Oliver Reed


Primeros años [editar]

Nacido en Wimbledon, Londres, hijo del periodista deportivo Peter Reed y su esposa Marcia. Fue el sobrino del director de cine Carol Reed y el bisnieto del actor y director de teatro Herbert Beerbohm Tree, cuya esposa se llamaba May Pinney Reed. Además era también descendiente directo del rey inglés Guillermo IV y de su esposa, la actriz Dorothy Jordan. Oliver fue disléxico en su infancia y fue expulsado de varios colegios privados. Participó en el día de los deportes del Ewell Castle School, donde ganó varias trofeos. Después se fue de fiesta con las copas en una bolsa. Cuando al amanecer del día siguiente volvía de la fiesta a casa, fue detenido por la policía por supuesto robo de trofeos. Su padre tuvo que viajar para explicar que él era un buen deportista.

Trayectoria como actor [editar]

Empezó en el mundo de la actuación participando como extra en varias películas de los años 50 y nunca antes había estudiado en ninguna academia de arte dramático, ni tenía experiencia en teatro. Era gran admirador de Errol Flynn. Sus primeros papeles destacados fueron en películas de la Hammer, como Zafarrancho en la marina, Las dos caras del Dr. Jekyll (ambas de 1960), La maldición del hombre lobo (1961), El alucinante mundo de los Ashby y The Dammed (ambas de 1963). Su primera colaboración con el director Ken Russell fue en 1965 haciendo el papel de Claude Debussy, después del cual llegaría su famoso rol en la película Mujeres enamoradas (1969), en la cual sale luchando desnudo con Alan Bates; en 1971 participó en la controvertida película Los demonios y cuatro años después en el musical Tommy, basado en el disco de The Who, Tommy. En esta última película también participó el cantante de la banda británica, Roger Daltrey. Entre el periodo de películas con Ken Russell, hizo de Bill Sikes (protagonista de la novela de Charles Dickens, Oliver Twist), en el musical basado en la película de su tío Carol Reed, también llamdo Oliver!. Con el director Michael Winner realizó El sistema (1964) y El último obstáculo (1969).

Hizo de Athos en la trilogía sobre la novela de Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros, en las películas Los tres mosqueteros (1973), Los cuatro mosqueteros (1974) y El retorno de los mosqueteros (1989). En 1977 participó en El príncipe y el mendigo como Miles Hendon, acompañado de Raquel Welch, y dos años después volvió al horror en Cromosoma tres, en el papel del Dr. Hal Raglan. Al año siguiente participó en un pequeño pero vital papel, en The big sleep, solo porque quería aparecer junto con su admirado Robert Mitchum.

En los años 80 la carrera de Reed bajó, aunque hizo papeles notables como el del General Rodolfo Graziani, en la película sobre la Segunda Guerra Mundial El león del desierto (1981), junto con Anthony Quinn, y la también histórica Clash of Loyalties, la cual trata sobre la revolución en Iraq contra los británicos en 1920, donde realiza el papel de un General británico. Sus últimos mejores papeles fueron en las películas Las aventuras del Barón Munchausen (1988), haciendo del dios Vulcano, La isla del tesoro, como el capitán Billy Bones, Los comediantes (1995) y su última película Gladiator (2000), en el rol de Próximo, en cuyo rodaje murió. A causa de su muerte la compañía tuvo que gastarse 3 millones de dólares para recrear su cara digitalmente para la última escena.

Cuando el gobierno del Reino Unido subió los impuestos de ganacias personales, Reed inicialmente declinó en exiliarse a Hollywood o a otros países con impuestos menos severos. Durante este tiempo el se declaró como "Mr. England" y rechazó grandes papeles en películas como El golpe (1973) y Tiburón (1975). Sin embargo en el obituario del Dayly Telegraph anotaba que a finales de los años 70 finalmente se vio obligado a llevar su dinero a las Islas del Canal donde obtenía mayor benefios fiscales.

Oliver Reed pudo haber protagonizado el rol de James Bond. En 1969, los productores Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, reemplazaron a Reed por Sean Connery, a causa de su mala reputación pública y de sus desmanes alcohólicos. Posteriormente se ha dicho que fue una gran oportunidad perdida, por haber sido una de las mejores películas británicas después de la Segunda Guerra Mundial.

Vida personal [editar]

En 1959 se casó con Kate Byrne, y tuvieron un hijo, Mark, antes de su divorcio en 1969. También convivió con la bailarina Jackie Daryl, con la que tuvo una hija, Sarah. En 1985 se casó de nuevo, ahora con Josephine Burge, con la que estuvo hasta su muerte.

Alcoholismo [editar]

Oliver Reed fue famoso por sus excesivas borracheras, que adoptó de la actitud "social" de muchos equipos de rugby de los 60 y 70, y eran numerosas las anécdotas de Reed y de sus 36 amigos, como en la que bebieron hasta el amanecer 36 jarras de cerveza, 32 botellas de whisky escocés, 17 botellas de ginebra, cuatro cajas de vino y una botella de Babycham. También uno o dos días antes de casarse con Josephine Burge, él bebió 106 pintas de cerveza. Steve McQueen contó que en 1973 había viajado hacia el Reino Unido para discutir con Reed, el proyecto sobre una película. Steve fue invitado por Reed a salir por los pubs de Londres; la juerga acabó cuando Reed vomitó encima de McQueen.

Reed apareció frecuentemente en televisión en estado de embriaguez como en la vez en la que fue forzado a irse del programa del canal Channel 4, After Dark, por ir bebido y por intentar besar a la feminista Kate Millet. En otra ocasión se bajó los pantalones durante una entrevista.

Fue más feliz en compañía de gente humilde y anónima que con gente rica y famosa, aunque uno de sus grandes amigos fue el batería de The Who, Keith Moon.

En sus últimos años, podía ser visto frecuentemente bebiendo junto con su mujer Josephine, en el bar White Horse Hotel en the High Street en Dorking, Surrey. Tuvo que vender su gran casa 'Broome Hall', entre los pueblos de Coldharbour y Ockley, algunos años antes.

Muerte [editar]

Murió repentinamente de un ataque al corazón en la capital de Malta, La Valletta, durante el rodaje de su última película, Gladiator, después de haber bebido tres botellas de ron jamaicano, ocho botellas de cerveza alemana, numerosos whiskies dobles y haber retado a echar pulsos a cinco jóvenes marinos ingleses de la Royal Navy, en el bar "The Pub" (después de este hecho se le llamó "Ollie's Last Pub", "El último pub de Ollie"). Su funeral se realizó en Buttevant, County Cork, Irlanda. La canción "Consider Yourself" de Oliver! fue tocada en su funeral.

Enlaces externos [editar]


OLIVER REED ERA DEMASIADO GRANDE PARA ESTE MUNDO


"Algún día, cuando futuros antropólogos exhumen el espíritu de nuestra época, cuando reconstruyan lo que salió mal, lo que desvió el camino correcto, sin duda se remontarán hasta el 2 de mayo de 1999 para situar nuestro desmoronamiento. El día que murió Oliver Reed. No era simplemente un actor de serie B, era el último camorrista. Y desde entonces todo ha ido cuesta abajo. Oliver Reed murió en la isla de Malta después de beber más que toda la armada británica junta. Se había tomado diez jarras de cerveza y más de doce copas de ron, y estaba echando pulsos con los marinos de la fragata Cumberland de la armada de su majestad. Los invitó a una ronda tras otra, pero no pudieron seguirle el ritmo. Los marinos se rindieron y, derrotados, se marcharon tambaleándose. Y Oliver Reed murió victorioso. Murió en el suelo de un bar de Malta, y su último adiós, su regalo de despedida, fue la cuenta que dejó a los marinos: los más de setecientos dólares que había costado la juerga. En esto fue quien rió último. Coincidí una vez con él. En Manila. Un par de gorilas estaban echándolo de un burdel, y yo me lo llevé a rastras para evitarle una paliza. Vagamos por las calles hasta el amanecer, él y yo, y cantamos y nos reímos y bebimos hasta que salió el sol. Sólo estuve con él aquella noche., y también me endosó a mí la cuenta, más de cuarenta pavos. Bebimos muchísimo esa noche. Brindamos por la descarnada, por la parca. “Por la Muerte. Por mantener interesantes las cosas”, dijo Ollie. (…) La vida se le quedaba corta y le daba miedo la muerte. “Prefiero morir en una reyerta de bar a morir en la sala de cáncer terminal de un hospital” Ollie tenía agarrada a la vida. Agarrada por la garganta. La sacudió hasta hacerla sangrar. (…) Oliver Reed era demasiado grande para este mundo. (…) Aquella noche en Manila cerramos la ciudad. Era como un elefante macho desbocado, con agujeros en la chaqueta y un extraño y desenfrenado júbilo en la mirada. Se iba continuamente por las ramas. Desafiaba a pelear a su sombra. Se salpicaba la cara de ron y proponía el matrimonio a las chicas de barrio. Y cuando lo saqué a rastras de otro altercado, le dije “Ollie, eres un un condenado alborotador”. Y él dijo: “¡No! Te equivocas. No soy un alborotador. Soy un camorrista. Y hay una gran diferencia. Los alborotadores acaban convertidos en sacerdotes, políticos, reformadores sociales. Siempre están entrometiéndose en la vida de los demás. Los camorristas no se entrometen. Rugen y braman, y celebran la vida y lamentan su brevedad. Los camorristas sólo se destruyen a sí mismos, y lo hacen porque aman la vida demasiado para quedarse dormidos”. (…) ¿Sabía que llevaba un gallo tatuado en la polla? Pues sí. Así es. ¿O que había follado en la pista central de Wimbledon? Una vez acabado el torneo, claro. ¿Sabía que fue la primera persona en decir “fuck” en una película? ¿Lo sabía? ¿Sabía que Oliver Reed descubrió el sentido de la vida?"

Fragmento adaptado (en realidad es un diálogo) de Happiness TM de Will Ferguson. Si Oliver Reed estuviera vivo (cosa improbable) hoy hubiera celebrado (a su estilo) su 69 cumpleaños .


Boris.

Georges Simenon








Entrevista concedida por Trotsky a Georges Simenon


6 de junio de 1933. Entrevista concedida por León Trotsky a Georges Simenon. Die Nieuwe Weg (EI Nuevo Rumbo, periódico del Partido Socialista Revolucionario de Holanda, volumen 8, 1933. Traducido [para la edición norteamericana de los Escritos de Trotsky] por Russell Block. El novelista belga Simenon, que entonces tenía treinta años y era corresponsal especial de Paris-Soir y Voila, fue a Prinkipo para solicitar una entrevista a Trotsky, pensando utilizarla en un libro que estaba escribiendo acerca de varias personas prominentes y las nuevas tendencias de la política mundial. Trotsky aceptó la entrevista y sugirió que Simenon le formulara las preguntas por escrito. Simenon lo hizo, pero aclarando que le resultaba difícil formular preguntas precisas y que lo que más le interesaba era que Trotsky opinara sobre "los nuevos grupos humanos que surgen en esta época de turbulencia". Cuando se reunieron en la casa de Trotsky el 6 de junio de 1933 entregó sus respuestas escritas y luego sostuvieron una conversación. La última parte de la entrevista, que incluye una parte de la conversación se transcribe de Paris-Soir, donde la entrevista se publicó por primera vez. (Escritos de Trotsky, Tomo IV, vol. 2, 1932-33, Ed. Pluma, Bogotá, 1976, tr. de Alba Neira y Daniel Acosta).

Georges Simenon:
¿Cree usted que el problema racial será un factor de primera importancia en la determinación de los acontecimientos que sucederán al período actual de turbulencia social? ¿Lo será el problema .económico? ¿El problema social? ¿El problema militar?

León Trotsky:
No, de ninguna manera creo que el problema racial será determinante en el período próximo. La raza es un factor puramente antropológico: heterogéneo, impuro, una mezcolanza (mixtum compositum). La historia se valió de ese material para crear las naciones,. productos semiacabados…El destino de la nueva era estará determinado por las clases, los agrupamientos sociales y las corrientes políticas que se basan en las mismas. De ninguna manera niego la importancia de las características y diferencias raciales, pero creo que resultan superadas por la tecnología del trabajo y por el pensamiento. La raza es un elemento pasivo y estático, la historia es dinámica. ¿Cómo es posible que un elemento relativamente fijo determine la acción y el desarrollo? Todos los rasgos que distinguen a las razas desaparecen ante la máquina de combustión interna, ni qué hablar de la ametralladora.

Cuando Hitler se preparaba para implantar una forma de gobierno adecuada a la raza germánica del norte no se le ocurrió nada menos que plagiar a la raza latina del sur. Mussolini, en la época en que luchaba por el poder, utilizaba la teoría social (sí bien poniéndola patas arriba) de un alemán, el judío alemán Marx, al que uno o dos años antes aún llamaba "'nuestro maestro inmortal". Ya que hoy, en pleno siglo XX, los nazis se proponen ignorar la historia, la dinámica social y la cultura para referirse a la "raza", ¿por qué no dar un paso más atrás? ¿Acaso la antropología no es parte de la zoología? ¿Quién sabe sí los racistas no irán a buscar las inspiraciones más elevadas para su obra creadora en el reino de los antropoides?

Georges Simenon:
¿Puede considerarse que el conjunto de dictaduras constituye el comienzo de un reagrupamiento de los pueblos, o será sólo un fenómeno pasajero? ¿Qué ocurre con el conjunto de democracias occidentales?

León Trotsky:
No comparto el criterio de clasificar las naciones en democracias y dictaduras. Exceptuando a una reducida capa de políticos profesionales, las naciones, pueblos y clases no viven de la política. Las formas de gobierno son simplemente los medios para realizar tareas específicas y principalmente económicas. Naturalmente, una cierta similitud en las formas estatales favorece la comparación. Pero en última instancia lo decisivo son las consideraciones materiales: los intereses económicos y los cálculos militares.

Georges Simenon:
¿Cree usted que es posible avanzar dejándose llevar por la corriente, o cree que es necesario que se produzca una conmoción violenta?

León Trotsky:
¿Considero que el grupo de dictadores, tanto fascistas (Italia, Alemania) como cuasi-bonapartistas (Polonia, Yugoslavia, Austria) durará poco? Desgraciadamente, no puedo compartir un pronóstico tan optimista. El fascismo no es producto de la "psicosis" o de la "histeria", (como gustan consolarse los teóricos de salón al estilo del conde Sforza),(1) sino de una profunda crisis económica y social que carcome implacablemente las entrañas de Europa. Esta crisis cíclica indudablemente dará lugar a un reanimamiento coyuntural, aunque la recuperación será menor de lo que se supone. La situación global de Europa no mejorará mucho. Después de cada crisis, las empresas más pequeñas y débiles se debilitan aun más; las más fuertes se fortalecen. En comparación con los gigantes económicos estadounidenses, la Europa fragmentada aparece como una combinación de empresas pequeñas, recíprocamente hostiles. La situación actual de Europa es muy difícil; el mismo dólar está de rodillas. Sin embargo, a consecuencia de la crisis imperante, la relación mundial de fuerzas cambiará a favor de Norteamérica y en detrimento de Europa.

El hecho de que el viejo continente en su conjunto pierda la posición de privilegio que otrora ocupó, provoca una tremenda agudización de los conflictos entre las naciones europeas y entre las clases de dichas naciones. Es evidente que ese proceso alcanza distintas tensiones en cada país; pero me refiero a una tendencia histórica general. En mi opinión, el incremento de las contradicciones sociales y nacionales explica el surgimiento y la relativa estabilidad de las dictaduras.

Para aclarar mi idea me tomaré la libertad de referirme a la respuesta que di hace algunos años a la siguiente pregunta: ¿Por qué la democracia dará lugar a la dictadura, y por cuánto tiempo? Permítame citar textualmente un artículo del 25 de febrero de 1929:

"Se suele decir que en estos casos se trata de naciones atrasadas o inmaduras. Esta explicación no es muy adecuada para Italia. Pero aun cuando resulte adecuada, no explica nada. En el siglo XIX se consideraba una ley que los países atrasados ascendieran hacia la democracia. ¿Por qué, entonces, el siglo XX los lleva por el camino de la dictadura?... Las instituciones democráticas se muestran incapaces de soportar las presiones de los antagonismos contemporáneos, ya sea internacionales, nacionales, en la mayoría de los casos ambas cosas a la vez. ¿Es esto bueno o malo? Sea como fuere, es un hecho.

"Si hacemos una analogía con la electricidad, podemos definir la democracia como un sistema de fusibles e interruptores destinados a defender el circuito contra los choques violentos engendrados por las luchas nacionales o sociales. Ninguna época de la historia humana estuvo tan llena de antagonismos como la nuestra. La sobrecarga de corriente tiende a aparecer cada vez en más lugares del sistema europeo. Bajo la excesiva tensión de los antagonismos de clase e. internacionales, los tapones de la democracia saltan o se funden. Esta es la esencia del corto circuito de la dictadura. Lógicamente, los tapones más débiles son los primeros en ceder…" ,

Cuando escribí estas líneas todavía había un gobierno socialdemócrata a la cabeza de Alemania. Es obvio que el curso de los acontecimientos en ese país, al que nadie puede calificar de atrasado, de ninguna manera contradice mi evaluación.

Es cierto que en esa misma época el movimiento revolucionario español barrió no sólo a la dictadura de Primo de Rivera sino también a la monarquía. Es inevitable que en el torbellino del proceso histórico se den hechos que van contra la corriente. Pero la península ibérica dista de haber hallado su equilibrio interno, el nuevo régimen debe demostrar su capacidad de permanencia.

Geoges Simenon:
¿Cuánto cree usted que durará esta situación fluida?

León Trotski:
Es indudable que el fascismo, sobre todo el nacionalsocialismo alemán, amenaza a Europa con conmociones bélicas. Hablo como observador, y posiblemente me equivoque, pero me da la impresión de que en general se menosprecia la magnitud dei peligro. Si se contempla la perspectiva, no de los próximos meses sino de los próximos años -en todo caso, no de décadas-, considero absolutamente inevitable que la Alemania fascista provoque una guerra. Esto será posiblemente lo decisivo para el futuro de Europa. En todo caso, próximamente publicaré un artículo más extenso sobre este tema.

Quizás usted considere que el cuadro que trazo es demasiado sombrío. Me limito a sacar conclusiones de los hechos; no me dejo arrastrar por la lógica de los partidismos y antipartidismos sino por la lógica del proceso objetivo. La nuestra no es una época de paz, calma y prosperidad; confío en que nadie lo dude. Pero mi caracterización sólo puede resultar pesimista para quienes miden el curso de la historia con una vara demasiado corta. Todos los grandes períodos históricos parecen sombríos cuando se los mira de cerca.

Hay que reconocer que el mecanismo del progreso es muy imperfecto, pero no hay razón para suponer que un Hitler, o una combinación de hítleres, podrá hacer marchar siempre, o siquiera por una década, el mecanismo hacia atrás. Romperá muchos engranajes y palancas. Obligará a Europa a retroceder durante algunos años. Pero no dudo de que, en definitiva, la humanidad encontrará la salida. Toda la historia pasada respalda esta afirmación

[Una vez que Trotsky hubo respondido a las preguntas por escrito, se entabló el siguiente diálogo relatado por Simenon ]

-"¿Quiere hacerme más preguntas?", inquirió Trotsky amablemente.

-"Una sola, pero temo que sea indiscreta. ", (Sonríe y me indica con un gesto que prosiga.)

-"Algunos diarios afirman que hace poco vinieron a verlo unos agentes enviados por Moscú para pedirle que vuelva a Rusia." ,

Su sonrisa se hace más amplia. .

-"Es falso, pero conozco el origen de ese rumor. Se trata de un artículo mío, publicado por la prensa norteamericana hace un par de meses. Yo diría, entre otras cosas, que dada la situación existente en Rusia, estaría dispuesto a servir al país sí lo amenaza cualquier peligro." ,

(Está tranquilo y silencioso. )

-"¿ Volvería usted al servicio activo?"

Asiente con la cabeza...

Notas

(1) CarIo Sforza (1872-1952): diplomático liberal italiano, se fue al exilio en 1926 y fue ministro de relaciones exteriores después de la Segunda Guerra Mundial.



Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2003




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Boris 16 04 09

Klaus Kinski



YO NECESITO AMOR

de Klaus Kinski

“Crates tenia un discípulo cuyo nombre era Metroclo. Era un joven rico de Maronea. Su hermana, Hiparquia, bella y noble, se enamoró de Crates. Hay constancias de su pasión por él y de que salió en su busca. Nada pudo desanimarla, ni la suciedad del cínico, ni su pobreza absoluta, ni el horror de su vida pública. Él le previno que vivía a la manera de los perros, en las calles, y que buscaba los huesos en los montones de la basura (…) Hiparquia abandonó la ciudad de Maronea, desnuda, con los cabellos sueltos, cubierta sólo con una tela vieja, y se fue a vivir con Crates, vestida casi como él. Se dice que tuvieron un hijo, Pasicles; pero no hay nada seguro respecto a eso”. (Vidas imaginarias, Marcel Schwob)

El fenómeno de la experiencia ajena plasmada sobre un texto documental, ya sea como biografía, autobiografía o memoria, cayó literalmente sobre mi cabeza mientras hurgaba libros en una biblioteca (en la que trabajaba) hace un par de años. Enfrentarme a ese desconocido universo de experiencias íntimas, divertidas a veces y pedagógicas la mayoría de las veces fue una escuela en sí misma inconmensurablemente superior a cualquier soporífera clase convencional. Cada repaso vivencial desde el puño mismo del vividor era una cuna de metodologías, técnicas, logros, errores y arrebatos puestos a prueba en experiencias relacionadas a la dinámica de la cual necesitaba imperativamente aprender: el cine.

Lo que prosiguió entonces fue ingresar en la lógica de las memorias, fue una búsqueda frenética por mordisquear e incorporar todo aquello, que dio como resultado olfatear en múltiples textos biográficos que fueron desde: Tras la pista de John Ford de McBride, pasando por Memorias de un amante sarnoso de Marx, Así se hacen las películas de Sidney Lumet y otros similares o incluso más inspiradores y ni tan alejados de la imagen en movimiento como los Recuerdos del pasado de Pérez Rosales o Éramos unos niños de Patti Smith…todos sin duda rebosantes de vitalidad, por ser eléctricos testimonios de experiencias inimaginables pero vigorosas para cualquiera que admire a tales autores tanto por sus oficios, desvergüenzas u obras.

“Se busca a Jesucristo. Profesor, obrero. Domicilio, desconocido. No profesa ninguna religión. No milita en ningún partido. No se le ve en reuniones públicas. El prófugo está acusado de robo, corrupción de menores, blasfemia, profanación de iglesias, insultos a la autoridad, desprecio a las leyes, compadreo con putas y criminales…”

Kinski que comenzó actuando monólogos-recitales “poéticos” a finales de los 50s, inicia su pequeño-gran codex confesional, con este párrafo clave de su mega performance-happening-mesiánico que invadió los escenarios europeos a finales de los 60s. En éstos, berreaba con desparpajo “únicamente” armado con su voz (y su actitud)… frente a una muchedumbre que respondía sus provocaciones con algo más que solo confrontaciones cortopunzantes. Con lujo de detalle esto está retratado en el documental Jesus Christus Erlöser de 2008 y dirigido por Peter Geyer, el albacea de Klaus Kinski: “100 minutos de histrionismo, oratoria y violencia verbal en una época en que las estrellas tenían cojones y escaso miedo al ridículo”*.

Luego de una acumulación de escandalosas presentaciones, comienza otra de sus tantas tormentosas experiencias, esta vez con un tal Herzog. Kinski sale del spagetti western y vira hacia algo más en su tono: Aguirre, der Zorn Gottes (otro iracundo) y con ello un nuevo y más lucrativo giro y periplo anti-actoral:

“Herzog, el productor de la película, también ha escrito el guión y quiere dirigirla. Lo primero que hago es preguntarle cuánto dinero tiene”. (…) (Herzog) tiene una manera de hablar plúmbea, más perezosa que un sapo, minuciosa, quisquillosa, fragmentaria; de su boca brotan cascotes de palabras, que intenta retener al máximo, como si le pagaran intereses por ellas. Pasa una eternidad hasta que por fin se saca del cerebro uno de sus mocos mentales resecos”. (…) No entiendo nada de lo que está hablando, excepto que está enamorando de sí mismo sin motivo aparente y está fascinado por su propia osadía, que no es más que la ignorancia de un diletante”. (….) Y afirma, con el mismo descaro y ramplonería (por decir así, relamiéndose los labios, como si se tratara de un bocado delicioso), que todos los que participaran en el proyecto están dispuestos a aceptar con alegría las inimaginables fatigas y privaciones que les esperan, con tal de seguirle los pasos a él, a Herzog”.

“Los periódicos, la radio y la televisión se masturban con pretenciosos artículos sobre mí. Parece que les pone cachondos calificarme de genio”.

Con su Yo necesito amor, Kinski, tiene mucho de Crates aunque mucho más de Hiparquia pensándolo mejor…tiene mucho de los cínicos que inauguraron todo el contenido desenfreno que Sócrates no expresó “gracias” al filtro de sus discípulos más “decentes”, parcos y correctos que claramente no heredaron el lado lúdico del sabio condenado: Platón y Aristóteles.

Kinski tiene mucho de puta, como él mismo se autocalifica en reiteradas ocasiones con majadería, pues sus odiseas como errante, como mercenario del sentimiento para las más de 200 películas en las que trabajó alrededor del mundo, dan cuenta de un frenesí por vencer la muerte a través del exceso en todas sus posibilidades, llegando incluso a regurgitar intimidades y calificativos de grueso calibre, tal vez para subsanar lo nefasto que al parecer era negociar con los cineastas contemporáneos a él, todos, hoy ya canonizados. La tormentosa experiencia que padeció en el mundillo del cine se entiende porque no le hizo asco a estrujar toda posibilidad de “pagarse” cuando aceptaba las insufribles faenas de filmación elucubradas por los mas insufribles creativos de su época. El parecer efectivamente que Todo es bueno cuando es excesivo, tal como sentencia el Obispo (Giorgio Cataldi) en Saló, justo antes de dar el puntapié inicial al bacanal de sangre, mierda y sexo que constituye la tesis en el ultimo metraje de Pasolini. El finado Pier, otro excesivo a su manera que también se topó con Kinski:

“Pasolini, que me ha mandando el guión de Pocilga, su ultima película, se presenta en la Appia con una horda de chicos jóvenes, y quiere hablar conmigo. (…) Desde luego, el argumento es un poco excesivo. El personaje principal, que debería interpretar yo, es un tipo que, impulsado por el hambre, ataca a un guerrero bien formado y lo devora. Esa historia después de todas las paridas que he tenido que rodar hasta ahora, parece soportable. Pero el sueldo no. El productor Doria es de los mejores de Italia, pero si yo cobrara en todas mis películas el salario de hambre que él me ofrece, tendría que acabar comiéndome, para sobrevivir a Doria o quizás incluso a Pasolini”.

En las memorias, Kinski no escatima en detalles ni ahorra en sus articuladas sofisticaciones para describir tanto su promiscuidad entrañable como su tráfico de razonamientos que sin duda convencen y estimulan a la emulación sistemática a través de la superación de la propia mojigatería. Kinski puede jactarse de su coprolalia hasta invisibilisarla, pero pocas veces las palabras articuladas tan soezmente fueron a la vez tan edificantes en su exaltación estilosa, sistemática y ordenada de barraganería, que perfilada, emergía hasta moldear una imagen de vida en perpetuo desequilibrio y urgencia por una otredad inabarcable.

Pero sin duda que no todo en Kinski es delirio y carne, con un planteamiento cronológico el autor recorre una infancia modesta y sacudida por la carencia más implacable. Rescata momentos de cierta ternura infantil, aunque no carente del contexto hitleriano que aún cuando no recalca explícitamente, está bullendo por detrás y que finalmente lo llevará a suspender su adolescencia tajantemente, sembrando más esa pulsión que en algún momento estallará.

Los Kinski se la pasan de pensión en pensión y de hoteluchos baratos a cuartuchos piojosos. La madre cose ensordecedoramente y los hermanos unos sobre otros defecan, duermen, tosen…o al menos lo intentan:

“Para que mi madre no tenga que cargar conmigo todo el día, paso medio día en el parvulario de la escuela primaria a la que van mis hermanos. Allí nadie se ocupa de nosotros. No hay libros de cuentos ni juguetes. A la hora de bailar en corro, nos arrastramos en círculo sin ningún interés, como viejos enanos (…) El resto del tiempo rondamos apáticos por el aire viciado y nos contagiamos”.

“Nuestro retrete es un agujero con una tapa. Cuando levantas la tapa, casi te desmayas de la peste a meados y a mierda. Resulta más higiénico mear en la calle (…) No tenemos luz eléctrica (…) Siempre tenemos hambre. Aunque pudiera robar cada día, no nos hartaríamos todos”.

A los 16 años entra al servicio militar y de pasada tiene una fugaz pero no por eso menos brutal experiencia de paracaidista en la segunda guerra mundial. Faltarían 20 años antes de que Kinski tuviera la fama que hoy cualquier cinéfilo le reconoce. Faltan 20 años de vasta acumulación de humillaciones, pellejerías, palizas, partuzas e incidentes variopintos para que Kinski emergiera tal como lo conocemos ahora.

Las 412 páginas se hacen más que suficientes para ingresar en la desbordada prosa morbosa del actor que se avergonzaba de tal denominación, pero despilfarraba vida para volver a necesitarla cíclicamente a través del goce y un tipo de amor sin duda complejo de dimensionar sólo en palabras.

Herzog por su parte, intentó oxigenar el mito y la atormentada figura de Kinski, que pudo parecer en algún momento ensañadamente monomaníaca, y explora el lado poético-humano de éste, en su Mein liebster Feind. Difícil saber si lo logra o no, su propia chacharezca especulación pasa por encima de a momentos por el actor. Todo el supuesto aprecio que intenta evacuar Werner en el metraje, se diluye herzognianamente.

En algún momento Kinski se sumerge en un amor que no siendo sexual no deja de ser carnal, parte de su flujo desperdigado es tributado en muchas páginas: su hijo. Más que sus hijas, su hijo es explorado y más aún, es elevado a un individuo casi metafísico, un efebo atiborrado de amor por Klaus haciendo todavía más compleja su propia idea del amor. En un arrebato de anhelo redentorio, Kinski sentencia en base a su propio Pesicles-Nanhoi:

“Mi hijo es mi vida. Es mi dios. Creo en su fuerza infinita. Creo en la magia de su amor. Es la encarnación del amor. La encarnación de la vida. La encarnación de la belleza. A través de él me salvaré”. Pero, afortunadamente, luego recapacita y vuelve a la cordura, a la brutal cordura: “Ahora, hoy, prefiero personalmente ser pobre, pero sin pesadillas y sin manías persecutorias, sin el martirio de la encarnación incesante y consciente. ¡Ojalá pudiera hacerlo!, ¡Ojalá dependiera de mí! ¡No quiero ser actor! ¡Quisiera no haber sido nunca actor! ¡Quisiera no haber tenido nunca éxito! Hubiera preferido ser una puta callejera y vender mi cuerpo, antes que vender mis lágrimas y mis risas, mi tristeza y mi alegría”.

Yo necesito amor, tan plagado de vida y ansiedad, expulsa el sustancioso y errático recorrido de un personaje insaciable, magullado de sus múltiples enfrentamientos carnales pero también fecundado de una cierta autoconsciencia de su despilfarro, un despilfarro en sus relaciones emotivas que incluso el parece no sabe ni quiere saber como controlar ni encausar. Ni con su hijo logra mesurar un frenesí que, ya diluido, le parece imposible identificarse como un personaje o como una nueva configuración mental sin retorno ni deseo de nada parecido a la sanación.

A lo largo de sus memorias Kinski se sitúa en muchísimos terrenos y no tiene sentido intentar llegar a una convicción sobre su atormentada y/o histriónica psiquis. Lo único ligeramente claro es que Kinski legítimamente y a sus anchas fanfarronea al tiempo que derrocha, estalla y prueba a las personas mientras no suelta el acelerador. La misericordia no era lo suyo. Siempre actuaba y a la vez detestaba su propio rol. Ninguneaba a sus colaboradores, se sensibilizaba con los animales pero trataba con infinita desconfianza y desprecio poético a toda la alimañezca y tacaña humanidad desde Fellini a Loach, de Cavani a Visconti.

Y hablando de academicismos y vacas sagradas:

“Lo que enseñan en esas escuelas de actores es una retahíla de escalofriantes gilipolleces. Al parecer las peores son las llamadas actor’s studios, de Estados Unidos. Allí aprenden a ser naturales, es decir, se repatingan, se hurgan la nariz y se rascan los huevos. A esa imbecilidad la llaman method acting. ¿Cómo se puede “enseñar” a alguien a ser actor? ¿Cómo se puede enseñar a alguien cómo y qué debe sentir y cómo debe expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a mí la manera de reír y llorar? ¿La manera de alegrarme y estar triste? ¿Lo que son el dolor, la desesperación y la felicidad? ¿Lo que son la pobreza y el hambre? ¿Lo que son el odio y el amor? ¿Lo que son el anhelo y la satisfacción? No, no quiero perder el tiempo con esos cretinos engreídos”.

En fin, en las antípodas siempre estará la salvación.

Y sobre los premios, ya cansado, al atardecer de su vida:

“¡Y luego, la histeria que se crea en torno a esos piojosos premios! Todo por esa banda de doce ridículos jurados que se imaginan poder dictar una sentencia como si fuera verdaderos jueces (¡que más quisieran!). Desde luego, lo que más les gustaría sería poder decidir sobre la muerte o la vida de un ser humano”.

La mezcla de dinero, derroche, luces, fornicación y los problemas asociados a todo lo anterior efectivamente pueden dar una idea general de porqué hacía lo que hacía o decía lo que decía y dejando tan poco espacio para algo ligeramente parecido a la mesura. Kinski probablemente hacía gala del concepto “familia de mal vivir”, sin embargo estrujaba tanto lo malo como lo bueno de ese estado catártico de vitalidad mortificante que parecía fomentar dicho ritmo como quien está febrilmente atrapado por un narcótico.

En Cinismos Michel Onfray tal vez sin proponérselo identifica al arquetípico Kinski describiéndolo en base a los filósofos-perros de Atenas:

“El hombre que ha llegado al pleno dominio de sí mismo tiene una sabiduría que lo protege de todo ataque y goza impunemente del placer”.

Y Plutarlo reafirma:

“Un hombre de bien, ¿no ve acaso una fiesta en cada día?”.

Nikolaus Karl Günther Nakszynski murió a los 65 años, dos años después de realizar su primera y única película como director: Kinski Paganini.

En dos meses más, el 23 de noviembre de 2011, se cumplen 20 años de su deceso.

La primera edición de Ich brauche liebe (Yo necesito amor) data de mayo de 1992.

por Colectivo Miope





Klaus Kinski
(18 de octubre de 1926 - 23 de noviembre de 1991) fue un famoso y controvertido actor alemán, muy vinculado al director Werner Herzog y considerado como la última gran estrella del cine alemán. Es padre de la actriz Nastassja Kinski.

Su auténtico nombre era Nikolaus Karl Günther Nakszynski; nació en Sopot, Ciudad libre de Dánzig, y murió en Lagunitas, California (Estados Unidos).

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Biografía [editar]

Kinski sirvió en el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial movilizado forzosamente por las Juventudes Hitlerianas, aunque pasó la mayor parte del tiempo como prisionero de guerra del ejército británico.

Al finalizar la guerra, empezó a actuar en obras de teatro con una troupe ambulante, cobrando fama con sus monólogos de William Shakespeare y del patriarca y prócer de los poetas malditos, François Villon, además de trabajar con grandes directores teatrales que inculcaron en él principios propios del teatro de la crueldad y conceptos de la teoría de la representación que utilizaría durante toda su carrera. Pero pronto pasó a la industria del cine, que consideró mucho más rentable.

Poseedor de un carácter temperamental e irascible, sus actuaciones fueron verdaderamente teatrales y sus personajes neuróticos. Era además adicto sexual y de una coprolalia irrefrenable, y solía dejar a su paso una estela de enemigos personales debido a su grosería y falta de buenos modales.

Debutó en el cine en 1948, en el film Morituri. Actuó en un gran número de películas, casi todas ellas de ínfima categoría, como él mismo reconocía. Llegó inclusive a decir: "Soy una prostituta. Hago esta basura por el dinero, nada más."

No obstante, algunas de ellas fueron películas memorables dentro de sus repectivos géneros, como Doctor Zhivago (David Lean, 1965) y Per qualche dollaro in più (Por unos pocos dólares más o La muerte tenía un precio, Sergio Leone, 1965).

Alcanzó cierto renombre con sus papeles de psicópatas y dementes, y llegó a ser de alguna manera estereotipado para ocupar dichos roles.

Su participación en Angel (Venus in Furs o Paroxismus), en 1968, fue el punto de encuentro con uno de los directores con los que más conectó (quizá más que con Werner Herzog), Jesús Franco. Con el director madrileño trabó una gran amistad, quizá debido a la peculiaridad de ambos caracteres. El director español es uno de los pocos que recuerdan con placer a Kinski, afirmando que lo prefiere a él, con su locura y temperamento, que a Christopher Lee, por ejemplo, "demasiado señorito inglés". Otras películas que realizó con Franco fueron Jack the Ripper, El conde Drácula y Justine (Deadly Sanctuary).

En los primeros años de la década del 70 llevó a cabo una serie de polémicas presentaciones teatrales conocidas como Jesus Christus Erlöser o simplemente Jesus Tour, en las que enfrentaba abierta y hostilmente al público, se autoproclamaba el mesías e incitaba la reacción visceral del auditorio con toda suerte de provocaciones. Los guiones completos de sus presentaciones, así como su grabación en audio, se conservan. El momento más célebre de esta presentación se puede encontrar en el documental biográfico Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999), de Werner Herzog.

La reputación internacional de Kinski se forjó indudablemente gracias a sus colaboraciones con el director Werner Herzog —a quien, curiosamente, había conocido cuando Herzog era todavía un niño, pues habían compartido pensión en Múnich.

Colaboró en las renombradas películas de Herzog: Nosferatu, el vampiro un film clásico del terror que alberga una de las mejores actuaciones de Kinski, Aguirre:la cólera de Dios (o Aguirre, la ira de Dios), Woyzeck, Fitzcarraldo, Cobra verde y Nosferatu, fantasma de la noche, un papel hecho a su medida.

Entre Herzog y Kinski siempre hubo una difícil relación profesional que se podría calificar de amor-odio y que quedó plasmada en el documental Mi enemigo íntimo, en el que Herzog afirma que ambos llegaron a planear asesinarse mutuamente.

De hecho Kinski habló de Herzog de la siguiente forma:

Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de cabeza a los pies. Su supuesto "talento" consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar.
Klaus Kinsky

Ya desde un inicio, las tensiones en el tándem Herzog-Kinski habían tocado picos peligrosos y se amenazaron de muerte en repetidas ocasiones. Por otro lado, la actitud de divo que ostentaba Kinski en las filmaciones le granjeó numerosos enemigos, hasta el punto de que, según Herzog, en una ocasión un jefe indio se le ofreció para matar a Kinski.

El actor plasmó su rencor y resentimiento hacia Herzog en su autobiografía, en la que dice, refiriéndose a Herzog:

"sucio bastardo, que no sabe nada de cine, todo lo rodé yo, no tiene nada de cultura, es un analfabeto" y sigue "le rompería la cara, le cortaría la cabeza, lo mataré con mi fusil de balines".
Klaus Kinsky

Tal vez el mejor pasaje es cuando comenta el día en que el actor regaló al director unos carísimos pantalones de marca, durante el rodaje de Fitzcarraldo, y el director los llevó "pedorreados" durante todo el tiempo que duró la filmación.

Afirma también que es un "cagado y gallina", que le tiene miedo a los indígenas, y que es un cruel y vil que maltrata a los animales y a la gente de su troupe. En fin, para completar el cuadro, hay que decir que Werner Herzog afirma que estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos.

En cualquier caso, las colaboraciones de ambos son consideradas verdaderas obras maestras del cine y, de acuerdo con muchos críticos y aficionados, el mejor trabajo de ambos se produjo cuando hubieron de colaborar, ya que por separado ninguno de ambos alcanzó tales cotas de genialidad.

La más turbulenta colaboración de Kinski con Herzog fue, sin duda, Cobra verde, en la que representaba al tratante de esclavos Francisco Manoel Da Silva. Durante el rodaje, Kinski atacó físicamente a Herzog y abandonó el rodaje sin concluir. Dicho episodio terminó de romper la relación entre Kinski y Herzog.

Después de la ruptura definitiva entre los dos artistas, Kinski siguió interpretando papeles en films de muy diverso tipo. Llegó a participar incluso en Los frutos de la pasión, respecto a la cual afirmó que los actores realizaban el acto sexual de verdad.

Otros films de esta época son Androide, La chica del tambor, Venom, Psicópata, Crawlspace... Volvió al papel de Nosferatu en Nosferatu en Venezia y en 1985 rodó a las órdenes del director español Fernando Colomo El caballero del dragón. Se dice que en este rodaje Kinski intentó arrancar con la mano las barbas del director y se subió a las espaldas de Fernando Rey.

Su última película, rodada en 1989, marcó su debut como director, guionista y hasta montador, por supuesto con él como protagonista. El título fue Kinski: Paganini, o solamente Paganini, ambicioso proyecto que en inicio pretendía ser una miniserie de 16 horas para la televisión italiana.

Según Herzog, Kinski le pidió que dirigiese esta cinta, pero su relación se hallaba tan deteriorada que Herzog declinó el proyecto, y asumió entonces total control el impulsivo Kinski. Una vez que los responsables y productores del proyecto tuvieron acceso al material inicial que Kinski estuvo filmando, decidieron abortar el rodaje, accediendo a lanzarlo como un largometraje y ya no como teleserie. El film terminó siendo un caótico y colorido reflejo de la singular personalidad del actor y recibió críticas negativas que, unidas al fracaso económico de la cinta, terminaron por defenestrar el proyecto.

Paradójicamente, es conocido el manifiesto interés que grandes directores tuvieron por trabajar con Kinski. Sin embargo, este no dudaba en rechazar a genios de la talla de Federico Fellini, François Truffaut, Pier Paolo Pasolini, Luchino Visconti y otros. Precisamente, el famosísimo Steven Spielberg deseaba contar con él para la serie de Indiana Jones, pero Kinski rehusó la oferta.

Kinski era, además, un erotómano, adicto al sexo y sus hazañas sexuales quedaron reflejadas en su autobiografía, titulada Yo necesito amor.

A causa de la gran cantidad de papeles de loco y asesino que representó a lo largo de su carrera, y a su comportamiento obstinado y a menudo obsesivo, se le solía considerar un genio demente. Se casó tres veces y, según su propia autobiografía, tuvo al menos cinco hijos, de los cuales sólo a tres trató como tales: Nastassja, con quien tuvo una relación conflictiva que terminó rompiendo el vínculo padre-hija; Pola, y Nikolai Nanhoï. Todos fueron actores.

Su físico tan característico (cabello muy rubio, labios gruesos, mirada desquiciada y malvada) marcó su carrera, lo que, unido a un carácter poco estable, cercano a la locura, completó un cuadro muy reconocible y muy peculiar en el mundo de los actores.

Kinski, que se había retirado del cine y de la vida pública, preparaba sus memorias cuando murió a los 65 años, víctima de un ataque cardíaco, en Lagunitas, una parcela selvática en California, . Se dice que cuando Fernando Colomo fue informado de la muerte del actor alemán, no pudo evitar espetar: "Descansemos en paz".

Principales películas [editar]

Referencias [editar]

  • Kinski, Klaus: Yo necesito amor, Ed. Tusquets, col. La sonrisa vertical, nº 101.

Enlaces externos [editar]


Klaus Kinski
Archivo:Klaus Kinski.gif
Klaus Kinski
Nombre real Nikolaus Karl Günther Nakszynski
Nacimiento 18 de octubre de 1926
Zopot, Ciudad libre de Dánzig
Defunción 23 de noviembre de 1991
Lagunitas, California, Bandera de los Estados Unidos Estados Unidos
Cónyuge Tres:
Hijo/s 3 reconocidos (Nastassja Kinski, Pola Kinski y Nikolai Kinski) y 2 no reconocidos.
Ficha en IMDb

Pancha 26 o3 2009

Sergei Einsenstein

Sergei Mikhailovich Eisenstein nació en Riga, Letonia, en 1898, y murió en 1948, en Moscú. Su padre era un arquitecto judío de origen alemán y su madre de ascendencia rusa perteneciente a la gran burguesía. Estudió arquitectura y bellas artes y se enroló en las milicias populares para participar en la Revolución de Octubre de 1917. Desde muy pronto se unió al mundo del espectáculo haciendo decorados y dirigiendo e interpretando teatro para los soldados. En 1920 ingresó en el Teatro Obrero y poco después fue nombrado su director. Se apartó del teatro cuando vio las excelencias del cine al rodar el largo La huelga (Stachka, 1924). Mientras la rodaba le encargaron una película conmemorativa de los orígenes de la revolución y acabó haciendo su obra maestra El acorazado Potemkin, la película sobre la que más se ha escrito de toda la Historia del Cine.

El propio Eisenstein atribuía buena parte de la fuerza de El acorazado Potemkin al guión original escrito por Nina Agadzhanova-Shutko, para un proyecto, “1905”, sobre el abortado «ensayo general» de la Revolución de Octubre. Las malas condiciones meteorológicas obligaron al equipo de Eisenstein a interrumpir el rodaje y a dirigirse a Odessa para rodar allí el episodio del motín a bordo del acorazado Potemkin. El episodio del Potemkin reflejaba a la perfección la atmósfera de descontento y revuelta existente en Rusia a comienzos de siglo, por lo que llegó a considerarse sinónimo del proyecto total. Así se abandonó “1905” y Eisenstein concentró todas sus fuerzas en El acorazado Potemkin.

Posteriormente realizó Octubre (Oktiabr, 1927) basada en el libro «Diez días que conmovieron al mundo», de John Reed reconstrucción de los acontecimientos de 1917 y perfecta aplicación de sus teorías cinematográficas. Tuvo graves problemas con la censura porque su visión de los hechos históricos no coincidía con la oficial del Partido Comunista. Los tres cuartos de hora que debió cortar al metraje original fueron debidos a la caída en desgracia de Trotsky. Los protagonistas de Octubre son las masas revolucionarias y solamente aparecen algunos personajes individuales como Lenin, Trotsky (que fue eliminado de las imágenes) y Kerensky.

En 1930, Eisenstein, fue a Europa y América. Los proyectos que presentó en Estados Unidos fueron rechazados y en el país de la libertad tuvieron miedo de sus ideas colectivistas y se escribieron panfletos en su contra llamándole «Eisenstein, ese perro rojo». Eisenstein no pudo filmar nada en Hollywood y se dirigió a México, donde inició el desastroso proyecto de dirigir una película mexicana. Comenzó a rodar ¡Que viva México! (1931). Cuando llevaba rodados más de 50.000 metros, según Eisenstein, lo mejor que había rodado nunca, se ordenó parar la producción, por lo que el director debió volver a Moscú. La película quedó inacabada, siendo objeto de varios montajes nunca realizados por él. Su figura y estilo de montaje tuvo una decisiva influencia sobre el cine mexicano de la década de los cuarenta

En Moscú, Eisenstein no consiguió sacar adelante ningún otro proyecto de película pues desde las altas esferas del régimen se le rechazaban todas las ideas que sugería. El director se dedicó a la enseñanza y a escribir libros para dejar su experiencia escrita.

Las humillaciones le llevaron a dirigir otra película, El prado de Bezhin (Bezhin Lug, 1937), sobre un cuento de Ivan Turgeniev, que fue prohibida y no se vio jamás. Durante algún tiempo se creyó que había sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Queda de ella una reconstrucción montada con fragmentos conservados por Eisenstein.

Eisenstein no se desanimó y realizó Alexander Nevsky (Aleksandr Nevskii) en 1938, su primera película sonora, una epopeya patriótica que relataba la lucha de los rusos contra los caballeros teutónicos en el siglo XI. Con ella ganó el premio Stalin y le concedieron la Orden de Lenin.

En 1944 terminó la primera parte de Iván el Terrible (Iván Grosny), que contaba la ascensión al trono y traición sufrida por Iván IV, un zar del siglo XVI. Finalmente, en 1946, la noche en que terminó el montaje de La conjura de los Boyardos, segunda parte de Iván el Terrible, que contaba la venganza de Iván, Eisenstein sufrió un grave infarto. Esta película fue prohibida durante diez años y no se estrenó hasta la muerte de Stalin. Eisenstein vivió dos años más y nunca consiguió hacer la tercera parte.


La escalera de Odessa


En una escena, ya antológica en la historia del séptimo arte, Eisenstein, jugando admirablemente con la realidad y la ficción presenta la terrible y apasionante escena de la escalera de Odessa, en la que las tropas del zar, disparan a quemarropa sobre la población civil que despedía a los marinos del acorazado.

La película está realizada con fines didácticos pues Eisenstein estaba a sueldo de la propaganda del régimen soviético; algunas de sus magníficas películas fueron financiadas con la intención de dar a conocer la revolución rusa y sus antecedentes a los ciudadanos que no la habían vivido. Estamos ante el cine didáctico puro.

La secuencia de la escalera de Odessa en El Acorazado Potemkim es una secuencia falsa llena de planos verdaderos. Una masacre así no pudo durar casi diez minutos en la realidad. Para mostrar didácticamente a los espectadores la terrible secuencia, el director debió ralentizar, retener, recrearse, engañar, con el fin de testimoniar eficazmente lo que significa la violencia del poder armado contra ciudadanos desarmados.

En los primeros planos generales, la escalera es relativamente corta para la cantidad de escalones que unos soldados sin rostro, pero con botas crecidas desde su propia sombra, descienden mientras matan a diestro y siniestro. Los principales personajes, definidos por Eisenstein mediante primeros planos en los momentos iniciales de la secuencia, van debatiéndose entre el miedo, el enfrentamiento, las carreras, sus gestos horrorizados o desafiantes, hasta que la mayoría muere por los disparos de las tropas del zar. Sin embargo, y lo quiero destacar por la importancia que tiene en la secuencia, hay dos personajes que aparecen de pronto, como por arte de la magia del cine: una madre que lleva el cochecito con un niño en su interior. Esas personas, madre e hijo, no podían estar dentro de aquel caos. No tienen cabida física en la secuencia, no se dan de ellos referencias anteriores, no encajan ni caben en la escalera, ya que las tropas ya habían dominado la situación desde todos los ángulos. Si las tropas de a pie están en lo alto van bajando interminablemente y los cosacos a caballo cortan la retirada en la base de la escalera… ¿De dónde salen la mujer y el niño?. De la magia de Eisenstein, simplemente, que creador del montaje intelectual, ideológico, no le preocupó en demasía un desajuste, una situación inverosímil, o una imposibilidad física.

Es dudoso que esa matanza ocurriera realmente en Odessa, o por lo menos no perece que ocurrió en relación con el motín del acorazado. Algunos autores sostienen que la matanza existió y que incluso Eisenstein entrevistó a los supervivientes. A Eisenstein le cautivó el marco y lo utilizó para contar una historia falsa que ha ocurrido miles de veces en la realidad. A Eisenstein le cautivó la plástica de la imagen de la escalera, las luces y las sombras, el movimiento de las masas, y lo utilizó para presentar el mensaje que deseaba. Como dato, quiero destacar que el resto de la historia, como en la mayoría de los casos, es cierta. Existió realmente el motín del Acorazado Potemkim, pero la historia no acabó bien: Los marinos fueron apresados poco después en Ucrania por la armada del Zar y condenados a muerte.

Eisenstein, uno de los más ilustres magos de la historia del cine, resaltó en esta secuencia una de las mayores situaciones de emotividad, efectividad y tensión del sétimo arte. Logró y sigue logrando el propósito, con espectadores de hoy, de impresionar, enseñar, instruir, estableciendo una relación causa-efecto en la utilización del elemento cinematográfico, filmación y montaje, entre una idea y la expresión metafórica que ha permitido que «realmente» captemos mediante la ficción la realidad de una historia que nunca existió pero que siempre está existiendo.


Escalera de Odessa cuando se rodó

Escalera de Odessa en la película

Escalera de Odessa en la actualidad


Anécdota

La escena de la matanza en las escaleras de Odessa en «El Acorazado Potemkin», de Eisenstein, no figuraba en ninguno de los guiones preliminares ni en ninguna de las notas de preparación del montaje. El descubrimiento de la escalera fue accidental. Eisenstein cuenta «...la idea me vino al pisar unas cerezas que iban cayendo por las escaleras cuando yo me hallaba en lo alto, a los pies de la estatua del duque de Richelieu, es un mito pintoresco, lo admito, pero un mito evidente. Fue la grandeza de estas escaleras lo que me dio la idea de la escena... Y puede ser que también jugase un papel importante una ilustración aparecida en un periódico de 1905 y que habría permanecido en el fondo de mi memoria... ». La matanza en las escaleras de Odessa no es seguro que tuviera relación con los hechos del acorazado Potemkim aunque parece cierto que en aquellas escaleras sí se dieron otras matanzas de civiles.


Sergei Prokofiev

La música

La música incidental (casi protagonista) de Alexander Nevsky e Iván el Terrible fueron las impresionantes partituras de Sergei Prokofiev.

Referencias:

http://www.prokofiev.org/

http://www.prokofiev.org/catalog/workessential.cfm?WorkID=4

http://www.prokofiev.org/recordings/album.cfm?aid=000194
Iván el Terrible: http://www.prokofiev.org/catalog/work.cfm?WorkID=176
(Aportación de Javier Martínez-Salanova)

El montaje de Eisenstein


Eisenstein rompe con los moldes tradicionales de montaje. El acorazado Potemkin constituye un buen ejemplo. En lo que Eisenstein describió como montaje intelectual, o montaje ideológico, los objetos y los personajes se unen y se separan, entran y salen, se unen de variadas formas provocando el desconcierto del espectador, que se obliga a pensar, preguntándose qué sucede en la pantalla, adquiriendo conciencia por sí mismo de los hechos que ve con estupor. Eisenstein propone el montaje con libertad de situaciones y escenas arbitrariamente elegidas, independientes entre sí pero con una orientación precisa hacia un determinado efecto temático final. La secuencia completa de las escaleras de Odessa, es una muestra única para explicar ese tipo de montaje.

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