Jean Paul Belmondo


Parado frente a un león, desprotegido, sin dobles pero seguro y sonriente, Jean Paul Belmondo confirmaba en 1988 sus extraordinarias capacidades histriónicas, su valentía y su alma de aventurero.

Bebel, entre los más queridos actores franceses de todos los tiempos, regaló sonrisas en Cannes al recibir una Palma de Oro honorífica, con un verbo atropellado y un bastón de ayuda, debido a un accidente cerebro-vascular y otras enfermedades recientes.

La anécdota con el felino fue refrescada por el director de la película “El imperio del león”, Claude Lelouch, amigo y admirador del bello-feo, como le dicen también cariñosamente al intérprete de “A bout de soufle” (1959) de Jean Luc Godard.

"Estábamos en Zimbabwe y queríamos filmar a un león pero con ciertas medidas. Bebel se negó y pidió hacerlo con tranquilidad.

Nos dijeron que los leones no atacaban si no percibían miedo. Jean Paul no tenía absolutamente miedo", relató Lelouch.

Se le pudo ver en Cannes transitando por la alfombra roja, listo para recibir un lauro muy merecido, después de rechazar precisamente el César (el Oscar francés) de Mejor Actor por su papel en “El imperio del león”.

Ovacionado durante varios minutos por los propios fotógrafos y camarógrafos, Belmondo se manifestó feliz por el reconocimiento.

Con Godard, en la cuerda de la Nouvelle Vague del séptimo arte galo, filmó “Pierrot el loco” (1965), aunque su prolífica carrera lo hizo rostro imprescindible del celuloide con otras inolvidables como “Cartouche” y “El hombre de Río”, ambas de Philippe de Broca.

Es un homenaje esencial, relevante, se trata de un hombre que ha dado mucho al cine por su estilo y personalidad formidable, destacó su colega y amigo Jean Rochefort, otro de los actores populares de Francia.

Varios documentales sobre su trayectoria difundidos en estos días recuerdan su perfil de atleta, su empecinada idea de no permitir dobles en los rodajes y también su gran amistad con otro monstruo sagrado en Francia, Alain Delon.

De Belmondo hay una lista casi interminable de filmes trascendentes o populares como “¿Arde París?”, “El marginal”, “La sirena de Missisipi”, “Borsalino” y “Las tribulaciones de un chino en China”.


Jean-Paul Belmondo, actor francés de ascendencia italiana, nació el 9 de abril de 1933 en Neuilly-sur-Seine (Francia), hijo del escultor Paul Belmondo y de Madeline Rainaud-Richard. No fue buen estudiante y dedicó en su juventud más tiempo al boxeo que a los libros, llegando incluso a competir de forma amateur en su adolescencia.

Atraído por la actuación, Belmondo estudió en el Conservatorio de Arte Dramático de París y representó obras teatrales antes de debutar en el cine en la parte final de los años 50 al intervenir en la película de Maurice Delbez “Al Final, A Caballo y En Coche” (1957).

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La mejor etapa como actor de Jean-Paul Belmondo fue la década de los 60, período en el que se convirtió en uno de los intérpretes más recurrentes de la nouvelle vague, no en vano fue junto a Jean Seberg el protagonista de uno de los títulos fundamentales del cine del movimiento francés de la nueva ola, “Al Final De La Escapada” (1960) de Jean-Luc Godard.

Al margen de “Al Final De La Escapada”, Belmondo intervino en los años 60 en importantes películas como “Dos Mujeres” (1960), drama de Vittorio de Sica con el protagonismo de Sophia Loren, “A Todo Riesgo” (1960) de Claude Sautet, “Una Mujer Es Una Mujer” (1961) y “Pierrot El Loco” (1965), ambas dirigidas por Godard, “El Confidente” (1962) y “El Guardaespaldas” (1963), intrigas criminales de Jean-Pierre Melville, “Cartouche” (1962) y “El Hombre De Río” (1964), películas de aventuras dirigidas por Philippe de Broca, “Cien Mil Dólares Al Sol” (1964) de Henri Verneuil, “La Sirena Del Mississippi” (1969), film de François Truffaut que co-protagonizó Catherine Deneuve, o “El Cerebro” (1969), comedia criminal dirigida por Gérard Oury con Bourvil y David Niven en el reparto.

En la década de los 60 Jean-Paul también apareció en la parodia de James Bond “Casino Royale” (1965) y formó parte de los lujosos créditos de “¿Arde París?” (1966), película ambientada en la Segunda Guerra Mundial en la que intervino gente como Charles Boyer, Leslie Caron, Kirk Douglas, Alain Delon o George Chakiris.

A partir de los años 70 su filmografía resultó de menor interés, casi siempre rodando thrillers de acción y comedias de ambiente criminal.
Entre lo más destacado de su período post-60 se encuentran títulos como “Borsalino” (1970), película co-protagonizada por Alain Delon, “El Clan De Los Marselleses” (1972), con Claudia Cardinale, “Cómo Destruir Al Más Famoso Agente Secreto Del Mundo” (1973), con Jacqueline Bisset, “El Profesional” (1981), “As De Ases” (1982), “Testigo De Excepción” (1995) o “Uno De Dos” (1998), film dirigido por Patrice Leconte en el que volvió a compartir créditos con Alain Delon.

En 1953 Belmondo se casó con Elodie Constantin. Se divorció en 1965 después de tener dos hijas (Patricia y Florence) y un hijo (Paul Belmondo). Mantuvo relaciones con Laura Antonelli y Ursula Andress. En el año 2002 se casó con Natty Tardivel, con quien tuvo a su hija Stella. En el año 2008 se divorciaron. Su actual pareja es la ex chica Playboy belga Barbara Gandolfi.

No logró abrirse paso en el mundo del fútbol ni del boxeo. Fracasó en el Conservatorio. Cuando decidió tomar clases de interpretación, su profesor le dijo que jamás podría convertirse en galán: la imagen de una mujer bella en sus brazos no llegaría a ser creíble. Años más tarde, Jean Paul, en plena nouvelle vague, se pasaba el pulgar por sus labios describiendo uno de los gestos más sexis e imitados de la historia del cine, la publicidad y el ligoteo.

Hijo del escultor Paul Belmondo, nuestro héroe debutó en la gran pantalla en un falso documental sobre un hospital de París. Más tarde llegó su oportunidad, o eso creía: una serie para la TV gala... su personaje fue eliminado del montaje final. En 1960 llegaría su gran explosión y, tal vez, su momento cumbre: Al final de la escapada, de Jean Luc Godard. A partir de aquí, Belmondo se convirtió en una suerte de galán cínico, de feo guapo. Se especializó en papeles de acción y provocó ataques de corazón en más de un agente y productor al insistir en rodar personalmente todas las escenas de riesgo. Por algo es el actor preferido de Jackie Chan.

La vida sentimental de Belmondo tiene más entradas y salidas que una estación de metro en hora punta, y su cama, más muescas que la de Eduardo Manostijeras. Aparte de la retahíla de hijos que tiene el hombre fruto de relaciones con bailarinas y otras especies tangenciales al cine, su affaire más sonado será siempre el que mantuvo con Ursula Andress en los 60. La prensa les pilló y la suiza se quedó sin matrimonio con John Derek y casi sin carrera. También cuentan que cuando se tuvieron que llevar a Natalie Wood al hospital por meterse desnuda en una bañera con champán, Jean Paul andaba por ahí (esto está por confirmar). En los últimos años, Belmondo, tras interpretar a Cyrano (personaje capital en la carrera de cualquier actor francés) y sufrir una parálisis cerebral durante unas vacaciones en Italia, vive semiretirado. “No quiero ser el abuelo saltarín de Francia”, dijo recientemente mientras se pasaba el pulgar por la comisura de los labios.

Corría el final del invierno de 1960 cuando un joven cineasta llamado Jean-Luc Godard estrenaba en París su ópera prima, "À bout de souffle", cinta de la "Nouvelle Vague" que a sus 50 años permanece como icono por excelencia de la modernidad.

Sus diálogos irreverentes y misteriosos, intelectuales a la vez que vulgares, así como un montaje tan incoherente como lógico, compuesto por enfoques osados y poco habituales, configuran una obra a la que no hace mella el medio siglo. "À bout de souffle" ("Al final de la escapada") se estrenó el 16 de marzo de 1960 y permaneció siete semanas en cartel, tiempo durante el que se acercó a las 260.000 entradas.
Una joven Jean Seberg, que vende el periódico en los Campos Elíseos, y un Jean-Paul Belmondo, con un inagotable cigarrillo en los labios y un sombrero a lo Humphrey Bogart, personalizan la historia de un gánster que quiere huir de París con una chica estadounidense, en una película "escrita" en blanco y negro. El director, que ahora tiene 79 años, aseguró en los "Cahiers du Cinéma" a los pocos días del estreno de "À bout de souffle" que, en un principio, él quería respetar las normas de las películas policíacas pero que renunció "por pereza".
Una excusa, quizás, para confirmar que la modernidad empezaba a colarse por los recovecos del lenguaje cinematográfico, gracias a una generación de autores que habían crecido viendo cine en la Cinemateca de Henry Langlois y en los cineclubes. Además, la nueva tecnología, con cámaras más ligeras que permitían hacer largos planos secuencia y grabar con cámara en mano, propició un cambio en la estética al sacar los rodajes a la calle y al impregnar la película de luz natural.
Jean-Paul Godard era uno de aquellos "jóvenes turcos", como se denominó a los directores de la Nueva Ola francesa, y "À bout de souffle" pronto se convertiría en una de las películas más rompedoras de una corriente de por sí innovadora, lo que le supuso algunas críticas. Así, la opción de no ceñirse a las normas de un determinado género cinematográfico se tradujo en "pobreza creativa", según escribió Étienne Fuzellier en "Éducation Nationale", y los diálogos frescos e improvisados de un filme que Godard definió como católico y marxista suponían para los detractores el reflejo de "un tipo de juventud" de "amoralidad compleja" y "agresividad sin motivo".
Con "À bout de souffle" el montaje se convirtió en protagonista gracias a los saltos de "raccord" y de eje, las elipsis y la alternancia de montaje rápido con planos largos. ¿Cómo un proyecto tan arriesgado consiguió financiación? Un guión original -basado en una noticia de periódico- de François Truffaut, quien se acababa de consagrar con "Les 400 coups" (Los cuatrocientos golpes) en el Festival de Cannes, avalaba al director parisino, además, claro, de que requería de un presupuesto reducido.
"À bout de souffle" costó 50 millones de francos antiguos, es decir, un tercio de lo que costaba una película de la época, y, de este presupuesto, un cuarto fue para la estrella internacional, Jean Seberg. El productor Georges de Beauregard fue quien se decidió a invertir, puesto que acababa de sufrir un estrepitoso fracaso y necesitaba algo que le hiciera remontar; curiosamente, el dinero que se esperaba que facilitase el Centro Nacional de la Cinematografía (CNC) para "A bout de souffle" lo habían generado las dos últimas películas de Fritz Lang.
Este detalle circunstancial, que relaciona la ópera prima del que crearía obras como "Le mépris" o "Alphaville" con autores relevantes de la historia del cine, se plasma también en los fotogramas de la película. Así, la cinta hace un homenaje a la orwelliana "Citizen Kane" ("Ciudadano Kane"), a "Casablanca", a "Viaggio in Italia" ("Te querré siempre") de Rossellini, además de recordar a Jean Renoir, referente de la "Nouvelle Vague", a través de un cuadro de su padre.
Estas son sólo algunas de las múltiples citas que incluye la película, cuya identificación supone un placer añadido para el espectador, a lo que se pueden sumar los cameos del propio Godard, al más puro estilo hitchcockiano, o de amigos suyos del mundo del cine y de la televisión.
Los años han pasado, pero la grafía de Godard permanece latente en cineastas contemporáneos, de la misma manera que el vestido de rayas de Jean Seberg o la manera de secarse los labios con el dedo de Belmondo se mantienen vivos en el imaginario cinematográfico.

"Yo no creo en la independencia, pero soy independiente". (Jean Paul Belmondo)


Elizabeth Taylor Ojos violeta


Sin duda Elizabeth Taylor regaló a los espectadores muchos personajes memorables, pero ninguno alcanzó la magnitud de Maggie, esa mujer felina, hipócrita y de encanto superlativo que revoloteaba alrededor de Paul Newman en la obra maestra de Richard Brooks llamada La gata sobre el tejado de Zinc (1958). Entonces la actriz tenía tan sólo 26 años, pero ya había alcanzado la cúspide de su belleza y una fama destinada a muy pocas estrellas de la historia.

Elizabeth Rosemond Taylor nació en Londres el 27 de febrero de 1932, pero muy pronto, al comienzo de la II Guerra Mundial, se trasladó con sus padres a Los Angeles. Hay una anécdota que define perfectamente el fuerte y ambicioso temperamento que Elizabeth mostraba ya desde su infancia: el 3 de abril del año 1939, con siete años de edad, quedó pasmada al contemplar la actuación de Shirley Temple en una película y fue entonces cuando tomó una determinación que marcaría su vida. Al salir de la sala de proyección se volvió hacia su madre y le dijo: "No quiero ser una estrella de cine. quiero ser actriz" (ni que decir tiene que el destino se encargaría de que lograra ambas cosas). Pues bien, dicho y hecho. A los 10 años la pequeña Liz entró en los estudios Universal y debutó en There's One Born Every Minute, pero la película fue un fracaso. Entonces la MGM la contrató para acompañar a la perra Lassie en La cadena invisible (1942) y aquello sí significó el despegue de la niña prodigio. Su precocidad fue alardeada a los cuatro vientos y los medios de comunicación la mimaron sin fisuras. Sus papeles de chiquilla adorable se repitieron durante esa década hasta sobresalir especialmente en Mujercitas (1949), la versión de Mervyn Leroy sobre la célebre novela de Louisa May Alcott.

Pero fue en la década de los 50 cuando Elizabeth Taylor forjó su fama: primero con su belleza; segundo con sus innumerables flirteos y rupturas amorosas (que ya se repitieron durante toda su vida); y por último con un buen puñado de películas de notable calidad. Respecto al primer punto, el celebre escritor Truman Capote escribió: "Sus piernas resultan demasiado cortas para su torso y la cabeza es excesivamente voluminosa para el conjunto. Pero su cara, con esos ojos de color lila, es el sueño de un presidiario, el rostro ansiado por cualquier secretaria: irreal e inalcanzable, y al mismo tiempo tímida, excesivamente vulnerable y muy humana, con un leve brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de aquellos ojos color lila". Respecto al capítulo sentimental, hay que destacar su estrechísima relación de amor-odio con Richard Burton, con quien se casó dos veces. Un total de ocho matrimonios, siete divorcios y un periodo de viudez es el triste saldo de sus innumerables caprichos.

En cualquier caso, lo que Taylor hizo o no hizo con su vida privada nada tiene que ver con su maravillosa faceta frente a las cámaras. De los años 50 son sus películas Un lugar en el sol (1951), Gigante (1956), La gata sobre el tejado de Zinc (1958) y De repente, el último verano (1959), convertidas ya en clásicos del séptimo arte. En la década siguiente destaca esa obra monumental llamada Cleopatra (1963) y los dos Oscar que recibió por sus papeles en Una mujer marcada (1960) -bastante sorprendente si consideramos que también estaba nominada Shirley MacLaine por El apartamento- y en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), éste sí perfectamente merecido. Sin embargo, en los 70 el éxito que le había sonreído durante toda su vida comenzó a menguar y desde entonces ya sólo es noticia cuando se somete a una nueva operación -lleva más de una veintena en su vida y ha superado un tumor cerebral- o da fe de sus actividades solidarias. Pero, en fin, los nostálgicos siempre podrán recordar su esplendor gracias a sus películas y... a sus ojos, esos luceros de insoportable belleza que hace 50 años asombraron al mundo.

Películas

The Flintstones
Il Giovane Toscanini
Norte y Sur TV [1985]
North and South
The Mirror Crakd
Victory at Entebbe
The Blue Bird
Night Watch
Divorce His - Divorce Hers
Ash Wednesday
X, Y and Zee
Hammersmith Is Out
Under Milk Wood
The Only Game in Town
Boom
Secret Ceremony
Reflections in a Golden Eye
The Comedians
The Taming of the Shrew
Doctor Faustus
Who's Afraid Of Virginia Woolf?
The Sandpiper
The V.I.P.s
Cleopatra
BUtterfield 8
Suddenly, Last Summer
Cat on a Hot Tin Roof
Raintree County
Giant
Rapsodia [1954]
Rhapsody
The Last Time I Saw Paris
Elephant Walk
Beau Brummell
The Girl Who Had Everything
Love Is Better Than Ever
Ivanhoe [1952]
Ivanhoe
A Place in the Sun
Father's Little Dividend
The Big Hangover
Father of the Bride
Traición [1949]
Conspirator
Mujercitas [1949]
Little Women
Julia Misbehaves
A Date with Judy
Life with Father
Cynthia [1947]
Cynthia
Courage of Lassie
The White Cliffs of Dover
National Velvet
Lassie Come Home


Su hipnótica mirada violeta se convirtió en símbolo del Hollywood dorado, y del glamour hecho mujer. Durante décadas Taylor fue conocida mundialmente como una de las grandes divas de la meca del cine. Ahora, Elizabeth Taylor ha muerto en Los Ángeles.

Una aureola acrecentada por una vida personal tormentosa, a menudo expuesta ante las cámaras, y sometida al escrutinio público. Famosos son sus múltiples matrimonios, y su célebre relación de ida y vuelta con Richard Burton,"el gran amor de su vida" , según declararía la actriz.

Sus ojos violetas cautivaron a Hollywood

Pero la historia de Elizabeth Taylor, Liz Taylor para el mundo, se escribe con letras de esfuerzo y superación. La actriz creció bajo la sombra de una madre “obsesionada con el triunfo a cualquier precio”, y la intérprete llego a afirmar que en realidad, "nunca quiso ser actriz".

Esta ambición materna propició que la niña Liz debutará ante la cámara en anuncios y cameos de películas pequeñas. “Papelitos” que la catapultaron al estrellato con tan sólo 12 años, por National Velvet (1944), un filme sobre un caballo de carreras. “La pequeña de cautivadores ojos violeta” se convertía en toda una estrella por filmes como El coraje de Lassie o Mujercitas, y se hacía mayor antes las cámaras.

La mujer del millón del dólares

Su fama y glamour no dejarían de crecer. Durante las décadas de 1950 y 1960, Taylor se convertiría en una de las mayores divas de Hollywood, y su carrera despegaba paralela a su creciente celebridad.

Comenzó a encadenar un papel tras otro, y participó en títulos que han pasado a la historia del cine como Gigante (1956), junto a James Dean y Rock Hudson- su amistad duraría toda la vida- o La gata sobre el tejado de Zinc (1958), junto a Paul Newman-formaron una de las parejas más bellas del cine- un filme que le reportaría su primera nominación al Oscar. A lo largo de su carrera jalonada de premios (también ganó el BAFTA y El Globo de oro), se alzó con dos estatuillas por Quien teme a Virginia Woolf (1961) y por Una mujer marcada (1967), llegó a estar nominada en cinco ocasiones.

Las ideas mueven el mundo sólo si antes se han transformado en sentimientos (Elizabeth Taylor)

Pero sin duda fue con Cleopatra, uno de los filmes que le reportó mayor fama, y donde su mítica belleza brilló especialmente- Burton llegó a asegurar que era tan sexy “que rozaba la pornografía”-, dónde reforzó su estatus de estrella.

Bajo el marchamo de película más cara de la historia, este drama histórico hizo correr ríos de tinta. Por Cleopatra, Taylor fue la primera actriz que cobró la (para entonces astronómica) suma de un millón de dólares.

Sin embargo, varias peripecias la llevaron a superar este récord: los múltiples retrasos y contratiempos del rodaje, y un porcentaje de la taquilla contemplado en su contrato, motivaron que ella terminase cobrando su sueldo multiplicado por siete.

Fue en el rodaje de esta película donde conoció a Richard Burton; iniciaron un romance estando ambos casados, lo que provocó un enorme escándalo seguido de cerca por las revistas del corazón

Mucho más que una actriz

Carismática, icónica, rebelde, amiga de sus amigos, generosa ….fueron algunos de los adjetivos que le dedicaron. Taylor mantuvo una estrecha amistad con Michael Jackson. El rey del pop, como ella le "bautizó", le escribió una canción exclusiva con motivo de su cumpleaños llamada Elizabeth I love you.

Quizás la mejor definición para Taylor fuera la de “apasionada” sin límites. La actriz nunca ocultó su devoción por las joyas. A lo largo de su intensa vida atesoró una gran colección entre las que destacan un diamante de 33,19 quilates que perteneció a la mujer de un colaborador de los nazis, otro que fue propiedad de la esposa favorita del emperador indio Shah-Jahan, en cuya memoria mandó erigir el célebre Taj Mahal y la popular perla Peregrina.

Mantuvo una estrecha amistad con Michael Jackson

A partir de los 70 comenzaría poco a poco a alejarse definitivamente del celuloide. Una retirada forzada en gran medida por sus serios problemas de salud, una cruz que arrastró durante toda su carrera, si bien su última película sería en 1994, Los picapiedra.

Elizabeth Taylor, que fue nombrada Dama del Imperio Británico por la Reina de Inglaterra en 2000, pasó por quirófano al menos en treinta ocasiones y no por razones estéticas.

Dolencias en la espalda, cuello, piernas, diversas fracturas, dos sustituciones de cadera, un tumor cerebral benigno o un tratamiento contra el cáncer de piel fueron algunos de sus achaques.

Para adelgazar no hay nada como comer caviar sin pan y champán sin burbujas (Elizabeth Taylor)

La actriz, que también se sometió a una cura de desintoxicación de alcohol y pastillas, reconoció que se vio al borde de la muerte en varias ocasiones, especialmente por neumonía o por una arritmia cardíaca.

Sus últimos años redujo mucho sus apariciones en público, siempre en su silla de ruedas debido a una osteoporosis, pero mantuvo su actividad como líder de campañas contra el sida, desde el fallecimiento de su amigo Rock Hudson.

Además se ha involucrado en labores de ayuda contra el hambre en Asia y África y ha aportado grandes cantidades de dinero y numerosas posesiones. Por su labor humanitaria recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, en 1992. Musa incombustible, este miércoles la mirada de la diva de los “ojos violeta” se apagaba para siempre.


El cisne negro


Al hablar de un thriller psicológico, muy pocos espectadores pueden imaginar lo que Darren Aronofsky tenía en mente al situar un drama oscuro, obsesivo y salvaje, en el delicado mundo del ballet.
“El Cisne Negro” cuenta la historia de Nina Sayers (Natalie Portman), una joven y ambiciosa bailarina y el giro que dará su vida cuando el director artístico de la compañía de danza de Nueva York, Thomas Leroy (Vincent Cassel) le ofrezca el papel de prima ballerina en “El Lago de los Cisnes”, oferta que no puede rechazar, aunque en el camino de conseguir su objetivo lo que pierda, sea la cordura.
A través de la cinta el director lleva al espectador a un viaje aterrador por la mente de una mujer que se enfrascará en una retorcida amistad con Lily (Mila Kunis), que también aspira al ansiado papel y de paso busca desquebrajar los delgados hilos de los que pende la vida de Nina.

Para la cinta, nominada a 5 premios de la Academia, Natalie Portman, que recientemente anunció su compromiso y su próxima maternidad, se metió en la piel de una joven que tiene que interpretar dos roles, por un lado debe proyectar la gracia y delicadeza del cisne blanco y al mismo tiempo debe ser sensual y astuta como el cisne negro, para ello añadió a su desempeño actoral una preparación física que la llevó a retomar el ballet.
“Ya desde diciembre del 2008 retomé las clases de ballet y digamos que ‘reaprendí’ varias cosas, pero lo principal fue concentrarme en la expresión corporal, en la postura... fue un trabajo extenuante”, dice la actriz de 30 años nacida en Jerusalén, Israel.
Portman comentó que debido a la constante recalendarización y financiamiento a los que se enfrentó la cinta, tuvo que cambiar sus hábitos alimenticios.
“Jamás he tenido problemas de sobrepeso, el problema es que para interpretar a mi personaje, debía ser más delgada y mi dieta fue mayormente de zanahorias, almendras, lechuga, jugos. Me daba mis gustos, pero cada que me llamaba y me decía ‘cambiaron la fecha’, yo le reclamaba ¿otras dos semanas con estos hábitos?, ¿me quieres matar?”, recuerda.
Bajó alrededor de 11 kilos y el mismo Aronofsky le externó su preocupación por verla tan delgada
“Me querías flaca, así me tienes”.


Parece extraño que el creador de éxitos como “Réquiem por un Sueño”, “La Fuente de la Vida” y “El Luchador”, que le dio al actor Mickey Rourke una nominación al Oscar como Mejor Actor en el 2009 y un BAFTA en ese mismo año como Mejor Actor, se acercara al delicado mundo del ballet con su más reciente cinta.
Al respecto Aronofsky hace una comparación muy acertada sobre los luchadores y las bailarinas.
“Algunas personas llaman a la lucha libre de las formas más bajas de arte y algunas llaman al ballet la más alta forma de arte, sin embargo, en algo son elementalmente lo mismo. Mickey Rourke como un luchador pasaba por algo muy similar a lo que Natalie Portman como bailarina”, dice el cineasta de 42 años.
“Ambos son artistas que usan su cuerpo para expresarse y ambos son amenazados por las lesiones psicológicas, y sus cuerpos son la única herramienta que tienen para expresarse. Qué cosa más interesante para mí que hallar la conexión entre dos historias que parecían estar en mundos sin relación alguna”.
“El rol de Nina es muy diferente a lo que Natalie había hecho antes. Y ella lo llevó a otro nivel. Interpretar a Nina fue más que una hazaña atlética, fue una hazaña de actuación”.


Un oscuro cuento romántico sobre una representación neoyorkina del ballet El lago de los cisnes y los efectos perturbadores que tiene sobre Nina Sayers (Natalie Portman), una bailarina frígida y talentosa, es El cisne negro. A partir de la trama del ballet de Chaikovsky, el realizador estadunidense Darren Aronofsky explora la crisis sicológica de una artista incapaz de reunir en su interpretación dancística la pureza de Odette, el cisne blanco, y la perversidad de Odile, el cisne negro, dos facetas de una misma joven atormentada, cuya voluntad y destino controla un hechicero maligno.

Thomas Leroy (Vincent Cassel), director artístico de Nina, hace lo imposible por ayudarla a liberar la sensualidad y energía que requiere un papel tan complejo. La joven vive, sin embargo, su propio infierno doméstico al lado de una madre sobreprotectora (Barbara Hershey), una bailarina retirada que ejerce sobre ella una presión afectiva tan neurótica como la de Annie Girardot en un papel similar en La pianista, de Michael Haneke. Lo que se inicia como el recuento de las dificultades de la bailarina por conjuntar las dos facetas del personaje del cisne-mujer, pronto se vuelve el registro de un desequilibrio emocional poblado de alucinaciones y delirios de persecución, al estilo de Repulsión, de Roman Polanski, con cargas complementarias de mutilación y sufrimiento corporal próximas al cine visceral de David Cronenberg.

Los momentos más afortunados de la cinta son aquellos en que la interpretación del ballet ilustra con intensidad la relación conflictiva que tiene Nina con su propio cuerpo, con su sexualidad y su mundo afectivo. Aquí el director toma distancias con un referente estético tan abrumador como el de la estupenda cinta inglesa de Michael Powell y Emeric Pressburger, Las zapatillas rojas (1948), para elegir una exploración muy propia del medio de la danza y sus exigencias de perfección y renuncia personal en aras de una excelencia artística. Estas exigencias se las impone Nina a sí misma con el rigor extremo de una mística religiosa. Su itinerario de autoflagelación y masoquismo la conduce a los límites del horror, con castigos corporales y colapsos mentales presentes ya en cintas anteriores del mismo director, como en aquellas escenas en que Mickey Rourke se castigaba la carne en El luchador (2008), o en los delirios que padecía Ellen Burstyn en su paulatino divorcio con la realidad en Réquiem por un sueño (2000). Aquí también Nina Sayers transita alucinada por territorios que le son ajenos e incomprensibles: el despertar de su sexualidad es intenso e irreal, su liberación del mundo infantil al que vive anclada en su cuarto color rosa pastel representa una ruptura violenta, y su forcejeo con bailarinas rivales que son depósitos de maldad y cálculo retorcido son meras proyecciones de su fantasía paranoica.

Darren Aronofsky no recrea el mundo de la danza y su mitología de apogeos y frustraciones artísticas, al estilo de Robert Altman en La compañía (2003), simplemente toma ese mundo como punto de partida para una incursión más en un territorio de su predilección: la descomposición anímica de un personaje como reflejo de una crisis mayor en el seno de la sociedad moderna. Es elocuente así la relación tormentosa de Nina con su madre, donde a final de cuentas es mayor el recelo materno ante el posible éxito artístico de la hija (en flagrante desmerecimiento del propio) que la imagen tradicional de generosidad en las familias. La entrega artística, por su parte, reviste aquí formas tenebrosas de enajenación mental encaminadas a la autodestrucción. El cineasta desmonta así, con exceso melodramático, delectación en lo patético y grotesco, y elementos propios del cine de horror, algunos de los mitos y obsesiones de la creación artística. Esta creación la muestra estrechamente emparentada con la neurosis, y con una exaltación sensorial del artista que puede perfectamente conducirlo lo mismo al colapso anímico o al éxtasis absoluto.

El cisne negro es una película desencantada y oscura, un canto de cisne (valga la expresión) de las últimas ilusiones del romanticismo en el arte. Paradójicamente es también una notable exaltación de ese mismo espíritu romántico que cuestiona.





Ballet

El Lago de los cisnes es uno de los ballets clásicos tradicionales más conocidos en todo el mundo.

Se estrenó en el Teatro Bolshoi de Moscú en 1877 y para 1895 con una nueva concepción de Marius Petipa y Lev Ivanov, con lo que logró un gran éxito en el Teatro Marinsky de San Petersburgo.

El lago de los cisnes es sin duda el ballet más popular a lo largo de la historia.

La obra transcurre entre el amor y la magia, enlazando en sus cuadros la eterna lucha del bien y del mal. La protagonizan el príncipe Sigfrido, enamorado de Odette, joven convertida en cisne por el hechizo del malvado Von Rothbart y Odile el cisne negro e hija del brujo.

Coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov.
Música Pitr Ilich Tchaikovsky.
Libreto de Vladimir Beghitchev / Vasili Geletzer.

Primer acto (El jardín del castillo del príncipe Sigfrido)
Es el vigésimo primer cumpleaños de Sigfrido, y el joven príncipe está celebrando la ocasión en el jardín de su palacio. Jóvenes de los estados de alrededor han venido a rendirle tributo. Cuando todos empiezan a divertirse en la fiesta, el buen humor es perturbado por la entrada de la Reina y sus damas de honor. Ella observa a sus amigos con considerable desdén. Sigfrido se altera cuando su madre le señala que debe escoger pronto una esposa.

Su indicación, en el fondo, es una orden, y Sigfrido la rechaza obstinadamente. Mañana por la noche, su cumpleaños se celebrará formalmente con un baile en la corte, y allí, entre las más hermosas damas de la comarca, debe escoger a su futura esposa. Sigfrido ve que toda discusión es imposible y parece que se somete a su voluntad.

El Bufón, intenta restaurar el espíritu de la feliz ocasión. La noche comienza a caer. El Bufón, su amigo, sabe que Sigfrido debe distraerse en lo que queda de la velada. Oye el sonido de alas agitadas por encima, mira hacia arriba y ve en el cielo hermosos cisnes salvajes en pleno vuelo. El Bufón sugiere que el príncipe forme una partida de caza y vaya en busca de los cisnes. Sigfrido accede.


Segundo acto (La orilla del lago)
La partida de caza comienza. A una pequeña distancia de ellos, se están deslizando plácidamente los cisnes. Conduciendo al grupo de cisnes hay una hermosa ave.

El príncipe camina a lo largo de la orilla del lago hacia los cisnes; cuando está a punto de seguirlos ve algo en la distancia que le hace vacilar. Se para cerca de la orilla, luego se retira rápidamente a través del claro para esconderse. Ha visto algo tan extraño y extraordinario que debe observarlo detenidamente en secreto.

Apenas se ha escondido, entra en el claro la más hermosa mujer que nunca ha visto. No puede creer lo que ven sus ojos, puesto que la joven parece ser a la vez cisne y mujer. Su hermosa cara está enmarcada por plumas de cisne, que se unen a su pelo. Su vestido, puro y blanco está embellecido con suaves plumas de cisne, y en su cabeza descansa la corona de la Reina de los Cisnes. La joven piensa que está sola y aterrorizada, todo su cuerpo tiembla, sus brazos se aprietan contra su pecho en una actitud, casi desvalida, de autoprotección; retrocede ante el príncipe, moviéndose frenéticamente, hasta el punto de caer desesperadamente al suelo. El príncipe, ya enamorado, le ruega que no se marche volando y ante su miedo el príncipe le indica que nunca le disparará, que la protegerá. Ella es Odette. El príncipe la saluda y dice que la honrará, pero le pregunta, que ¿a qué se debe que sea la Reina de los Cisnes? El lago, le explica, fue hecho con las lágrimas de su madre. Su madre lloraba porque un hechicero malvado, Von Rotbart, convirtió a su hija en la Reina Cisne. Y seguirá siendo cisne, excepto entre la media noche y el amanecer, a no ser que un hombre la ame, se case con ella, y le sea fiel.

Sigfrido apoya las manos en su corazón y le dice que la ama, que se casará con ella y que nunca amará a otra, y promete su fidelidad. Ahora, indignado por el destino de su amor, quiere saber dónde se esconde Von Rotbart. Justo en este momento, el mago aparece a la orilla del lago. Su cara parecida a la de un búho es una odiosa máscara, tiende sus garras haciendo señas para que Odette vuelva a él. Von Rotbart señala amenazadoramente a Sigfrido. Odette se mueve entre ellos, suplicando piedad a Von Rotbart. El príncipe le dice que debe ir la próxima noche al baile de palacio. Acaba de cumplir la mayoría de edad y debe casarse, y en el baile debe escoger a su novia. Odette le replica que no puede ir al baile hasta que no se case -hasta que Von Rotbart no deje de tener poder sobre ella- de otro modo el hechicero la descubriría y su amor peligraría.

Cuando los amantes han dejado el claro, las huestes de Odette, todos los cisnes que, como ella misma, asumen forma humana sólo en las horas entre la medianoche y el amanecer, entran bailando desde la orilla del lago.


Tercer acto: (El gran salón del castillo del príncipe Sigfrido)
El baile está a punto de comenzar.Embajadores de tierras extranjeras, ataviados con sus brillantes trajes nativos, han llegado a rendir tributo al príncipe en su cumpleaños. Se anuncia la llegada de cinco hermosas muchachas, invitadas por la Reina como posibles novias para su hijo.
Sigfrido, piensa sólo en el claro a la orilla del lago y en su encuentro con Odette. Su madre le inquiere a que baile con sus invitadas.

Baila de forma automática e indiferente y se sume en una profunda melancolía. Un heraldo se apresura a informar a la Reina de que una extraña pareja ha llegado. No sabe quiénes son, pero manifiesta que la mujer posee una extraordinaria belleza. Un caballero alto y con barba entra con su hija. Cuando el caballero se presenta a si mismo y a su hija Odile, a la Reina. Sigfrido -perturbado casi hasta perder el control mira fijamente a la hermosa joven. Está vestida de sobrio negro, pero es la viva imagen de su querida Odette. Se trata de Von Rotbart, que se ha transformado a si mismo y a su fingida hija para engañarlo y rompa la promesa hecha a Odette de que nunca amará a otra.

La Reina tiene ahora esperanzas de que su hijo se case con una dama de rango, como Odile aparenta ser, e invita a Von Rorbart a sentarse a su lado en el estrado.

Odile ha logrado enamorar a Sigfrido y éste piensa que no es otra que Odette. Mientras bailan los dos jóvenes Odette se deja ver en la distancia y hace señales a Sigfrido de que si continúa en esa actitud puede ser fatal para ella. Luego, Sigfrido se aproxima a Von Rotbart y pide la mano de Odile y éste da inmediatamente su consentimiento. En ese momento hay un estrépito de trueno. La sala de baile se oscurece. Rápidos destellos de luz muestran a los asustados cortesanos abandonando el salón de baile, a la princesa madre aturdida, y a Van Rotbart y Odile de pie ante el príncipe en triunfo final de autorrevelación. Sigfrido no puede soportar sus risas odiosas y crueles, y se vuelve para ver en la distancia la patética figura de Odette. Buscándole desesperadamente, con su cuerpo agitado por los sollozos. Cae al suelo atormentado por su falta.

Acto cuarto (La orilla del lago)
Las doncellas cisne se han agrupado a la orilla del lago. Cuando aparece llorando, intentan consolarla. Le recuerdan que Sigfrido es solo un humano, que podría no haber conocido el hechizo, y podría no haber sospechado del plan de Von Rotbart. Sigfrido entra corriendo en el claro y busca frenéticamente a Odette entre los cisnes. Le toma entre sus brazos, pidiéndole que le perdone y jurándole su amor infinito. Odette le perdona pero le dice que no sirve para nada, pues su perdón se corresponde con su muerte. Cuando aparece Von Rotbart, Sigfrido le desafía, quien tras la lucha, es vencido por la fuerza del amor del príncipe a Odette.

El último Tango en Paris.



Casi cuarenta años después

Causa una extraña impresión ver de nuevo El último tango en París a cuatro décadas de su estreno. En plena invasión de películas eróticas y pornográficas, parecen inverosímiles aquellas refriegas judiciales que terminaron condenando el filme a la hoguera. Los protagonistas son Paul (un cincuentón "americano en París" en el sentido milleriano del término, perdedor en demasiadas batallas que se han coronado con el reciente suicidio de su esposa) y Jeanne, una joven de familia burguesa, huérfana de un general muerto en Argelia y novia de un cineasta de su misma edad. La conmovedora y dramática historia que los une fugazmente ha adquirido, con el pasar del tiempo, un espesor literario y novelístico que va mucho más allá de aquel éxito trunco que le diera el escándalo.
Ésta es, probablemente, la clave de lectura más certera de la obra. Mucho más que la avalancha de lecturas psicoanalíticas - algunas ciertamente interesantes y agudas - centradas en el abrazo de Eros y Tánatos y cargadas de paralelos con Bataille-Strindberg con que se han llenado tantas páginas.
Loada ya antes de llegar a los cines (la autorizada crítica de cine Pauline Kael comparó su proyección con el estreno de la Consagración de la Primavera de Stravinsky), El último tango en París entró de inmediato en el mito. Buena parte de este destino se debe a Marlon Brando, que aquí nos dejó una de sus actuaciones más convincentes. Apuró hasta la última gota el célebre método del Actor's Studio y al mismo tiempo lo subvirtió, hasta meterse en la piel de un personaje que no era un calco de sí mismo pero al cual pudo aportar algunos rasgos íntimos gracias a la libertad creativa de que disfrutaba. En la escena en que Paul relata su infancia, es evidentemente Brando quien habla en primera persona. Y también son suyas algunas obsesiones, desde la relación victimista con el mundo hasta la misoginia de fondo, para concluir con ese sentido de derrota inmanente que no puede llevar más que a la muerte. Una historia que los años han teñido con la fascinación del mito, hasta hacer del "Último tango" una de las películas italianas más hermosas e importantes del último medio siglo.


Nacida en estado de desequilibrio; rodada sobre el exceso, filmada por un director para la desconfianza (que más sabe de crítica cinematográfica que de poesía en imágenes): por algún motivo incomprensible Bertolucci pudo regalarnos la obra definitiva sobre la belleza imperfecta. Un último baile descompasado que, como bien se ha dicho, narra el naufragio urbano de dos perdedores en la ciudad que nunca más volverá a ser la del amor. París pone el dolor, Brando la desesperación (y una inmensa interpretación) y Schneider el cuerpo; para grabar con pornográfica alevosía unos íntimos actos de amor (no los polvos, sino los diálogos), y una salvaje violación, con penetración, en los secretos vomitados y escondidos de dos personas que creen saber ocultarlo todo y se les ha olvidado vestirse. Ella buscando un padre que le contara cuentos, él escupiéndole las verdades de este mundo; ella esperando que la sacaran a bailar, él forzándola sobre la pista; ella deseando un beso de buenas noches, él cubriéndole el coño con mantequilla; y pese a todo ella amándole y él correspondiéndola.

Si alguien enumerara los múltiples fallos de “El último tango en París” los admitiría todos, sin que por eso dejara, por un mínimo instante, de reconocerla como una de las más desgarradoras películas sobre como la soledad es el único sentimiento por el que alguna vez dos seres humanos podremos unirnos, y el testimonio más doloroso de como el romanticismo se extingue ante la mediocridad, que es lo único que perdura. Y al final María Schneider nos confiesa que no sabía su nombre, que era una persona desconocida; únicamente nos queda saber si se refería a Brando o a si misma
Premios obtenidos:

National Society of Film Critics Awards, USA
1974 NSFC Award
Best Actor: Marlon Brando

New York Film Critics Circle Awards
1973 NYFCC Award
Best Actor: Marlon Brando

Sindacato Nazionale Giornalisti Cinematografici Italiani
1973 Cinta de Plata
Regista del Miglior Film Italiano: Bernardo Bertolucci



" - Tú no tienes nombre y yo tampoco tengo nombre. No hay nombres. Aquí no tenemos nombre.
- ¿Estás loco?
- Es posible que lo esté pero no quiero saber nada de ti. No quiero saber donde vives, ni de donde eres. No quiero saber absolutamente nada de nada. ¿Me has comprendido?
- Me asustas.
- Nada. Tú y yo nos encontraremos aquí sin saber nada de lo que nos ocurra fuera, ¿de acuerdo?
- Pero, ¿por qué?
- Pues porque…aquí no hace falta saber nombre, no es necesario. ¿No lo comprendes? Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas. Olvidaremos a las personas, lo que sabemos, todo lo que hemos hecho. Vamos a olvidar donde vivimos, olvidarlo todo.
- Yo no podré, ¿tú si?
- No lo se. ¿Tienes miedo?
- No. "

"Si la música es el alimento del amor ¡qué siga sonando!"

"- Qué estoy haciendo contigo en este piso? El amor?
- Bueno, digamos que... prácticamente lo que estamos haciendo... es darnos gusto.
- Ya veo que me tomas por una cualquiera.
- Qué... que te tomo por una qué?
- Por una zorra.
- Aah! te refieres a una prostituta?
- Si, una prostituta.
- Noo, sólo eres una jovencita anticuada y complaciente que intenta parecerlo.
- Prefiero ser una puta. "

"- Escucha,... quiero que nos miremos uno al otro... si
- Es bonito no saber nada el uno del otro.
- Si "

"- Oh! Yo soy caperucita roja y tu el lobo feroz.
Uh... que brazos tan fuertes tienes.
- Son para estrujarte mejor pequeña mia.
- Que uñas tan largas tienes.
- Son para arañarte mejor el culo.
- Uh... que cantidad de vello tienes.
- Es para que tus ladillas puedan esconderse mejor.
- Uuuh... que lengua tan larga tienes.
- Es para metertela mejor, querida mia.
- Y esto para qué es?
- Esto es para tu felicidad y mi... mi falocidad!
- Falocidad?
- Falo, pene... "

"Me cago en todos vosotros... familia. "

" En cualquier caso, y para no hacer mas pesada esta larga y aburrida historia, acabaré recordando el momento en que entré en un lugar como este, me encontré con una jovencita como tú, y la llamé muñeca. "


Ultimo Tango a Parigi.
Director: Bernardo Bertolucci.
Guión: Bernardo Bertolucci y Franco Arcalli. Diálogos adicionales de Agnès Varda.
Intérpretes: Marlon Brando, Maria Schneider, Maria Micci, Catherine Allégret, Jean Pierre Léaud.
Música: Gato Barbieri.
Fotografía: Vittorio Storaro.
Francia-Italia. 1972. 120 minutos.

Arthur Penn

ARTHUR PENN
(1922-2010)

Arthur Penn nació el 27 de septiembre de 1922 en Philadelphia (Estados Unidos). En el instituto inició sus actividades teatrales que continuo en su época como militar en la Segunda Guerra Mundial.

En los años 50 comenzó su trayectoria como director televisivo, realizando episodios de la “Gulf Playhouse”, “Philco Television Playhouse” o de la “Goodyear Television Playhouse”, en donde se adaptaban numerosas obras teatrales y demás títulos literarios.
Otras emisiones de televisión en las que participó Arthur Penn, y que compaginaba con su labor teatral en Broadway, fueron “The Playwright Hour” o “Playhouse 90”.

Su primera película cinematográfica, producida por su amigo del ejército Fred Coe, fue “El Zurdo” (1958), un western psicológico protagonizado por Paul Newman como Billy “El Niño”.
Este film, basado en una obra de Gore Vidal, pasó bastante desapercibido en los Estados Unidos pero obtuvo gran resonancia en Europa, como así ocurrió en otras ocasiones en su carrera.

El éxito en su país le llegó con su segunda película, “El milagro de Ana Sullivan” (1962), adaptación de una obra teatral de William Gibson que Arthur ya había llevado al teatro y a la televisión.

Para la versión cinematográfica Penn requirió la participación de sus protagonistas en Broadway, Anne Bancroft y Patty Duke.
Ambas consiguieron el premio Oscar) poniendo de manifiesto, además del talento interpretativo de las actrices, la habilidad de Arthur Penn como director de intérpretes. El propio Penn fue candidato a la estatuilla como director por esta película.

Además de esta capacidad para conseguir brillantes interpretaciones de su plantel de intérpretes, Penn, influenciado por la nouvelle vague francesa en su estilo visual, solía emplear la violencia en sus comentarios sociales, horadando de manera singular en el mito histórico y en la psicología de sus personajes, muchas veces desplazados de la comunidad a la que pertenecían.

Después de “El Milagro de Ana Sullivan”, su siguiente proyecto fue “El Tren” (1964), una película ambientada en la Segunda Guerra Mundial protagonizada por Burt Lancaster que Penn no pudo realizar tras unos días de rodaje al ser despedido por Lancaster, quien le sustituyó por John Frankenheimer.

Un año más tarde Arthur estrenó “Acosado” (1965), un título negro con Warren Beatty, y más tarde, en la segunda mitad de la década de los 60, realizó “La Jauría Humana” (1966), adaptación de una novela de Horton Foote con Marlon Brando, Robert Redford y Jane Fonda, “Bonnie y Clyde” (1967), película protagonizada y producida por Warren Beatty por la cual Penn logró su segunda nominación al Oscar, candidatura que repetió por “El Restaurante de Alicia” (1969), una película basada en una canción de Arlo Guthrie que fue protagonizada por el propio cantante folk, hijo del mítico Woody Guthrie.

Durante los años 70 Arthur Penn continuó dirigiendo estupendos títulos, como “Pequeño Gran Hombre” (1970), western revisionista con Dustin Hoffman, o “La noche se mueve” (1975), film negro con Gene Hackman y una jovencita Melanie Griffith.

También en este decenio Penn realizó un episodio de “Visions of Eight” (1974), documental sobre las Olimpiadas de Munich en el cual también colaboraron directores de la talla de Milos Forman, Claude Lelouch, Kon Ichikawa o John Schlesinger, y el western “Missouri” (1976), protagonizado por Marlon Brando y Jack Nicholson.

Los años 80 fueron su fin como autor cinematográfico, dirigiendo “Georgia” (1981), título romántico con Craig Wasson, “Agente doble en Berlín” (1985), film de espías que le volvía a emparejar con Gene Hackman, “Muerte en el invierno” (1987), thriller con Roddy McDowall y Mary Steenburgen, y la comedia “Penn & Teller get killed” (1989).

Posteriormente grabó algunos trabajos para televisión, como el telefilm “El Retrato” (1993), con el protagonismo estelar de Gregory Peck y Lauren Bacall, o la dirección de un episodio de la serie “Los juzgados de Centre Street” (2001). También produjo la serie “Ley y Orden”.

Falleció el 28 de septiembre del año 2010 a los 88 años de edad a causa de un fallo cardíaco.


LA JAURIA HUMANA (1966)


Director: Arthur Penn.
Intérpretes: Marlon Brando, Robert Redford, Jane Fonda, James Fox.

Bubber Reeves (Robert Redford) ha escapado de la prisión con la pretensión de retornar a Tarl, su pequeña ciudad ubicada en el estado de Texas, hecho que comienza a trastornar la vivencia habitual de la localidad, especialmente cuando la mujer de Bubber, Anna (Jane Fonda), está manteniendo un romance con el hijo (James Fox) del magnate de la villa, Val Rogers (E. G. Marshall).

La difícil tarea de mantener el orden y la calma en la población será para el sheriff Calder (Marlon Brando).

Gran película de Arthur Penn que sirve para ilustrar los sentimientos y conflictos morales existentes entre los habitantes de una pequeña ciudad del estado de Texas.

Lillian Hellman escribe el guión adaptando una novela de Horton Foote en la que se narra la paranoia causada entre la población de una villa por el posible regreso de un convicto nativo de la misma, escapado de una prisión en la que lleva recluido dos años.

A pesar de los problemas de producción que sufrió el film, éste permanece como una fresca y acerada visión sobre una sociedad que arrastra sus pies en arenas movedizas, en donde todas las intrahistorias parecen sujetas por alfileres a punto de desprenderse.
Un suceso como el que se avecina puede terminar por trastocar una convivencia llena de artificio y en donde la podredumbre moral es la reina de la fiesta, una ciudad y una comunidad sostenida por una figura ética asentada en una ley propicia a la vulnerabilidad y a la violencia.

El período de finales de los 60, con sus amplitudes y esperanzas libertarias, especialmente sexuales, es avistado también con perspicacia mediante intercambios, deseos pedófilos, guateques llenos de deseos orgiásticos y revólveres liberadores.

Escenas magníficas como la del apaleamiento del sheriff son parte destacada de un título antirracista y anticlasista, conducido con buen pulso por parte de un Arthur Penn en plena forma.

Extenso y soberbio reparto entre los que destacan Marlon Brando, Robert Redford (a pesar de su aseada vestimenta e impecable peinado, impropios de un presidiario fugitivo), James Fox, Jane Fonda y Robert Duvall.

Enlaces

Arthur Penn
Marlon Brando
Jane Fonda
Robert Redford
Martha Hyer
Janice Rule
Robert Duvall


Dennis Hopper


Dennis Hopper

El actor maldito
Su mirada inquietante le convierte en el actor ideal para interpretar a peligrosos perturbados. Conocido por sus fiestas locas, y porque sus abusos del alcohol y de las drogas han estado a punto de conducirle al cementerio, Dennis Hopper es un hombre polifacético, que ejerce como fotógrafo y pintor. No sólo ha interpretado papeles inolvidables en dos centenares de títulos, sino que también ha destacado como guionista y director.
Dennis Hopper

Nacido el 17 de mayo de 1936 en Dodge City (Kansas), Dennis Lee Hopper estaba muy interesado en todas las facetas artísticas desde niño, cuando hacía sus pinitos con la pintura, pero también anhelaba convertirse en actor. A los 19 años ya participaba en series televisivas, con pequeños papeles en series como Medic. Fue el maestro Nicolas Ray quien le ofreció la oportunidad de debutar en la pantalla grande, primero con una pequeña interpretación sin acreditar en el westen de culto Johnny Guitar, después con un papel algo mayor en Rebelde sin causa. El protagonista, James Dean, volvió a coincidir con él en Gigante, y se convirtió en un gran amigo de Hopper, que después de su prematura muerte sufrió un trauma, e intentaba adoptar su estilo de vida e imitarle en todo. A consecuencia del shock, empezó a tener problemas serios con el alcohol, y llegó a montar fiestas salvajes con el entonces jovencísimo Elvis Presley.

Tras un pequeño papel como forajido en Duelo de titanes, Hopper interpretó a Napoleón Bonaparte en La historia de la humanidad. A pesar de su talento, era un joven conflictivo y rebelde que llegó a desesperar a Henry Hathaway, a cuyas órdenes rodaba Del infierno a Texas. Al parecer, el veterano Hathaway tuvo que repetir más de ochenta veces una toma porque Hopper insistía en poner en práctica las técnicas que había aprendido esos días en el Actor's Studio, donde se había matriculado. Desesperado porque no seguía sus pautas, Hathaway llegó a gritarle y juró que se ocuparía personalmente de que no volviera a trabajar en el cine.

Durante prácticamente una década, Hopper estuvo exiliado de Hollywood, y se refugió en series como Bonanza o En los límites de la realidad y en películas de serie B como El viaje, de Roger Corman, un film psicotrópico sobre adictos al LSD que contaba con un guión escrito por Jack Nicholson. Además, durante esta época, probó fortuna como pintor y fotógrafo y se hizo amigo del artista Andy Warhol.

A mediados de los 60, Hopper regresó a Hollywood, donde se habían olvidado de que era un actor conflictivo. Primero consiguió pequeños papeles en La leyenda del indomable y Cometieron dos errores. Hathaway se reconcilió con él, pues le dio un papel destacado en Valor de ley, protagonizada por John Wayne, actor que dejó mucha huella en Hopper, a pesar de algún pequeño enfrentamiento. El mismo año en el que rodó ese western, 1969, Hopper sorprendía a propios y extraños con un film que cambiaría para siempre los cimientos de Hollywood, Easy Rider, su debut como director. Esta legendaria 'road movie' supone un exhaustivo retrato de la generación de mayo del 68 y la guerra de Vietnam. Peter Fonda y el propio Hopper interpretaron a los protagonistas, dos tipos que viajaban en moto a Nueva Orleans para celebrar el carnaval. Por el camino se encuentran a personajes curiosos como el que interpreta Jack Nicholson. El film triunfó en las carteleras, y los productores de Hollywood trataban de imitar la fórmula, en busca de películas de presupuesto tan bajo como Easy Rider que pudieran triunfar entre el público joven. Y sin embargo, la vida de Hopper se fue al traste por culpa de sus excesos, ya que se había pasado todo el rodaje drogado, lo que provocó que su esposa, la actriz Brooke Hayward (Seis grados de separación), le pidiera inmediatamente el divorcio. A continuación estuvo casado con Michelle Phillips, cantante de The Mamas & The Papas durante sólo 8 días, tras los cuales se volvió a divorciar. Tres esposas más completan la azarosa vida sentimental del actor.

Tras el éxito de Easy Rider, Hopper obtuvo un presupuesto holgado para rodar The Last Movie, un film sobre un desastroso rodaje en el que muere un especialista. Pero el rodaje real en Perú fue aún peor, pues Hopper no paraba de organizar fiestas brutales en el hotel, donde se consumían todo tipo de drogas, hasta el punto de que el gobierno de Perú decidió detener el rodaje. The Last Movie fue un fracaso en taquilla, y Hopper se vio condenado a un nuevo exilio, esta vez en Europa. Allí rodó El otro lado del viento, un film de Orson Welles que nunca llegó a estrenarse, y también realizó una modélica interpretación de Tom Ripley, asesino creado por Patricia Highsmith, en la obra maestra de Wim Wenders El amigo americano.

Francis Ford Coppola le llevó consigo a Filipinas para interpretar al desquiciado fotógrafo que sigue al coronel Kurtz en Apocalypse Now, y posteriormente le dio un papel en La ley de la calle. Con una filmografía tan sólida, y un enorme prestigio entre la crítica, se podría pensar que a Hopper se lo rifaban los grandes directores, pero en realidad huían de él pues sus abusos con las drogas asustaban a los realizadores incluso en Hollywood, donde habían visto de todo. Después de llegar a autolesionarse, porque aseguraba que oía gritos en su cabeza, fue ingresado en una clínica de Los Ángeles y decidió que había llegado el momento de intentar superar sus múltiples adicciones.

David Lynch le ofreció un papel que le iba al pelo en Terciopelo azul, donde era el sádico gángster Frank Booth, que atormentaba a una cantante interpretada por Isabella Rossellini. Con este trabajo y su brillante interpretación de un ex alcohólico en Hoosiers (Más que ídolos), Hopper inició una nueva etapa más madura en la que se integró en el cine de los grandes estudios. Rodó títulos como Extraño vínculo de sangre -debut como director de Sean Penn- o Amor a quemarropa, e incluso apareció en típicas películas para todos los públicos del mainstraim, como Speed -donde fue un brillante malvado-, Waterworld, Vaya par de idiotas, o El último voto. No abandonó del todo la televisión, pues protagonizó series como Crash, basada en el film de Paul Haggis, ni tampoco la dirección, pues fue el responsable de la interesantísima Colors (Colores de guerra) -sobre dos policías que viven una guerra de bandas juveniles en Los Ángeles-, entre otros títulos desiguales.

Juan Luis Sánchez



Dennis Hopper (Sumo)
Shafrazi, Tony


Taschen
546 Pág.
33 x 44 cm
tapa dura y caja.
Plurilingüe
978-3-8365-0057-9
9783836500579
$ 568.800



Los muchos mundos de Dennis Hopper


Un icono reacio a serlo captura una década de transformación cultural

La Edición de Coleccionista está limitada a 1.500 ejemplares numerados, cado uno firmado por el fotógrafo.

"Estaba haciendo algo que pensaba que podría tener cierto impacto algún día. En muchos sentidos, son realmente estas fotografías las que me mantuvieron activo creativamente."
—Dennis Hopper

En los años 1960, Dennis Hopper llevaba una cámara a todas partes: a los platós y los exteriores de filmación, a las fiestas, cenas, bares y galerías, al conducir por la carretera y al marchar en manifestaciones políticas. Fotografió a ídolos del cine, estrellas del pop, escritores, artistas, novias y completos desconocidos. Por el camino captó algunos de los momentos más interesantes de su generación con una visión aguda e intuitiva. Un icono a su pesar en el epicentro de la agitación cultural de esa década, Hopper documentó a aquellos como Tina Turner en el estudio, Andy Warhol durante su primer espectáculo en la Costa Oeste, Paul Newman en el plató y Martin Luther King a lo largo de la Marcha por los Derechos Civiles de Selma a Montgomery, Alabama.

En muchos sentidos, esta obra es la fotografía como película, una narración apasionante expresada mediante una serie de imágenes descarnadas: las tomas tempranas de corridas de toros en Tijuana, happenings en Los Ángeles y escenas callejeras muestran una libertad experimental que se traduciría en la vívida imaginería cinematográfica de Easy Rider (o Buscando mi destino) y más allá.

A partir de una selección de fotografías recopiladas por Hopper y el galerista Tony Shafrazi —más de un tercio de ellas nunca antes publicadas—, este exhaustivo volumen destila la esencia de la brillantemente prodigiosa trayectoria fotográfica de Hopper. También incluye ensayos introductorios de Shafrazi y el legendario pionero del arte de la Costa Oeste Walter Hopps y una extensa biografía por la periodista Jessica Hundley. Con extractos de las entrevistas de Victor Bockris a los famosos modelos, amigos y familia de Hopper, este volumen es una exploración sin precedentes de la vida y la mente de una de las personalidades más fascinantes de Estados Unidos.

Sobre la fotógrafa / el fotógrafo:
Dennis Hopper (n. Dodge City, Kansas, 1936) es un aclamado artista, actor, guionista y director que impresionó al público por primera vez con sus interpretaciones en Rebelde sin causa (1955) y Gigante (1956). Cambió el rostro del cine norteamericano con Easy Rider (o Buscando mi destino) [1969], la cual coescribió, dirigió y estelarizó. Hopper actuó en cientos de películas y espectáculos televisivos memorables, incluyendo Apocalypse Now (1979), Blue Velvet (o Terciopelo azul) [1986], Hoosiers (o Más que ídolos) [1986], True Romance (o Amor a quemarropa, o Escape salvaje) [1993], Basquiat (1997), Elegy (2008) y la serie de TV Crash (2008). Hopper comenzó a pintar de niño y empezó a tomar fotos en 1961, después de que su entonces esposa Brooke Hayward le regalara una cámara Nikon de 35mm por su cumpleaños. Sus pinturas y fotografías han sido exhibidas en todo el mundo, incluyendo la reciente retrospectiva "Dennis Hopper y el Nuevo Hollywood" en París. Vive y trabaja en Venice, California, con su esposa Victoria Duffy y sus tres hijos, Marin, Ruthanna y Henry.

Sobre los autores colaboradores:
Un inglés que se trasladó a Nueva York en 1973 y entró en contacto con Andy Warhol, la Factory e Interview, Victor Bockris ha escrito libros sobre Lou Reed, Andy Warhol, Keith Richards, William S. Burroughs, Patti Smith y Muhammad Alí.

Walter Hopps (1933-2005) fue uno de los comisarios líderes del arte del siglo XX. Cofundador de la galería Ferus en Los Ángeles y director del Museo de Arte de Pasadena, fue responsable de las primeras retrospectivas de Kurt Schwitters, Joseph Cornell y Marcel Duchamp. Un defensor clave del arte pop estadounidense, su estudio de 1962 "New Painting of Common Objects" fue el primero de su clase. Tras dirigir la Galería de Arte Moderno de Washington, emprendió la construcción del museo de la Colección Menil en Houston y se convirtió en su director fundacional en 1987.

Una cineasta y una periodista de arte, música y cine publicada con frecuencia, Jessica Hundley ha dirigido varios documentales y ha completado recientemente su segundo libro, una biografía de la leyenda del country-rock Gram Parsons.

Sobre el editor y autor:
Nacido en Abadán, Irán, de padres armenios, Tony Shafrazi estudió en Inglaterra desde los 13 años, graduándose del Royal College of Art en 1967. Establecido en Nueva York en 1969, expuso como artista conceptual por toda Europa y en Nueva York. De 1974 a 1978 asesoró y ayudó a formar una destacada colección al Museo de Arte Contemporáneo de Teherán. En 1979 abrió su galería en Nueva York, en la que presentó artistas norteamericanos de avanzada de los años 1980, incluyendo a Haring, Basquiat, Scharf, Brown y Baechler, mientras exhibía maestros de los 1960: Warhol, Ruscha y Hopper. Desde 1990 expuso la obra de Brian Clarke, Patrick Demarchelier, Robert Williams, Michael Ray Charles y David LaChapelle. Desde 1997 ha representado el Patrimonio de Francis Bacon y continúa montando muestras con calidad de museo, entre las más recientes la aclamada por la crítica "¿Quién teme a Jasper Johns?".

Boris