras de vídeo se puede, por decirlo de algún modo, pintar una película usando colores electrónicos a medida que se rueda. En Deserto rosso hice algunos experimentos de este tipo interviniendo directamente sobre la realidad, es decir, coloreando las calles, los árboles, el agua. Con la cámara de vídeo no hace falta llegar a esos extremos. Basta apretar un botón para que se añada el color con la intensidad deseada. El único problema es el paso de la cinta magnética al celuloide, pero este proceso se puede llevar a cabo con resultados bastante satisfactorios.


¿Cree usted que el empleo de este nuevo medio podría condicionar también los temas, sugerirle nuevos temas?

Es probable. Hoy día hay muchos temas que nos están vedados. En el cine de hoy se corre el riesgo de mostrar ciertas dimensiones metafísicas, ciertas sensaciones, de forma sólo aproximada debido, justamente, a las limitaciones del medio técnico. No se trata de emplear instrumentos cada vez mejores para obtener imágenes cada vez más bellas, sino para profundizar en el contenido, para captar mejor las contradicciones, los cambios y los ambientes. El cine sobre cinta magnética está ya bastante maduro, aunque los que hasta ahora lo han empleado han buscado efectos bastante banales, planos. Puede dar unos resultados extraordinarios si se usa con discreción, con una función poética.
¿El cine del futuro se hará con cámaras de vídeo?

Yo creo que sí. Y el desarrollo siguiente será el cine láser. El láser es una cosa verdaderamente fantástica. En Inglaterra he visto un holograma, es decir, una proyección hecha con láser, y me he llevado una impresión extraordinaria. Era un coche pequeño, proyectado sobre una pantalla de vidrio, y no parecía la imagen de un coche, la representación de un coche, sino un coche de verdad, perfectamente tridimensional, suspendido en el vacío. Tanto fue así que instintivamente alargué la mano para tocarlo. El efecto estereoscópico era increíble. No solo eso, sino que cuando el rayo se desplazaba también se desplazaba la imagen y se podían ver los laterales, la parte posterior. Tendrán que pasar muchos años, pero es evidente que el láser es el desarrollo del cine. Por ahora los hologramas se proyectan sobre una pantalla plana, pero los científicos que experimentan con él planean proyectarlo sobre un volumen transparente que pueda colocarse en el centro de una sala, de manera que los espectadores podrán dar vueltas a su alrededor, eligiendo su ángulo de visión.


Una especie de invención de Morel... ¿Cree, siquiera paradójicamente, que en un futuro lejano se podrá llegar a tanto, es decir, a proyectar a nuestro lado y sin necesidad de una pantalla imágenes tridimensionales incluso de personas, a vivir junto a personas que no existen?

Eso habría que preguntárselo a un científico o a un escritor de ciencia ficción. Pero en lo que a mí concierne, yo no pondría límites a este tipo de descubrimientos, porque quizá no los tienen. Creo que todo lo que la ciencia ficción ha imaginado hasta ahora podrá incluso parecer infantil comparado con los descubrimientos del futuro. En estos momentos, hasta la ciencia ficción está condicionada por los limitados conocimientos científicos que se encuentran a nuestra disposición. Únicamente conseguimos hacer excursiones a mundos que tienen el nuestro como punto de referencia. Pero en el futuro, ¿quién sabe? Es inútil plantearse preguntas para las que no hay respuesta. Ahora bien, según un punto de vista «operativo», ¿no es ya una afirmación significativa decir que una determinada pregunta carece de sentido? Y ahora tomemos por buena también la suya. Y divirtámonos pensando que quizá acabemos realmente creando en un laboratorio la situación imaginada en la novela de Bioy Casares, La invención de Morel: una isla desierta, habitada únicamente por imágenes de personas que no existen. Con todo lo que de misterioso, angustioso y ambiguo comporta una cosa así. Pero puede que también los conceptos de misterio, angustia y ambigüedad hayan cambiado para entonces.
PELÍCULAS DE FICCIÓN

Eros [episodio «Il filo pericoloso delle cose»], 2004
Más allá de las nubes, 1996 [codirigida con Wim Wenders]
Identificación de una mujer, Italia, 1982
El misterio de Oberwald, Italia, Alemania Occidental, 1981
Professione: reporter, 1975
Zabriskie point, 1970
Blow up, 1966
Tres perfiles de mujer (I tre volti) [episodo «Il provino»], 1965
El desierto rojo, 1964
El eclipse, 1962
La noche, 1961
La aventura, 1960
El grito, 1957
Las amigas, 1955
Amor en la ciudad [episodio «Tentato suicidio»], 1953
Los vencidos, 1953
La señora sin camelias, 1953
Crónica de un amor, 1950


DOCUMENTALES

Lo sguardo di Michelangelo, 2004
Noto, Mandorli, Vulcano, Stromboli, Carnevale, 1993
Kumbha Mela, 1989
Ritorno a Lisca Bianca, 1983
Chung Kuo - Cina, 1972
La funivia del faloria, 1950
La villa dei mostri, 1950
Superstizione, 1949
Ragazze in bianco, 1949
Bomarzo, 1949
Sette canne, un vestito, 1949
L’amorosa menzogna, 1949
Roma-Montevideo, 1948
Oltre l’oblio, 1948
N. U. - Nettezza urbana, 1948
Gente del Po, 1943




Entrevista publicada originalmente en L’Europeo el 18 de diciembre de 1975, y reeditada en 1994 por la editorial Marsilio en el libro Fare un film è per me vivere.

pancha 14 Dic. 2008

Enrique lihn 3

Si se ha de escribir correctamente poesìa
no basta con sentirse desfallecer en el jardín
bajo el peso concertado del alma o lo que fuere
y del célebre crepúsculo o lo que fuere.
El corazón es pobre de vocabulario.
Su laberinto: un juego para atrasados mentales
en que da risa verlo moverse como un buey
un lector integral de novelas por entrega.
Desde el momento en que coge el violín
ni siquiera el Vals triste de Sibelius
permanece en la sala que se llena de tango.Salvo las honrosas excepciones las poetisas uruguayas
todavía confunden la poesía con el baile
en una mórbida quinta de recreo,
o la confunden con el sexo o la confunden con la muerte.
Si se ha de escribir correctamente poesía
en cualquier caso hay que tomarlo con calma.
Lo primero de todo: sentarse y madurar.
El odio prematuro a la literatura
puede ser de utilidad para no pasar en el ejército
por maricón, pero el mismo Rimbaud
que probó que la odiaba fue un ratón de biblioteca,
y esa náusea gloriosa le vino de roerla.
Se juega al ajedrezcon las palabras hasta para aullar.
Equilibrio inestable de la tinta y la sangre
que debes mantener de un verso a otro
so pena de romperte los papeles del alma.
Muerte, locura y sueño son otras tantas piezas
de marfil y de cuerno o lo que fuere;
lo importante es moverlas en el jardín a cuadros
de manera que el peón que baila con la reina
no le perdone el menor paso en falso.
Quienes insisten en llamar a las cosas por sus nombres
como si fueran claras y sencillas
las llenan simplemente de nuevos ornamentos.
No las expresan, giran en torno al diccionario,
inutilizan más y más el lenguaje,
las llaman por sus nombres y ellas responden por sus nombres
pero se nos desnudan en los parajes oscuros.
Discursos, oraciones, juegos de sobremesa,
todas estas cositas por las que vamos tirando.
Si se ha de escribir correctamente poesía
no estaría de más bajar un poco el tono
sin adoptar por ello un silencio monolítico
ni decidirse por la murmuración.
Es un pez o algo así lo que esperamos pescar,
algo de vida, rápido, que se confunde con la sombra
y no la sombra misma ni el Leviatán entero.
Es algo que merezca recordarse
por alguna razón parecida a la nada
pero que no es la nada ni el Leviatán entero,
ni exactamente un zapato ni una dentadura postiza.

Boris 14 dic. 2008

Adivina quién viene a cenar



FICHA TÉCNICA:

Título Original: Guess Who's Coming to Dinner
Año: 1967
Nacionalidad: EE. UU.
Dirección: Stanley Kramer
Intérpretes: Katharine Hepburn, Spencer Tracy, Sidney Poitier, Katharine Houghton, Cecil Kellaway, Beah Richards
Guión: William Rose
Música: Frank DeVol
Fotografía: Sam Leavitt
Productora: Columbia Pictures
Duración: 108 minutos
Premios: 2 Oscar, a la mejor actriz: Katharine Hepburn y al mejor guión.
Además tuvo nominaciones para mejor director, mejor película, mejor actor (Spencer Tracy), mejor actor de reparto (Cecil Kellaway), mejor actriz de reparto (Beah Richards), mejor montaje, mejor música y mejor dirección artística.


SINOPSIS:

La joven y guapa Joey Drayton (Katharine Houghton) regresa a casa inesperadamente, después de disfrutar de unas vacaciones de diez días en Hawai porque ha conocido al hombre de su vida, el doctor John Prentice (Sidney Poitier) y quiere presentarlo a sus padres porque está decidida a casarse inmediatamente con él.


ANÉCDOTAS Y/O CURIOSIDADES:

1) También conocida como “Adivina quién viene esta noche”, ésta es la novena y última película en que aparecieron juntos Tracy y Hepburn, ya que el primero murió 17 días después de finalizar su rodaje, de un ataque al corazón.

2) El monólogo que hace al final de la película Spencer Tracy es la última escena rodada de este actor. Hepburn nunca vió la película porque decía que le traía recuerdos muy tristes.

3) Recompensada con su segundo Oscar, Katharine Hepburn, que nunca vio la película, lo recibió emocionada y se lo dedicó póstumamente a su "alter ego", Spencer Tracy, diciendo que sentía como si le hubiera robado el Oscar a él.

4) Katharine Houghton, la actriz que hace de hija de Tracy y Hepburn, era en la vida real sobrina de Katharine Hepburn y sólo rodó esta película como un favor a su tía.

5) La película se convirtió en un gran éxito a pesar de que en un primer momento recibió críticas muy duras que protestaban por el hecho de tratar un problema social de manera tan ligera.


COMENTARIO PROPIO:

Joey, la niña bien de papá y mamá regresa precipitadamente a casa, en San Francisco, de sus vacaciones en Hawaii llevando a su flamante prometido, el doctor John Prentice, para comunicarles a sus padres su intención de contraer matrimonio inmediatamente. A pesar de las ideas liberales de sus padres, Matt (Spencer Tracy) y Christina (Katharine Hepburn), ambos quedan sorprendidos y anonadados por la repentina noticia, ya que la pareja sólo se conoce desde hace 10 días y además, mientras que la chica tiene 23 años, su prometido ya tiene 37 y es viudo. Y, por último, está el “pequeño detalle” de que el prometido de su hija es negro.

La joven, que es la única que no ve ningún problema en la relación, invita a los padres de él a ir a su casa a cenar y así conocerse todos. Pero es que John tampoco les ha dicho aún a sus padres que su prometida es una chica blanca. Y además, a la cena se suma el Monseñor Ryan, un amigo íntimo de Matt, al que éste ha dejado colgado para su partido de golf, al recibir la inesperada noticia.

Tal como se inicia la película parece que vamos a ver una agradable y simpática comedia de situación y enredos, pero no es cierto, no es una comedía, aunque tampoco es un dramón. Lo que se nos presenta es una agradable reunión de personas amables y educadas que van a debatir bajo sus personales puntos de vista una cuestión muy importante en sus vidas, los prejuicios raciales.

Un matrimonio de clase media-alta (él dirige un periódico y ella una galería de arte) se ven en la encrucijada de tener que llevar a la práctica las ideas liberales que siempre han defendido y tratado de inculcar a su hija. Curiosamente, sus perjuicios son los mismos que los de los padres de él, no tan liberales y de clase media-baja (él es un cartero jubilado y ella ama de casa).

Los más reacios son los hombres, claro, los padres. A las madres, en cambio, tras la reacción inicial, les basta con ver a sus vástagos enamorados y felices. Y, curiosamente, la más retrógrada, de lejos, es la criada negra, que es la primera en mostrar rechazo hacia la relación de los jóvenes. Ella tiene muy claro que un negro no puede llegar a ser médico y le parece casi un sacrilegio que se atreva a tocar a una chica blanca. Por contra, el más moderno es un obispo católico. Vale, vale, ya sé que os he dicho que no era una comedia, pero... bueno, sólo es un simpático personaje secundario.

Es la última actuación de Tracy y Hepburn, juntos, en pantalla debido a la muerte del primero. Una oportunidad de oro para ver su compenetración y su buen hacer porque, por desgracia, ya no nos quedan parejas así. En el momento en el que, ya casi al final, Tracy la mira y dice: "si ellos se quieren la mitad de lo que nosotros nos quisimos será suficiente" y Hepburn le mira con lágrimas en los ojos, arrebatadoramente... ¿Estaban interpretando?

No hay acción, no hay exteriores. Sólo encontraréis un grupo de grandes profesionales en un elegante y cuidado escenario representando una obra de forma tan natural que no te das cuenta de que, en realidad, sólo es una ficción. Nada más y nada menos. Y es que Stanley Kramer hace eso que parece tan fácil pero que es tremendamente difícil fenomenalmente bien. No es que intente transmitir un mensaje liberal, optimista (el triunfo del amor sobre los prejuicios) y aún hoy en día tan actual como el de los prejuicios raciales, si no cómo lo difunde lo que roza la perfección. Yo mismo he incluido ya en este foro otros dos de sus trabajos que os recomendé en su día y que, aprovecho la ocasión, para recomendarlos de nuevo. Me refiero a “Vencedores o vencidos” y “La Herencia del viento”. A los que aún no las habéis visto, sinceramente, no entiendo a qué estáis esperando, y a los que sí las habéis visto ya y os gustaron, entonces no dejéis de ver tampoco ésta que os presento ahora.

La película está llena de grandes momentos que sus protagonistas supieron aprovechar, y ¡de qué modo!, pero me gustaría resaltar uno es concreto para cada uno de los tres principales. Para Katharine Hepburn, en realidad todos los que disfruta junto a Tracy y en especial aquél en el que despide a su ayudante en la galería de arte, que ya está sentada ante el volante de su coche y que concluye con su frase “¡No repliques, Hilary! Sigue tú camino”. De Sidney Poitier resaltaría la escena en que su padre le echa en cara lo mucho que ha hecho por él y el esfuerzo que siempre hizo para que él llegara a ser alguien, y Poitier se enfrenta a él y le responde de forma apasionada para acabar con la frase: “Tú te consideras un hombre de color. Y yo me considero un hombre”. Está francamente genial, perfecto. Como diría Boris Izaguirre, ¡qué momentazo! Y de Spencer Tracy, pues evidentemente el monólogo final. Es evidente que todos eran conscientes, incluso él mismo, de que aquélla podía ser su última aparición en pantalla y se le reservó el brillante broche final para que se luciera. Y, claro, él se lució. Una de sus frases: “Sois dos seres maravillosos, que os habéis enamorado y que, en definitiva, sólo tenéis un simple problema de pigmentación”.

Comentar que, por poner algún pero, tenemos que escuchar expresiones tan “fuertes” como “córcholis” o “porras”, que hacen que a veces el diálogo parezca un poco ñoño y desfasado. Escuchar esas cosas hoy en día que tenemos los tímpanos taladrados de abundantes y, muchas veces gratuitas, expresiones soeces, la verdad es que choca un poco y resulta cursi. Pero afortunadamente sólo ocurre en un par de ocasiones. En fin, cosas del doblaje de la época.

Otro pero por mi parte es que se suaviza mucho la situación porque se nos presenta al pretendiente ideal, culto, preparadísimo académicamente, educado, formal, un médico importante con un cargo en las Naciones Unidas, el hombre que cualquier madre quisiera para su hija. Tal vez se hubiera puesto un poco más la carne en el asador colocando un novio menos perfecto.

Comentar también que la hija (sobrina real de Hepburn) para no ser una actriz profesional, creo que ésta es su única actuación, pues está bastante bien. Y también que a su tía, por desgracia, ya se le aprecian en algunas escenas los síntomas de la enfermedad de Parkinson que padeció durante muchos años y que, a la postre, la llevó a la tumba.

Sólo por contemplar la última actuación de Tracy antes de pasar a la historia del cine como lo que fue, un gran actor, ya merece la pena ver esta película. Pero es que, por suerte para nosotros, Tracy sólo es un ingrediente más de este cocktail tan bueno.


A los que os animéis a ver esta película, que la disfrutéis. Guiñar

Marcela 11-12 2008

Lawrence de arabia



Lawrence de Arabia

Desinteresado campeón de la independencia de un pueblo primitivo, obstinado oponente de las grandes potencias que despojaron a sus seguidores de la victoria: tal es la imagen del T.E. Lawrence célebre personaje literario y cinematográfico. ¿Es ésta la verdad?

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Una multitud aclamante abarrotó las calles de Damasco el 1° de octubre de 1918 cuando el ejército rebelde marchó por la ciudad liberada. El día anterior, cuando las tropas otomanas se replegaron, la antigua ciudad siria pasó del control turco al árabe. Los vítores no sólo eran para las tribus victoriosas, sino también para un joven inglés que cabalgaba entre ellos, vestido con ondeante indumentaria árabe. La rebelión y su británico mentor se habían hecho inseparables.

Buscando apoyo británico

En junio de 1916, el sharif (príncipe) de La Meca, Hussein Ibn Ali, inició la rebelión contra los cuatro siglos de dominio otomano en la península arábiga. Como gobernador de Hejaz, provincia desértica junto al mar Rojo, controlaba La Meca, el lugar más santo del Islam, lo que le hacía líder espiritual de los pueblos árabes. Pero la rebelión de Hussein se estancó en Medina, donde las tropas turcas podían abastecerse gracias al ferrocarril del norte. Antes de proclamar la rebelión, Hussein buscó el apoyo de Inglaterra y más tarde afirmó que le prometieron armas, balas y asistencia técnica para cortar la vía férrea. Desde un principio, los ingleses quisieron controlar la rebelión, por lo que le retuvieron el abastecimiento para hacerla "más modesta y conveniente". Cuando todo indicó que Hussein se retiraba a La Meca, obligado a rendirse, los ingleses se dieron cuenta de que era tiempo de recabar un informe fidedigno. Enviaron desde El Cairo a un oficial de inteligencia de 28 años, que hablaba árabe y tenía años de experiencia en el Oriente Medio: Thomas Edward Lawrence.

Educación de un guerrero

El hogar donde nació T.E. Lawrence el 16 de agosto de 1888 no era precisamente un estereotipo de la Inglaterra victoriana. Cuatro años antes, Thomas Chapman abandonó en Dublín a su esposa y cuatro hijas para vivir con Sarah Maden, institutriz de las niñas. Mudándose de Irlanda a Inglaterra, Gales, Escocia y Francia, Thomas y Sarah tuvieron cinco hijos en los siguientes 12 años. Asentándose en Oxford con el apellido Lawrence, la pareja consiguió tener una apariencia de respetabilidad, pero su sensible segundo-génito, Thomas Edward, sufrió durante toda su vida la vergüenza de ser híjo ilegítimo. A los 12 o 13 anos, el joven Lawrence se rompió una pierna. Debido a que la fractura se curó lentamente o a que enfermó de paperas en la adolescencia, el muchacho dejó de crecer en cuanto midió 1.66 m. Con una cabeza demasiado grande, parecía aún más corto de estatura. Ingresó al Jesus College de la Universidad de Oxford y, tal vez para compensar su corta estatura, Lawrence desarrolló varias afectaciones, entre ellas una risita estridente y nerviosa que sus condiscípulos consideraban molesta. En un mundo de hombres, parecía asexuado e incluso afeminado. En Oxford, Lawrence fue influido por David George Hogarth, un arqueólogo y especialista en el Oriente Medio. Hogarth lo estimuló para que escribiera una tesis acerca de la arquitectura militar en las Cruzadas y le dio instrucciones detalladas cuando el estudiante viajó al Oriente Medio en junio de 1909 para hacer su práctica de campo. Viajó por Siria solo y a pie, "viviendo como árabe entre árabes", y se enamoró de la región y sus pueblos. Al regresar a Oxford se recibió con honores como historiador y egresó de la universidad en 1910. Recomendado por Hogarth, Lawrence recibió una beca de posgrado para unirse a una excavación arqueológica en Carchemish, en la ribera occidental del río Éufrates. Exceptuando los meses de verano, en que el calor obligaba a suspender los trabajos, Lawrence pasó en Siria casi por complete los siguientes cuatro años, los que luego consideró los más felices de su vida. Vistiendo sólo pantalón corto, el Sol lo bronceó y aprendió a comandar a 200 hombres, bromeando con ellos en árabe. Pero Arabia no solamente era un campo de estudio y al pasar el tiempo la arqueología no satisfizo todos sus intereses en la región. Poco antes de enero de 1914, se hizo espía.

Espionaje en el desierto

Desde mediados del siglo XIX, el ímperio otomano era conocido como "el hombre enfermo de Europa". Alemania, Francia y Rusia ansiaban reemplazar al decadente imperio como factor de poder en el Oriente Medio e Inglaterra quiso asegurar sus propios intereses. Al tomar Egipto en 1882, los británicos controlaron el canal de Suez, vital para su imperio en la India. Pero necesitaban vigilar la actividad política al este del golfo de Suez y en el mar Rojo. Bajo el respetable patrocinio del Fondo de Exploración de Palestina, Lawrence se unió a principios de 1914 al arqueólogo Leonard Woolley y al capitán británico Stewart Newcombe para una prospección de la península de Sinaí. Dijeron buscar evidencias de los 40 anos de éxodo de los israelitas al salir de Egipto. En realidad, rastreaban las actividades militares de los turcos en la región limítrofe. La Primera Guerra Mundial estalló en agosto de 1914 y todo parecía indicar que el imperio otomano sería neutral. Pero cuando atacó a Rusia, aliada de Inglaterra, Lawrence se enroló en el ejército en Egipto. En diciembre ya estaba en El Cairo, organizando una red de inteligencia en la región que conocía al dedillo.

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Las hazañas del coronel británico T.E. Lawrence durante la rebelión árabe entre 1916 y 1918 fueron la base de la peIícula Lawrence de Arabia, rodada en 1962 por David Lean. Arriba, una foto fija de la película recrea fielmente a las fribus beduinas cabalgando para combatir en Hejaz, la provincia árabe en la costa del mar Rojo.

Rebelión en Arabia

Lawrence nunca sería un soldado convencional. El comandante de Lawrence en El Cairo recordaría posteriormente su intenso deseo de decirle a su joven oficial que se cortara el pelo. Pero sus colegas militares se impresionaron con su mente ágil, su contagioso entusiasmo por el trabajo y su "extraordinaria capacidad para salirse con la suya calladamente". Sin embargo, pronto lo aburrió la rutina de cartografiar mapas, hacer informes geográficos y entrevistar a agentes de espionaje potenciales. En 1915, dos de sus hermanos murieron combatiendo en Francia, mientras que Lawrence escribía en 1926: "No hacemos nada, fuera de urdir políticas provocadoras en la región." Pero al mes siguiente fue enviado a una muy secreta misión a Mesopotamia (actual Irak), donde los turcos asediaban al ejército inglés: su misión era sobornar con un millón de libras al comandante turco para que levantara el sitio y, de paso, sondear la disposición de las tribus árabes para rebelarse contra los turcos. Fracasó en ambas misiones y regresó a Egipto "para encerrarse en esa oficina en El Cairo" Cuando Ilegó a El Cairo la noticia de la rebelión de Hussein en 1916, Lawrence escribió a su casa lo bueno que era "ayudar a forjar una nueva nación". En octubre se reunió con los rebeldes árabes. El digno Hussein, aunque capaz de ser líder moral, era muy viejo para ser comandante militar. Lawrence opinó que su primero, segundo y cuarto hijos eran "demasiado limpios", "listos" o "fríos". Pero de Faisal, el tercer hijo de Hussein, Lawrence dijo que era "el hombre que vine a buscar en Arabia, el líder que dará gloria a la rebelión árabe". El inglés bajo y rubio sería en adelante camarada de armas del árabe alto y moreno, y juntos cabalgarían a la gloria en los siguientes dos afios.

"Orens": hasta la última consecuencia

Para ganar la confianza de los árabes, Lawrence usó ropa nativa y aprendió a montar en camello. "Si vistes como árabe", escribió, "hazlo hasta la última consecuencia. Olvídate de amigos y costumbres ingleses y adopta enteramente los hábitos árabes". Al adoptar las castumbres árabes, poco a poco se gano la confianza de las suspicaces tribus nativas, que al Ilegar a los campamentos lo saludaban: " i Orens ! i Orens ! ", que era la forma en que podían pronunciar su nombre, tan extraño a su idioma.

Acompañado por Lawrence y su comitiva de 25 criados y guardaespaldas, Faisal lanzó la ofensiva que terminó en Damasco. Con la asesoría de Lawrence, desarrolló una estrategia que era adecuada para el terreno y la capacidad de lucha de sus hombres. Subiendo por la península arábiga, los rebeldes libraron una guerra de guerrillas que aterrorizó a sus enemigos y ganó reclutas de otras tribus. Esquivaron los fuertes turcos y dinamitaron el ferrocarril de Hejaz, descarrilando trenes e inutilizando las locomotoras. "El espectáculo es espléndido", escribió Lawrence. "Es imposible imaginar mayor diversión para nosotros y mayor vejación y furia para los turcos." En enero de 1917 tomaron el puerto Wejh, en el mar Rojo, y con la rendición de Akaba en julio, la campaña de Heiaz terminó en una aplastante victoria para los árabes. El comandante británico en El Cairo notó que los rebeldes árabes dominaban más tropas turcas que los ingleses y, como observó Lawrence con cierta malicia, "comenzaron a recordar que siempre habían favorecido la rebelión árabe". Desde entonces, las huestes de Faisal se convirtieron en el poderoso flanco derecho de las fuerzas aliadas del general Allenby que atacaban diestramente desde el norte a través de Palestina.

En 1917, Lawrence hizo dos peligrosas incursiones tras las líneas enemigas para enardecer a los árabes sirios. En la aldea Deraa, en noviembre, fue detenido brevemente por los turcos, que tal vez no supieron quién era él. Aún está a discusión lo que ocurrió ahí. Según sus memorias de la posguerra, tituladas Siete pilares de sabiduría, Lawrence fue horriblemente torturado y vejado sexualmente por sus captores. Esta sórdida versión fue considerada como "muy improbable" por un prominente historiador de EUA, pero un colega de Lawrence lo describió como muy perturbado a su regreso de Deraa y estaba convencido de que sufrió una "horrenda pesadilla". Sin embargo, tres semanas después de volver de Deraa, Lawrence ya estaba lo bastante repuesto como para marchar a Jerusalén con Allenby el 9 de diciembre de 1917. Los aliados siguieron avanzando hacia el norte durante 1918, con Lawrence y los árabes en su flanco derecho. Cuando Allenby programó el asalto a Damasco para septiembre, tenía 250.000 hombres bajo su mando. Aunque los turcos tenían nominalmente igualdad de fuerzas, los 3.000 árabes de Lawrence inmovilizaban a 50.000 enemigos al este del Kordán, mientras otros 150.000 turcos se desplegaban en Mesopotamia, en un vano intento por sofocar otras rebeliones árabes. Con una superioridad de cinco a uno, Allenby mãrchó a la victoria el 1° de octubre.

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Luego de su victoria en Hejaz, los árabes tuvieron un papel militar convencional, como flanco derecho del ejército aliado que avanzó al norte por Palestina. Arriba, una trinchera en el desierto.

AIta política

En mayo de 1916, Inglaterra y Francia firmaron un tratado secreto, conocido como Sykes-Picot por sus dos negociodores, que dividía al territorio turco del Oriente Medio en dos esferas de influencia: la inglesa y la francesa. Todo Estado árabe en la región estaría sujeto al control administrativo británico o francés. Dos días después de la entrada triunfal a Damasco, Faisal supo de la amarga realidad y sus limitaciones sobre la independencia árabe. Insistiendo en que nada sabía del tratado secreto, Lawrence pidió que Allenby lo relevara de su cargo y le permitiera regresar a Inglaterra. "Como yo no era un perfecto estúpido", escribió amargamente en Siete pilares de sabiduría, "pude ver que las promesas a.los árabes eran huecas". Lamentó que sus hombres arriesgaran su vida por una recompensa tan insignificante; "en lugar de enorgullecerme por lo que hicimos, me sentí avergonzado". A partir de entonces, Lawrence supo, escandalizado, que sus batallas se librarían en los corredores del poder y no en las arenas del desierto . De vuelta en Inglaterra, incómodamente vestido con uniforme, Lawrence compareció el 29 de octubre ante un comité del gabinete de Guerra. Su propuesta era anular el tratado Sykes-Picot para mantener a Francia fuera del Oriente Medio y dividir Mesopotamia y Siria en tres reinos dirigidos por tres de los hijos de Hussein, con Faisal presidiendo Damasco. Mientras esperaba la decisión del gobierno, Lawrence cablegrafió a Hussein, sugiriendo que enviara a Faisal como representante a una conferencia de paz que se iniciaría en París en 1919. Pero, nuevamente, Lawrence tuvo malas noticias para Faisal: al recibirlo el 26 de noviembre en Marsella, le informó a su camarada de armas que Francia había vetado su participación en la conferencia. Faisal estuvo en diciembre y enero en Inglaterra, donde Lawrence lo presentó con Chaim Weizmann, el líder sionista a quien los británicos prometieron un hogar nacional en Palestina. Lawrence, quien veía a los semitas judíos y árabes como "un todo indivisible", tenía la esperanza de que cooperaran para desarrollar al Oriente Medio. A cambio de entrar libremente a Palestina, los judíos prestarían dinero a Faisal para establecer su reino en Siria. La guerra en el Oriente Medio siempre fue secundaria ante la lucha con Alemania en el frente oeste. La campaña de Lawrence con los árabes fue Ilamada "lo secundario de lo secundario". Pero según un delegado de EUA, el coronel Lawrence fue "un atrayente personaje" en la conferencia de paz del 18 de enero de 1919. Como a Faisal se le negó la admisión, le correspondió a Lawrence asegurar que su camarada árabe siguiera siendo leal a Gran Bretaña. Para Lawrence, los enemigos eran ahora los franceses. Su esperanza era que "los árabes fueran nuestro primer dominio y no nuestra última colonia". Pocos compartían su opinión, tanto árabes como ingleses. Inglaterra tenía un nuevo interés en el Oriente Medio: petróleo. Además, no querían enojar a Francia, su aliada en la guerra. Reticente, Faisal aceptó los términos del tratado Sykes-Picot, que pospusieron la verdadera independencia árabe.

La lucha termina, la leyenda crece

Derrotado en la conferencia de paz, Lawrence intentó ganarse a la opinión pública con una serie de artículos y cartas. Luego fue el asesor de Winston Churchill en asuntos árabes. Pero todo lo que realizó fue en vano. Faisal, proclamado rey de Siria en marzo de 1920, fue depuesto por los franceses en julio e Inglaterra no hizo nada. En 1921 los británicos hicieron a Faisal rey de Irak, bajo el dominio inglés durante la siguiente década. Su hermano Abdullah fue nombrado emir de Transjordania, otro protectorado inglés. Hussein fue forzado a abdicar como rey de Hejaz en 1924, sustituido por el jefe de otra tribu, Ibn Saud. Asqueado de la política, Lawrence se retiró a Oxford para redactar sus reveladoras memorias. ¿Por qué había hecho todo esto? El epílogo de Siete pilares de sabiduría da cuatro motivos. El primero y más poderoso era personal, "omitido en el libro, pero creo que nunca ausente de mi alma durante todos estos años, dormido o en vela, ni siquiera por una hora". Los detectives académicos revelaron que éste era el amor de Lawrence por un muchacho árabe Ilamado Dahoum, a quien conoció en Carchemish en 1913; en otra parte escribió que la libertad para el pueblo del muchacho sería "un regalo aceptable". Poco antes de que Damasco fuera tomada, supo que el muchacho había muerto de tifus y anotó con dolor: "mi regalo fue en vano". El segundo motivo de Lawrence fue su patriotismo: quería ayudar a Inglaterra a ganar la guerra. El tercero fue la curiosidad intelectual: "el deseo de sentirme el inspirador de un movimiento nacional". El cuarto fue la ambición personal: "sumar a mi vida esa nueva Asia que nos traía el tiempo inexorable" ¿Fue Lawrence un héroe? ¿O fue un oportunista descarado? ¿Estuvo verdaderamente dedicado al nacionalismo árabe con toda la convicción de conseguir la libertad? ¿Solamente utilizó a crédulas tribus árabes para perpetuar el imperialismo británico? ¿Es que su historia no fue la de dedicarse a la causa de un pueblo sino la de su obsesión por un amor imposible?

Escape de la fama

La carrera de Lawrence en la posguerra es tan extrañia e intrigante como sus andanzas en la rebelión árabe. En agosto de 1922 el excoronel se enroló en la fuerza aérea inglesa con el seudónimo de John Ross. Se sometió humildemente a la tiranía de los oficiales que lo entrenaron. Cuando la prensa publicó esta autohumillación de Lawrence, fue dado de baja. No pudo hallar empleo porque, como lo confesó casi con alegría, "nadie me ofrece un trabajo lo suficientemente pobre como para que lo pueda aceptar". Se dedicó a recorrer la campiña en motocicleta. Por intervención de amigos, fue readmitido al ejército en marzo de 1923, como soldado raso en la unidad de tanques y bajo otro seudónimo, T.E. Shaw. Dos años después, consiguió ser transferido a la fuerza aérea, donde sirvió como piloto durante los restantes diez años de su vida. El 13 de mayo de 1935, Lawrence aparentemente perdió el control de su motocicleta mientras corría por una curva estrecha al sur de Inglaterra y salió despedido por encima del manubrio. Murió seis días después, por heridas en la cabeza. Antes del accidente, un coche negro pasó en dirección opuesta a la de Lawrence, entonces aparecieron dos niños en bicicleta en una loma frente a él y trató de esquivarlos.

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Lawrence de Arabia

Erudito, arqueólogo, soldado, diplomático y coronador de reyes. T.E. Lawrence fue un hombre de aptitudes múltiples. Sus fabulosas aventuras en los desiertos de Arabia hicieron su nombre legendario y contribuyeron a moldear el destino del Oriente Medio. Treinta libros, una obra de teatro intitulada Ross y la película Lawrence de Arabia se inspiraron en la vida extraordinaria de este hombre. Para Lowell Thomas, que lo conoció en el desierto y que mostró al mundo sus andanzas por primera vez, fue un compañero seductor y genial. He aquí el vívido relato que nos pinta Thomas del gran aventurero; a la izquierda, comienzo de un capítulo de la obra de Thomas.

EL VERDADERO LAWRENCE DE ARABIA

Por Lowell Thomas

Lo vi por primera vez en una populosa calle de Jerusalén durante la Primera Guerra Mundial. Por la polvorienta avenida transitaban mercaderes árabes con sus chilabas y sus vistosos turbante, sacerdotes griegos con sus altísimos gorros negros, turcos barbados con sus pantalones bombachos como globos. Entre el gentío había un hombre de talla menos que mediana que contrastaba violentamente con los demás. Vestía el flotante albornoz de los jeques beduinos y llevaba al cinto el alfanje de los príncipes de la Meca. No obstante, su tez era clara, limpia su barba y azules sus ojos.

Me intrigó tanto su extraña apariencia que quise saber quién era. Nadie parecía conocerlo. Más tarde pregunté por él a Sir Ronald Storrs, gobernador británico de Jerusalén. El gobernador abrió la puerta de un despacho contiguo y ... allí estaba sentado el misterioso extranjero, absorto en un libro de arqueología.

Tengo el gusto de presentarle al coronel T. E. Lawrence, rey sin corona de Arabia- me dijo entre burla y veras, pues supe que eran amigos desde su época de estudiantes en la Universidad de Oxford. El legendario Lawrence de Arabia me estrecho la mano ensimismada.

Hacía ya varias semanas que oía hablar de este misterioso personaje; desde que crucé en avión el desierto del Sinaí para informar acerca de la campaña británica contra los turcos en Palestina. Corría el año de 1917 y los turcos se habían aliado con los alemanes para robustecer su vasto imperio, que entonces abarcaba todos los territorios que hoy constituyen a Siria, Líbano, Iraq, Yemen, Jordania, Israel y Arabia Saudita. Pero los árabes, heridos en carne viva por la dominación turca, habíanse rebelado, y corrían rumores de que un joven oficial inglés (a quien los árabes llamaban El Aurens ) era quién los dirigía contra sus opresores en los desolados desiertos de Arabia.

Parecía extraño que este hombre tímido, casi endeble, pudiera ser el misterioso jefe de los guerrilleros. Solamente después, cuando lo vi galopando audazmente sobre su camello, rodeado de su fiera e impetuosa escolta, pude creer al fin.

EN BUSCA DE UN LIDER ARABE

A poco de nuestra entrevista, me uní a él en el desierto para ver algo de la revolución árabe. Allá, y después en Londres, llegué a conocer a este extraño joven. Aunque era hijo ilegítimo de un barón irlandés, en su campamento del desierto parecía tan árabe como cualquier jeque: vestía como loa árabes, hablaba árabe y montaba y tiraba las armas como un beduino.

Había llegado al Oriente Medio cuando era todavía estudiante de Oxford, y vagó a pie por el desierto investigando la arquitectura de la época de las cruzadas. Después de graduarse formó parte de una expedición que excavó las ruinas hititas en el Eufrates.

Cuando estalló la Primera Guerra, Lawrence quiso alistarse en él ejercito inglés, pero lo rechazaron por su escasa estatura. Más tarde, cuando entró Turquía en la guerra al lado de Alemania, ingresó en el servicio secreto británico con el grado de subteniente. Lawrence había hecho un estudio de la península del Sinaí antes de la guerra, y además entendía los problemas del pueblo árabe y sentía simpatía por él; por lo tanto lo enviaron al cuartel general en El Cairo. Allí irritó a muchos de sus superiores con su actitud de indiferencia hacia la disciplina militar. Saludaba al desaire y mostraba poco respeto por la autoridad. También contrariaba la opinión de ciertos oficiales arguyendo que era posible formar con los árabes indisciplinados una fuerte combativa útil, si se les inflamaba con la idea de la independencia.

En el verano de 1916 los árabes, capitaneados por el jerife Hussein, se levantaron contra sus opresores turcos. Se apoderaron de la cuidad santa de la Meca, pero muy pronto se estancó su embestida. En este punto el cuartel general de El Cairo permitió a su irreverente subalterno que se les uniera. Lawrence encontró a los árabes desmoralizados tras una serie de derrotas. Al cabo de varios días penosos por el desierto llegó a la tienda del Emir Feisal, uno de los hijos de Hussein.

-¿Le gusta nuestro puesto, aquí en Wadi Safra?- le preguntó el moreno y barbado Emir.

-Sí- le respondió Lawrence- pero esta muy lejos de Damasco.

Al oír nombrar a Damasco, la ciudad que una vez fuera centro del poderío árabe, el Emir miró de reojo a sus mal equipadas huestes.

-Me temo que las puertas de Damasco están más lejos que las puertas del Paraíso.

A pesar del aspecto melancólico de Feisal, Lawrence comprendió que era un caudillo astuto en torno al cual se podía reunir mucha gente, y con su asentimiento anduvo de aduar en aduar exhortando a los nómadas a que se unieran en la lucha. A la luz indecisa de las fogatas, el joven subteniente de 28 años les habló de la independencia árabe, y recordó a sus anfitriones beduinos el gloriosos pasado árabe y los incitó a atacar a los turcos mientras peleaban contra Inglaterra y sus aliados.

Poco a poco, las tribus fueron dejando sus viejas rencillas hasta que se unieron bajo las banderas de Feisal. Un renombrado adalid del desierto se llamaba Auda abu Tayi, bravo guerrero de perfil aguileño, casado con 28 mujeres; trece veces había sido herido en otros tantos combates en los que dio muerte a 75 árabes. Los turcos que había matado no se cuidaba de contarlos. Entre todos los moros que conocí por intermedio de Lawrence, este fue mi favorito. Parecía un personaje de Las mil y una noches.

VICTORIA EN EL PUERTO DEL REY SALOMON

Después de varios meses de adiestramiento, Lawrence estaba listo para dar un golpe de consideración con su abigarrado ejército de beduinos. En junio de 1917 los árabes encontraron un destacamento de más de 500 turcos en un valle cercano al puerto de Akaba (la antigua Ezion Gueber, gran base de la armada del rey Salomón ). Con una furiosa carga de camellos arrollaron a los turcos y Lawrence entró en Akaba al frente de sus tropas victoriosas.

El puerto que acababan de tomar estaba en ruinas. No había alimento para los Árabes ni para sus cautivos, a no ser camellos muertos. Lawrence mismo estaba exhausto. En cuatro meses había recorrido cerca de dos mil kilómetros sin comer otra cosa que no fueran dátiles y carne de camello. Pesaba 44 kilos. No obstante, emprendió la marcha a través de la árida península del Sinaí con varios compañeros, y por ella anduvieron 250 kilómetros en 49 horas hasta llegar al canal de Suez.

En El Cairo, se presento Lawrence al general Allenby, que acababa de encargarse del puesto de comandante en jefe británico en Egipto. Allenby decidió al instante apoyar la sublevación árabe con todo empeño y ordenó a Lawrence que regresara con la promesa de enviarle armas, dinero y víveres.

Las imágenes de la metamorfosis: izquierda, el "árabe" Lawrence; a la derecha, el mismo Lawrence, ya concluidas sus aventuras, con moto y una vestimenta militar que manifiestan su verdadera identidad cultural.

UN HOMBRE DE LETRAS DIRIGIENDO ASESINOS

Varios meses después logré darle alcance en campaña y llegué a admirarlo inmensamente. Aunque se decía que era hombre huraño, yo encontré en él un compañero genial y encantador cuando franqueé las puertas de su reserva. Hablaba media docena de idiomas modernos, tan bien como el latín y el griego, y conversaba con asombrosa propiedad sobre cualquier tema...menos uno: siempre que se le preguntaba algo sobre su persona cambiaba de conversación y hablaba de arqueología, religiones, literatura griega, política de Oriente Medio, o de los hombres que lo acompañaban. Siempre atribuía los triunfos alcanzados a los jefes árabes, o a otros oficiales británicos.

Gustaba de la soledad y con frecuencia, mientras el campamento bullía con el ajetreo de los preparativos para alguna acción, lo encontré en su tienda leyendo o escribiendo. Siempre llevaba tres libros consigo: "La antología oxoniense de la poesía ingles", "Morte d’Arthur", de Malory, y un tomo de comedias de Artistófanes, que leía en el original griego.

Aunque erudito y visionario, Lawrence era también un hombre de acción. Recorría descalzo la tierra cubierta de guijarros y las arenas ardientes a fin de endurecerse para las incursiones por el desierto. Sentía el apremio de hacer su endeble organismo más resistente que el de cualquier beduino, y lo logró.

Cierta vez, en una penosa jornada por un desolado trecho del desierto, noto que uno de los camellos andaba sin jinete. Pasó una breve revista y comprobó que un beduino llamado Gasim había caído sin que lo advirtieran sus compañeros. Lawrence les informó que iba a volver a buscarlo. Los árabes protestaron, pero Lawrence fue inflexible; al cabo de poco tiempo encontró al hombre perdido, enloquecido de sed. Lo subió en su camello y lo volvió a reunir con los demás. Aquel acto de heroísmo los dejo muy impresionados.

No obstante, sabía ser duro como un pedernal. Vivía atento siempre para cortar a tiempo los brotes de celos entre las tribus, antes de que corriera la sangre. Una tarde alcanzó a oír un disparo de fusil. Un árabe había matado a otro de una tribu rival. Ante la amenaza de sangrientas represalias, Lawrence se vio en el caso de obrar con rapidez. Condujo al asesino hasta el fondo de una cañada y allí lo ejecutó con su propio revólver.

Lawrence se guiaba siempre por su sutil comprensión de la psicología árabe. Invariablemente actuaba en nombre de Feisal.

Verlo salir de correría era todo un espectáculo. Al frente cabalgaba nuestro joven inglés, figura pintoresca con su tez blanca y sus arreos morrudos; tras él desfilaba su guardia de honor: unos 80 jinetes, la flor y nata del bandidaje de las distintas tribus, pero decididamente fieles a su caudillo inglés.

GOLPES MAESTROS DE ESTRATEGIA

Lawrence pronto comprendió que, en una lucha a pie firme contra los turcos, mejor disciplinados, los árabes llevaban las de perder; pero confiaba en que, si sus hombres se limitaban a lanzar cargas por sorpresa con sus ligeros camellos, podrían no solo igualar, sino aventajar al enemigo.

Su método favorito de ataque era volar trenes de ferrocarril. El mismo solía colocar las minas y luego, agazapado con sus beduinos detrás de las dunas, aguardaba a que apareciera el tren turco. Cuando empujaba el pistón disparador, retumbaba la explosión como bramido en el silencio del desierto, el tren descarrilaba y los beduinos se precipitaban sobre los despojos humeantes, ávidos de matanza y botín. Durante los 18 meses de campaña dinamitaron 79, entre trenes y puentes.

En una ocasión cerca del Mar muerto, no lejos del sitio donde estaban las ciudades de Sodoma y Gomorra; encontraron unos barcos turcos, sus hombres se lanzaron sobre ellos como piratas y tomaron 60 prisioneros. Probablemente la única vez en la historia que se gana una batalla naval con caballería.

La antigua ciudad de Petra, que en otros tiempos se resistió a Alejandro fue usada por Lawrence, como escenario de una cruenta batalla. Sus conocimientos de arqueología hicieron que dominara el terreno palmo a palmo. Desde sus gargantas de lava, emboscaron a 7000 turcos. Desde los templos y mausoleos dirigieron su mortífero fuego sobre los turcos acorralados en el desfiladero.

TORTURA Y VENGANZA

Tras una serie de triunfos, el joven subteniente fue llamado al el Cairo y ascendido a teniente coronel. Le ofrecieron honores y trato de eludirlos. Una vez en El Cairo, al saber que iban a condecorarle, apresuradamente tomó un avión y se volvió al desierto. El capitán Pisani, comandante de una unidad francesa que lo asistía, quería otorgarle la Croix de Guerra, pero Lawrence se le escurría. Por fin Pisani hizo rodear la tienda donde Lawrence estaba desayunándose una mañana y, por la fuerza, le impuso la condecoración en el pecho.

Una vez, andando solo por Deraa, una plaza otomana, fue detenido. Los turcos ni sospechaban que aquel hombre pequeño era el líder de la revolución. Y fue salvajemente torturado, y arrojado a las calles. Los sufrimientos y humillaciones le produjeron un notable cambio en su espíritu. Se tornó taciturno y áspero, y de una temeridad casi suicida en el combate. Pero ya tomaría terrible venganza de sus verdugos en Derra. A fines de 1918, mientras Allenby arremetía desde Palestina, Lawrence, con un millar de árabes y 200 soldados ingleses y franceses, lanzaba una serie de ataques contra Deraa. Ya tenía armas suficientes, carros blindados y hasta aviones británicos a su disposición. Los turcos abandonaron finalmente la ciudad sitiada y Lawrence avanzó con los suyos persiguiendo la guarnición que se batía en retirada hacia Damasco, al norte.

Exhausto por las heridas y el cansancio, Lawrence perecía el genio de la venganza, casi no durmió hasta que destrozo a las columnas turcas que huían.

ENTRADA TRIUNFAL EN DAMASCO

En un claro amanecer del desierto entró Lawrence en Damasco. La antigua ciudad se hallaba repleta de Árabes ebrios de entusiasmo. La población delirante arrojaba sobre Lawrence y sus jefes pañuelos de seda y flores. Fue aquel un momento embriagador para el joven inglés que acababa de cumplir 30 años. Había acabado con la enemistad entre las tribus nómadas para unirlas en lucha contra los opresores turcos... cosa que no habían logrado califas y sultanes en un esfuerzo de muchos siglos.

Pero su regocijo fue fugaz. Como delegado de Feisal emprendió la formación del gobierno de la ciudad, mas los árabes volvieron a dividirse en belicosas facciones; Damasco se convirtió en un hervidero de intrigas; tramaban botines y asesinaban a mansalva a civiles turcos.

Lawrence no pudo hacer nada. Había llegado al borde de su ruina física y espiritual. Estaba agotado por dos años de increíbles padecimientos, hastiado del desierto, asqueado de ver tanta sangre. Al fin estalló la crisis.

Allenby, se hizo cargo de la situación y Lawrence salió para Londres. "Esta vieja guerra se está acabando, ya no me necesitan"

EN BUSCA DE UN RINCONCITO APARTADO

Pero sus servicios la causa árabe no habían terminado. El armisticio se declaró apenas llegó él a Londres y la Conferencia de Paz se inauguró en París en enero de 1919. En la guerra del desierto Lawrence había prometido a los árabes completa independencia; mas los británicos y los franceses deseaban establecer zonas de influencia en las tierras recién liberadas. Cuando el Emir Feisal llegó a París, Lawrence se unió a él como su consejero e interprete.

Cierta vez le pidieron a Feisal en un banquete que respondiera un brindis muy florido y, no sabiendo que responder, se volvió a Lawrence y le susurró al oido: "No se me ocurre nada, así que voy a recitar un pasaje del Corán. Como nadie sabe árabe aquí. Puede decirles cualquier cosa".

El auditorio quedó muy impresionado con el aire convincente de Feisal, y con la traducción de Lawrence, que fue una erudita disquisición sobre la unidad de los árabes y sus aspiraciones de libertad.

Con todo, los diplomáticos británicos y franceses no abandonaron sus pretensiones, y Lawrence salió para Inglaterra preocupado por lo que él consideraba una traición a los árabes. Cuando el rey Jorge V lo quiso nombrar caballero, declinó el honor. Volvió a su casa de Oxford. Después de años de lucha e inquietudes sólo quería paz y sosiego, un rincón apartado. Desde donde perderse silenciosamente.

LA IRRITANTE PUBLICIDAD

Sin quererlo, fui yo la causa de que volviera de su retiro. Después de la guerra volví a los Estados Unidos e inicié una serie de conferencias sobre Lawrence, ilustradas con películas que había tomado de sus campañas en el desierto. Después me invitaron a presentarlas en Londres. Con gran sorpresa descubrí que Lawrence era casi desconocido en su propia tierra. El público inglés sabía poco de lo sucedido en la guerra de Palestina, y mucho menos de las campañas del desierto y del papel que representó en ellas el erudito y joven coronel. Cuando los ingleses oyeron la historia, Lawrence adquirió renombre nacional de la noche a la mañana.

Una de las primeras cosas que hice al llegara Inglaterra fue buscar a Lawrence. Nadie tenia idea donde estaba. Hasta que él mismo se contactó conmigo.

Pocos días después vino a visitarme. Vivía solo en Oxford, en una modesta habitación de alquiler, pues había conseguido una pensión de la Universidad. Pero me di cuenta que ni siquiera la relativa tranquilidad de Oxford la iba a poder conservar.

Hacia el año 1921 los resultados de la conferencia de Paz de París de dejaron trágicamente. Furiosos los árabes por la presencia inglesa en su tierra, amenazaron a todo Oriente con tumultos y levantamientos. Winston Churchill, entonces ministro de Colonias, llamó a Lawrence y lo persuadió a que asistiera a una conferencia en El Cairo enla cual se esperaba llegar a un arreglo.

En Egipto, Lawrence y Churchill devolvieron la Paz al mundo árabe. Las tropas británicas regresaron a París; y el Feisal fue coronado rey de Iraq, y su hermano empuño las riendas de Transjordania.

LOS SIETE PILARES DE LA SABIDURIA

De vuelta a Inglaterra, Lawrence inició la última parte de su obra sobre la revolución árabe. En casa de un amigo suyo, se encerró en un desván helado a trabajar sin descanso.

Corría el invierno y el cuarto no tenía calefacción. Se ponía el traje de aviador forrado de piel y así solía trabajar hasta las primeras horas de la madrugada, cuando salía a comer. Los únicos restoranes abiertos a esa hora eran los de la estación del ferrocarril.

El libro Los siete pilares de la sabiduría le costó inauditas angustias y zozobras. Le dedicó todos sus días y noches, "hasta quedar casi loco y ciego", dijo. Quedó al borde de la desesperación y el agotamiento, mas de una vez pensó en quitarse la vida. Al mismo tiempo me ayudaba a componer el libro que yo escribía "Con Lawrence en Arabia", respondiendo a mis preguntas con muchos detalles... pero rara vez decía una palabra sobre sí mismo.

En agosto de 1922 trató de eclipsarse alistándose en la Real Fuerza Aérea bajo el nombre de Ross. Como aviador pensó encontrar la paz. Poco después termino su obra. Se imprimieron solo ocho ejemplares reservadamente. Envió uno a George Shaw quien alabo su magna obra.

Un día un periódico de Londres reveló su identidad y el aviador Ross de nuevo comenzó el ciclo de notoriedad. Esto obligó a la Fuerza Aérea a licenciarlo. Se alisto ahora en la R.A.F. como simple soldado y compró una motocicleta para dar solitarios viajes alrededor de la campiña. Finalmente editó su libro con 212 ejemplares. Después de siete años de constante escribir y corregir. Su libro fue aclamado por los críticos como una obra maestra. H. G. Wells lo llamó "un gran documento humano".

SU NOMBRE VIVIRA EN LA LEYENDA

Mientras estuvo de servicio en la India, Lawrence encontró al parecer, la tranquilidad que buscaba. Lo destinaron a una humilde guarnición cerca de Afganistán. Allí se ocupaba haciendo trabajos de oficina y emprendió una traducción de la Odisea de Homero.

Sin embargo, pronto todo cambió. Estallo una rebelión en Afganistán y los soviéticos acusaron a Lawrence de haberla fomentado. La R.A.F., lo hizo volver a Inglaterra y dado de baja. Se retiro a Clouds Hill, su cabaña. A dos meses escasos, yendo a gran velocidad por la campiña en una motocicleta, tuvo que virar rápidamente para evitar atropellar a dos niños que iban en bicicleta. Al frenar de repente, la motocicleta patinó, Lawrence salió disparado y murió instantáneamente.

Un día gris y brumoso de mayo lo enterraron en un pequeño cementerio de los alrededores de Dorset. Iban al lado del féretro famosas figuras que habían hecho con él la campaña al desierto, y los soldados rasos que lo conocieron personalmente.

Rindiéndole homenaje los grandes y desconocidos. Una niña de lilas con una tarjeta que decía": A T.E.L., que debería reposar entre los reyes". Churchill dijo: "Con el coronel Lawrence hemos perdido uno de los seres más grandes de nuestro tiempo. Su nombre vivirá en las letras de Inglaterra; vivirá en los anales de la guerra; vivirá en las leyendas de Arabia". (*)

(*) Fuente: Artículo publicado en la Revista Selecciones del Reader’s Digest, en Octubre de 1964.


La cuestión humana

La pesadilla eterna
Investigaciones

El desarrollo de una determinada investigación, el proceso que lleva a un personaje a la resolución de un misterio, es, sin duda, uno de los armazones más recurrentes en la historia de las artes narrativas, incluida en la del cine, por supuesto, en donde resulta fundamental en géneros como el cine negro, evidentemente, pero también de otros como diversas variantes del cine fantástico, el cine de espías o en otros muchos subgéneros. La fertilidad de semejante estructura proviene en muy buena medida de los paralelismos entre la actividad del espectador y la de ese interlocutor privilegiado de este último en que se constituye el susodicho investigador —cuya más adecuada figura, pero no la única, es la del detective privado—. El trayecto que recorre éste en el interior del relato a la búsqueda de la aclaración del misterio no es muy diferente, pues, del que efectúa el espectador desde fuera del relato, a la busca también de la solución del misterio que cualquier relato, de una forma u otra, contiene.


Una de las múltiples rupturas que inicia la película germinal por antonomasia, Ciudadano Kane (Citizen Kane. 1941), es la que afecta a estos procesos paralelos, el del relato y el de nuestro representante en su interior. En Ciudadano Kane un periodista inicia una exhaustiva indagación cuyo objetivo es saber quién era realmente Charles Foster Kane, pesquisa para la que parte de una clave que, se presupone, encierra el secreto de su existencia. Esta investigación resultará finalmente estéril, aunque esa otra que efectúa, en paralelo, el propio relato sí nos proporcionará el sentido de la misteriosa palabra que pronuncia, antes de morir, el magnate.

La cuestión humana también está guiada por una investigación, la que emprende Simon Kessel, psicólogo de Recursos Humanos en una gran empresa con sucursal en París, para esclarecer los motivos del extraño comportamiento que en los últimos tiempos está manifestando uno de sus más antiguos directivos, Mathias Jüst, y aquélla acaba conduciendo, como en la obra de Welles, a la infancia: Jüst, ya en su vejez, es martirizado hasta la locura por los recuerdos de infancia, relacionados con la participación de su padre en los campos de concentración. Si en Ciudadano Kane la infancia simboliza, en último término, el Paraíso Perdido, en La cuestión humana representa todo lo contrario, el infierno reencontrado, el pavoroso hallazgo con la Bestia que creíamos muerta. Como la película de Welles, la de Nicolas Klotz se acoge a la arquitectura narrativa del cine negro, pero en esta ocasión para acabar en una película de terror: el relato se desliza progresivamente hacia un ominoso paisaje de pesadilla, hacia un tono imparablemente alucinado, el filme va oscureciéndose y enturbiándose progresivamente, y visualmente se acoge en muchos momentos a la recreación de cierta atmósfera gótica —un momento muy revelador, en este sentido, es aquél en que Simon lee a la luz de su mechero una de las cartas que le conducen irremediablemente al encuentro con el mayor de los horrores—. La cuestión humana, pues, efectúa un fructífero maridaje entre el cine negro y uno de los rasgos más frecuentes del mejor cine fantástico, aquél que desvela los horrores que se esconden bajo la más apacible cotidianeidad —el carácter de zombis, de muertos en vida, que asumen todos los personajes de La cuestión humana, no es ajeno a este furtivo tono fantástico que, con discreción, se apropia de la película—. Así, una de las diferencias más significativas entre La cuestión humana y el ilustre precedente —que es sólo uno de los muchos que se podrían señalar— que constituye la película de Orson Welles, afecta a la muy distinta naturaleza de este esquema narrativo: si en Ciudadano Kane es una simple excusa con que organizar un relato poliédrico, no interesando realmente a Welles el encargado de dicha investigación, uno de los aspectos más productivos de La cuestión humana se deriva —en connivencia con obras como El corazón de las tinieblas, o su adaptación al cine por parte de Francis Ford Coppola— de uno de los elementos más fascinantes del mejor cine negro —o previamente de la literatura policíaca—, la de cómo la inmersión en los substratos más oscuros de la realidad modificará irreversiblemente al propio investigador, la final identificación entre perseguidor y perseguido. Tanto en este aspecto como en el descenso a los infiernos que conlleva el relato, en el progresivo tono onírico del mismo, La cuestión humana me ha hecho recordar, insospechadamente, El corazón del ángel (Alan Parker. 1987). Lo que separa a ambos films, sin embargo, y no es poco, es lo que distancia a una película honesta, incluso en sus errores, de un artefacto esencialmente tramposo, incluso en sus aciertos.

Auschwitz era una fábrica

La proposición más evidente de la película, pero también probablemente la menos interesante, es la que hermana los mecanismos de funcionamiento interno de una gran empresa y los propios del nazismo, y en concreto de lo que se llamó obscenamente “la Solución Final”, la que sugiere que entre el Holocausto y la selección de personal en una gran empresa las diferencias son sólo de grado —el procedimiento es el inverso, para llegar a un mismo fin, que el de, por ejemplo, una película como Garaje Olimpo (Marco Bechis. 1999), que ya mostraba los más terribles actos de tortura y muerte durante la dictadura militar argentina como las rutinas propias de cualquier empresa, como una burocracia más—: La cuestión humana certifica que, remitiéndonos al título de este epígrafe, Una fábrica es Auschwitz—. Que los grandes Fascismos del siglo pasado se sustentan en una multitud de pequeños fascismos cotidianos —lo que en una conocida expresión Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal”—, que estos permanecen en la actualidad igual de vigentes que entonces, constituyen los fundamentos ideológicos de la película, escasamente originales y que casi nadie discute ya. En la penúltima secuencia de la película, cuando Simon por fin habla con Arie Newman, el personaje que le ha estado mandando una serie de cartas anónimas, se verbaliza más explícitamente este mensaje, en la que es probablemente la escena más cuestionable del filme, por excesivamente discursiva. Lo cierto es que La cuestión humana no es, a pesar de su gran interés, un film perfecto, pero pocas veces esta imperfección ha resultado más coherente, pues precisamente la película se constituye en una contundente diatriba de la inhumana búsqueda de la perfección. En un momento de la película un personaje afirma que “el perfeccionismo esconde un terrible miedo al vacío” y Klotz parece asumir las implicaciones de este aserto en un filme que se ubica en el quicio mismo del vacío.


No es extraño, pues, que La cuestión humana concluya con una pantalla en negro, ante la constatación de que lo que es innombrable es también irrepresentable, que una experiencia como ésta, irreducible a las palabras, también lo es a las imágenes. Es el resultado lógico de la denuncia de los usos falsarios del lenguaje que ha realizado la película, de la identificación que ha puesto de manifiesto entre el lenguaje de las SS usado para describir sus macabras actividades de exterminio y las de la política interna de una multinacional. Pero la reflexión podemos llevarla más allá. Un episodio tan abrumador como el del Exterminio en realidad nos plantea un asunto epistemológico de mayor calado: en qué medida el lenguaje, cualquier lenguaje, es una traición de la terrible experiencia de la Shoah. ¿Cómo expresar con la racionalidad del lenguaje la apoteosis de la irracionalidad? Pues de ninguna manera, parecen decir Klotz y Elisabeth Perceval, su habitual guionista. Para ellos, la única opción es la de despojar al lenguaje de sus componentes discursivos para reducirlo a su función meramente nominativa: sobre la pantalla en negro final escuchamos, sencillamente, los nombres de algunas de las víctimas de aquel horrible momento de la Historia.

El lenguaje es en La cuestión humana, pues, tan sólo la culminación de un enmascaramiento generalizado, que afecta a todos y a todo. El recorrido que va a realizar Simon en su investigación es el de un progresivo y múltiple desenmascaramiento. El psicólogo inicia el viaje en un mundo dominado por una sistemática mascarada, como ya vaticinan las numerosas máscaras que decoran el despacho de Karl Rose, el hombre que le encomienda a Simon la misión que acabará transformándolo irreversiblemente. Y progresivamente este viaje al averno le va a llevar a escarbar en las superficies para desvelar todos los horrores que esconden, a sacar a la luz todo lo sórdido que habita bajo la impoluta fachada de su empresa y de sus superiores —otra imagen parece anunciarlo: en los primeros minutos de la cinta, Klotz muestra a varios de los trabajadores de la empresa, incluido el propio Simon, elegantemente vestidos, orinando en los urinarios—. Si en diversas ocasiones el tormento irreprimible de Jüst es descrito como el de una Odisea, el trayecto de Simon adquiere unas indudables resonancias órficas: el encargo que recibe lo va a encaminar al mismo infierno —no falta, incluso, mediado su viaje, una alusión a la barca de Caronte, surcando la noche—, para descubrir finalmente, espantado, que ya vivía en él.

La música juega un papel trascendental en la película

Más allá de que ésta cumpla la obvia función de definir a cada uno de los personajes a través de la música que escucha, más profundamente su rol es esencial para expresar una idea más subterránea que recorre todo el film: la honda soledad que hay detrás de las relaciones humanas, la imposibilidad del contacto real con el otro. Si la excusa de la investigación de Simon es un cuarteto musical disuelto, incapaz de encontrar la armonía entre sus heterogéneos miembros, una unidad musical, el tiempo libre lo ocupa Simon en unas raves que parecen un oscuro ritual organizado por un grupo de sonámbulos con el fin de celebrar la apoteosis del autismo, y en las que por fin es posible, amparados en este autismo generalizado, despojarse por unos momentos de las máscaras; incluso una de las cartas que lee Simon en que se describen los métodos nazis está escrita sobre una partitura musical, como si las palabras de la barbarie hubieran apagado las de la música.


“No es fácil narrarlo cronológicamente”, dice al principio de la cinta la voz en off de un Simon que apenas ha comenzado a zambullirse en la siniestra tarea que se le ha confiado. Y es comprensible esta dificultad: La cuestión humana, de forma sutil pero insidiosa, lleva a cierta disolución de un concepto tan difuso como el del tiempo, funcionando con frecuencia la película como si todos los tiempos estuvieran simultáneamente en uno, como si el pasado y el presente fueran la misma cosa, al modo de la corteza de los árboles que contienen el registro de todas las fases de su existencia. O al menos a relativizarlo, a impugnar una teleología ingenua, en la medida en que algunos acontecimientos permanecen indelebles a lo largo de la historia, sus huellas jamás son borradas, sobreviven aunque sea mudando de rostro. La evolución histórica, en todo caso, lo único que lleva a cabo son enmascaramientos diferentes de la absoluta abyección que la atraviesa desde siempre. Como hace Claude Lanzmann en la imprescindible Shoah (1985), La cuestión humana reniega de una posible reconstrucción de la Historia, de la falacia de pretender representar el Pasado.Ya constató Jorge Luis Borges que “el tiempo, si podemos intuir francamente esa iden­tidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo”. No otro es el propósito que subyace en las turbadoras imágenes de La cuestión humana, una película cuya huella, a buen seguro, tampoco se borrará fácilmente.

[1] Ver Vicente Sánchez-Biosca, “HIER IST KEIN WARUM. A propósito de la memoria y la imagen de los campos de la muerte”, en La memoria de los campos, Arturo Lozano Aguilar (Coord), Ediciones de la Mirada, Valencia, 1999; pág. 18, n. 9.

[2] Lo que no resulta nada extraño: Nicolas Klotz dirigió en los inicios de su carrera una serie de documentales sobre varios músicos.

Marcelo 08 dic.2008 sacado de miradas.net